La fidelidad del escritor

El autor a través de los libros Correspondencia 1948-1986 y Muerte y resurrección de la novela

GUILLERMO BUSUTIL

Correspondencia 1948-1986. Delibes y Josep Vergés y España 1936-1950: Muerte y resurrección de la novela descubren la personalidad humana y literaria del autor vallisoletano

La naturaleza, los hombres y la literatura, son los caminos por los que ha transitado la vida y la obra de Miguel Delibes. El escritor que aprendió de la caza la minuciosa observación de los pequeños detalles y del periodismo a resaltar el aspecto humano de cada acontecimiento y a ceñirse a una expresión sintética. Dos cualidades que, junto con su ética y su sencillez, están presentes en su narrativa, en su teatro, en sus artículos y especialmente en dos libros: Correspondencia 1948-1986. Delibes y Josep Vergés y España 1936-1950: Muerte y resurrección de la novela (Destino), cuya lectura les desvelará a sus seguidores el carácter introspectivo, la coherencia y la grandeza del vallisolitano.

El primer volumen es un interesante epistolario que abarca treinta y ocho años de nutrida correspondencia, iniciada en 1948 con el editor de su novela ganadora del Premio Nadal y de sus posteriores libros. Esta relación, marcada por la educación de ambos y la distancia que, carta a carta, se fue transformando en la profunda complicidad con la que estos dos hombres compartieron los entresijos de la literatura, la censura, dramas temporales, éxitos, el paso del tiempo, desencantos y esperanzas, la consolidación de la trayectoria literaria del escritor y los ocasionales desencuentros que supieron salvar con el afecto de las palabras y del respeto. A lo largo de estos diálogos con matasellos los dos amigos se entrecruzan borradores de contratos editoriales, noticias sobre los acimientos y problemas de los hijos, impresiones acerca de otros escritores, petición de favores personales o destinados a terceras personas (Delibes recomienda a su editor los reportajes del joven Manuel Leguineche) y la preparación de viajes entre los dos matrimonios, debido a la amistad extendida entre las mujeres de ambos: Ángeles y Rosa. Pero donde mejor se muestra la franca humanidad del escritor es en tres “apartados” temáticos. El concerniente a las emotivas confesiones dolorosas, entre las que sobresale la misiva de Delibes contándole a Vergés que su mujer “ha hecho mutis y nos ha cambiado la decoración sin enterarnos”. El que engloba las dudas e impresiones compartidas acerca de novelas en proceso o entregadas a la editorial, como La hoja roja, En el camino o Las ratas, sobre la conveniencia de presentarse a premios como el Planeta, y el que recoge las demandas y los tiras y afloja económicos entre el escritor y su editor. Un apartado, este último, en el que sobresale la dignidad y transparencia con la que Delibes, corresponsal de Vida Deportiva y también novelista, reclama pagos, anticipos y liquidaciones que no ocultan sus agobios con el dinero, sus necesidades familiares ni el malhumor que a veces le ocasionan los retrasos o el descuadre de sus cuentas domésticas.

Estas misivas, de importante valor documental, nos acercan de manera explícita la personalidad de Delibes y su forma de pensar el sentimiento y de sentir el pensamiento, como defendía Unamuno, además de enseñarnos que un verdadero amigo es, según afirma el escritor a la muerte de Vergés, “un asidero seguro que todos los hombres buscan y administran como un tesoro”.

LA GENERACION DEL NADAL

Un buen cazador ha de ser intuitivo y debe saber escrutar los atributos y movimientos de sus presas y su entorno. Esa cualidad sirve igualmente para valorar a las personas que comparten su hábitat y también su mismo oficio y pasión. Así lo demuestra Miguel Delibes en el segundo libro, España 1936-1950: Muerte y resurrección de la novela, donde el periodista de El Norte de Castilla lleva a cabo unas certeras impresiones a vuela pluma de algunos escritores coetáneos, en las que esgrime, con conocimiento lector y afecto, los aciertos y peligros de los sucesivos ganadores del Premio Nadal y de otros autores generacionales. En esta galería de ilustres personajes, destaca la semblanza de Cela, a quien consideraba un gran escritor sin género con un agudo instinto comercial y un bullicioso carácter que le convertía en un competidor de Dalí y en un “duelista” en constante tiroteo con los escritores de su generación. De Gironella opina que es el primer novelista en hacer best-seller y resalta la poderosa imaginación metafísica con la que suplía la vulgaridad de su prosa. Con el autor de Los cipreses creen en Dios protagonizó el vallisolitano una anécdota, que explica su audacia periodística, cuando la censura le prohibió a Gironella hacerle una entrevista a don Juan de Borbón y Delibes, entonces director de El Norte de Castilla, voló a Barcelona y le hizo la entrevista a su amigo escritor como si éste fuese el mismísimo don Juan. Un ardid que les permitió burlar la censura y provocar una comentada polémica. En ese recorrido por los escritores de su época, se detiene también en la pulcritud y brillantez de estilo de los cuentos de Aldecoa, en el compromiso de Juan Goytisolo y en la fantasía, capacidad de observación e irónico sentido del humor, de un Sánchez Ferlosio buscándole siempre las vueltas a los convencionalismos. Al margen de esos juicios, cercanos y desprovistos de rivalidad literaria, queda patente que Miguel Delibes era un atento lector de sus contemporáneos, además de ser amigo y admirador de la mayoría.

LA CREACION LITERARIA

En la segunda parte de este libro, Miguel Delibes se revela como un lúcido conferenciante y teórico de la literatura española que, con su habitual sobriedad y respetuosa sencillez, expone con criterio cabal sus consideraciones acerca de la literatura de la inmediata postguerra, “en la que impera la conciencia del drama sobre la construcción formal de la novela”, el movimiento behaviorista de los cincuenta que encauzó con vigor la novela española hacia el esteticismo y que le “permitiéndole a la cultura española reanudar el contacto con la cultura del mundo, además de buscar un distanciamiento con respecto a la historia y una mayor plasticidad en el lenguaje”. Igualmente reflexiona sobre el realismo social, cuyo afán por denunciar las desigualdades provocó un desaliño de la prosa y, finalmente, interpreta las cualidades de la narrativa de los años setenta definida por la buena costumbre de contar buenas historias, por la influencia de la poesía y por su afán cosmopolita. Lo mejor del volumen es la pedagógica lección, de rabiosa vigencia, sobre la labor creativa y su propia obra. Unas brillantes páginas en las que el maestro delineante de personajes profundiza en la fidelidad del escritor a su yo personal y en que la eficacia del novelista depende de su talento para arrancar destellos nuevos de temas viejos y de temas viejos y de conseguir “que la novela sea, en todo momento, una armonía”. Sus confesiones abordan también su desconfianza hacia el novelista de laboratorio en favor de aquel que intenta descifrar al hombre y que sabe tenderle un puente al lector para trasladarlo a su mundo literario. Estos dos libros, repletos de curiosos detalles humanos y de una destacable y precisa lucidez acerca del proceso creativo y de la condición del escritor, resultan imprescindibles para conocer la envergadura ética y literaria de Miguel Delibes. El excelente escritor que simboliza la depuración del estilo, la sensibilidad y la brillantez de cumplir la misión, como él mismo señala, de descifrar al hombre y revelárnoslo en su auténtica desnudez.

Las reflexiones de Delibes acerca de la literatura tienen una rabiosa vigencia e interés documental