MIGUEL DELIBES
“LOS TIPOS YA CREADOS VIVEN EN MI CABEZA UNA EXISTENCIA REAL”
Entrevista de Tomás Val
Miguel Delibes (Valladolid, 1920) es, sin duda alguna, el escritor español más importante de la segunda mitad del siglo XX. Y esa influencia no se mide únicamente por los premios conseguidos desde aquel ya lejano Nadal de 1948 por La sombra del ciprés es alargada; tampoco por el reconocimiento crítico y académico. La auténtica grandeza de Miguel Delibes reside en que su Literatura, las obras y personajes creados por su genio, han trascendido el mundo literario y han pasado a formar parte del imaginario colectivo, incluso el de aquellos que nunca han leído una de sus novelas. El Príncipe de Asturias, el Ciudad de Barcelona, el Cervantes…, galardones que, con ser muy importantes, jamás igualarán la gloria que supone que tantos y tantos de sus personajes sigan vivos. Delibes levantó un mundo cuyo paisaje son criaturas, seres humanos que tienen nombre: Cayo, Lorenzo, Daniel, Menchu, el Nini, Carmen Sotillos….
Ignoro, don Miguel, si en la cabeza de su creador –y a pesar de poseer, en su caso, una obra tan grande– ésta adquiere una especie de unidad, si conforma un paisaje único. De ser así, me gustaría que me dijese cómo ve usted ese universo formado por sus personajes, paisajes e historias.
Esto es cierto. Castilla es mi paisaje –salvo en casos excepcionales (Chile, Cantabria…), habitado por personajes que yo mismo he creado y que en mi mente permanecen vivos.
Miguel Delibes fue siempre, desde aquel lejano La sombra del ciprés es alargada, hablamos de 1948, un fabulador nato, un extraordinario creador de personajes y de situaciones. Me pregunto si esas criaturas y esas fábulas siguen fluyendo en su imaginación aunque no sean trasladadas al papel o si, al contrario, los personajes literarios no aparecen más que cuando se los invoca negro sobre blanco.
Siempre me atrajeron los personajes en mi relación con la novela. El personaje suele ser la novela. Un buen personaje despierta siempre el interés y el afecto del lector que hace suya su aventura. Unas docenas de buenos personajes conforman un grupo en el que la condición humana puede analizarse.
“A veces me parece que la vida es tan brutal que nosotros mismos hacemos por perderla”
Muy a menudo, en determinadas situaciones de la vida, recuerdo alguna de sus novelas o personajes y ese recuerdo me ayuda a comprender mejor esta realidad “no literaria”. Siento curiosidad por saber si en la mente de Miguel Delibes están presentes Daniel el Mochuelo, El Nini, el Ratero, Cipriano Salcedo, Cayo… o si evoca con más frecuencia a otros personajes, quizás alumbrados por otros autores.
Los tipos ya creados viven en mi cabeza una existencia real (poco los de novelas ajenas), los recuerdo con frecuencia y con cariño ante palabras o situaciones que les fueron familiares y los recuerdo con sus tics y su lenguaje, incluso con sus gestos: Lorenzo el cazador, Cayo, Menchu, Paco el Bajo… Bien mirado, unos están más vivos que otros. Por ejemplo: a los viejos de La hoja roja, quizás porque tenían menos relieve, apenas acudo.
Miguel Delibes nació en 1920, hace tiempo que sobrepasó la edad de don Eloy, el protagonista de La hoja roja, quien, en la novela, acaba de cumplir setenta años. ¿Es la vejez como se la imaginó al escribir ese libro, cuando Delibes no tenía aún cuarenta años?
Para mí no lo ha sido, siempre imaginé la vejez sosegada, desapasionada, sin dolores ni molestias. Eso sí, con la cabeza confusa y las ideas más turbias. No es así. Veo claro y pienso claro. No quiero decir que acertadamente, sino simplemente que pienso con claridad. La postoperación de un cáncer me dejó muy disminuido, muy deteriorado, con muchos agujeros y, después de nueve años, ninguno ha desaparecido.
Alguna vez le he oído comentar que no se pierde el talento, sino la curiosidad, que por eso ciertos artistas dejan de trabajar. Me gustaría mucho saber qué le sorprende de este siglo XXI; qué le llama más la atención de esta actualidad que vivimos.
La curiosidad se va perdiendo poco a poco. A veces me parece que la vida es tan brutal que nosotros mismos hacemos por perderla. No sé si yo tengo talento, pero he perdido la capacidad de concentración, la disciplina para pensar, el oficio. Hoy, si no cazo es porque me faltan energías (el cansancio no se va nunca), pero si no escribo es porque no puedo concentrarme ni ordenar mi pensamiento. No acierto a mandar en mí. Quizá en todo ello haya un poco de dejadez.
La voz de Delibes estuvo siempre al servicio de los oprimidos, su pluma siempre se colocó al lado de los más débiles. ¿Es la Literatura una de las pocas armas que tenemos para ejecutar una cierta justicia, aunque sea poética?
La idea de redimir a los oprimidos impulsó mi pluma desde un principio. Fue una meta. Y en mi juventud no me pareció sólo una idea romántica. La creía efectiva. La Enciclopedia de los revolucionarios franceses del XVIII me dio idea de lo que se podía conseguir con una pluma. Luego te das cuenta de que tu pretensión, en solitario, es una utopía. Pero tampoco es esto, puesto que tu obra (a juzgar por los ecos que recojo) ha hecho una labor, unos prosélitos. Podría hablarse de una transformación paulatina, muy lenta, de la sociedad.
¿Será ese espíritu compasivo, caritativo hacia sus personajes, el que –además de la innegable calidad literaria– ha hecho que Delibes haya sido aceptado por tanta gente; que hasta quienes nunca leyeron un libro suyo lo sientan como un escritor cercano?
“Siempre imaginé la vejez con la cabeza confusa y las ideas más turbias. No es así. Veo claro y pienso claro.”
Yo no conozco las razones que mueven a los lectores a leerme. Sin duda las hay puesto que mis lectores son bastantes. En principio quiero creer que se sienten atraídos por los tipos que creo y por sus peripecias: el anhelo de justicia, la solidaridad. Por lo menos en ese sentido se expresan mis espontáneos comunicantes.
¿Se quedó alguna historia en el tintero, don Miguel?
Sin duda ninguna. Pero, ¿cuáles? Mi pérdida de vitalidad se manifestó también en esto: no me interesaba inventar nuevas historias. Me faltaban las fuerzas y el humor; me sentía incapaz.
¿Sirve el saber que la obra llevada a cabo es inmortal para envejecer de diferente manera?
Es mucho decir. Yo no sé si mi obra es mortal o inmortal. Ni de qué manera hubiera envejecido de no haberla escrito. Sólo el tiempo resuelve esos problemas.
Siempre he tenido el convencimiento de que la lectura de sus libros me hacía mejor; de que sus novelas contribuyen a mejorar el mundo. Por cierto, ¿le gusta este mundo actual?
Me alegra tu testimonio. Yo también me siento mejor al escribirlas. A ratos, incluso feliz (poco tiempo, minutos). La felicidad perpetua creo que no existe más que en la insensibilidad de los tontos. La situación del mundo no ayuda a ello. Es un pozo de odios y resentimientos que va creciendo con la Historia.
Su nombre siempre estuvo muy asociado al de Castilla. ¿Se atreve a hacer algún pronóstico acerca del destino de esta tierra?
Nunca será ubérrima, creo, pero sí puede mejorar. Infinitos problemas gravitan sobre ella (clima, falta de agua, mala tierra) y aunque la tenacidad de nuestros labradores es admirable, necesitarían una fuerza colosal para conjurarlos. Yo luché muchos años por la redención del campo castellano (lo que me dejaron) pero con poco éxito, como usted podrá comprobar.



