Una buena pluma, una buena escopeta

Recuerdos y anécdotas de un joven redactor en El Norte de Castilla

JAVIER GOÑI

“Delibes fue director de El Norte de Castilla, periódico que creó escuela y del que salieron Manu Leguineche y Francisco Umbral”

Miguel Delibes fue director de El Norte de Castilla, el veterano y prestigioso diario de Valladolid donde empezó de caricaturista (firmaba como Max, M de Miguel, A de Ángeles, su mujer de toda la vida, que se le fue tan pronto, y X, la incógnita, el futuro: así eran los novios de entonces, los de la posguerra más dura). Ese periódico en el que creó escuela (desde Manuel Leguineche a Francisco Umbral), del que fue consejero delegado y en el que, una noche de enero del 47 del pasado siglo, en la soledad del cuarto de los teletipos que atronaban como la Gran Berta, aquel cañón alemán de la Guerra del 14 y que tenían un repicar de campanilla cuando la noticia lo requería, pudo leer él mismo: “Barcelona: reunido el jurado del Nadal…”, el año que lo ganó con 26 años cumplidos ...

A Miguel Delibes, en la redacción de su periódico de toda la vida, años después, siendo ya un novelista de éxito, se le presentó uno de los personajes de uno de sus libros, Viejas historias de Castilla la Vieja, a solicitarle –aconsejado quién sabe por qué espabilado- su parte correspondiente de derechos de autor, pues aquel viejo filósofo de la naturaleza, furtivo con tino que tantas filosofías de andar por el campo le había hecho compartir a Delibes, arma al hombro, paciencia de santero y habilidad para enhebrar conversaciones, silencios y –desde luego- briznas de tabaco, que ambos dos eran muy de pitillo de liar. El Barbas consideraba que algo tenía que sacar en limpio de los dineros del escritor. Delibes, con pedagogía de narrador que conoce su oficio, intentó convencer a El Barbas de que una cosa eran las historias que le contaba y otra cosa era cómo las llevaba, después, el escritor al papel. A este personaje, de boina, de buen andar y mejor cazar, le sacó el tema Delibes –está recogido en Viejas historias… de don José Ortega y Gasset- y El Barbas le preguntó si acaso era una buena escopeta, a lo que Delibes respondió que era más bien una buena pluma. El Barbas, la cónico, castellano y furtivo, zanjó la cuestión con un escueto: bah. Posiblemente se rascó, a continuación, la nuca sin apenas mover de sitio la boina. Sin duda El Barbas sí consideraba a Delibes una buena escopeta y los demás, además, una buena pluma.

Escribir de Delibes me resulta fácil y además grato. Durante muchos años lo he tenido cerca, no diré, claro, que a tiro de escopeta, pero casi. En unos años que viví, de joven, en Valladolid se me despertó la vocación de periodista. Leía El Norte de Castilla de adolescente; asistí a las primeras conferencias de mi vida en el salón de actos de El Norte… -el más interesado en la programación era el gobernador civil de la provincia y jefe provincial del Movimiento: multa va, multa viene, prohibido esto por esto, aquello por aquello, pues eso: finales de los años sesenta, no en la prehistoria-; y me presenté, jovencísimo, a un concurso de artículos periodísticos que convocaba el diario. Un concurso que nunca gané, aunque ese año me acerqué a la calle Duque de la Victoria –los redactores entraban por la otra calle, la de Montero Calvo- y el mismo Delibes, a quien se lo pregunté, me dijo quién había ganado. En el verano de 1975 hice mis primeras prácticas periodísticas en El Norte y por ahí andaba, a media tarde, Delibes, dándose una vuelta a ver cómo venía la crónica política de Pepe Oneto, desde Madrid –aquel agosto del 75, qué mes aquél, qué año aquél- o la crónica –mundana- de Paco Umbral. Uno, aprendiz de todo y conspirador de nada, cortaba las tiras del teletipo con los textos de Oneto o de Umbral, las pegaba con engrudo en cuartillas amarillas, las numeraba y con un bolígrafo iba enmendando las erratas telegráficas, mayúsculas, acentos y demás imperfecciones. Una tarde de aquel agosto, Delibes leyó por encima de mi hombro unos párrafos de lo de Oneto, cómo viene lo de Oneto, le comentó al redactor-jefe –entonces aquel diario era de un solo redactor- jefe, hombre-orquesta, José Antonio Antón-, y tal vez Delibes, como buen consejero- delegado, se angustió por las finanzas (de tan boyante diario, por otro lado), pues todavía existían gobernadores civiles que ponían multas.

“La Guerra Civil le disparó su natural pesimismo y de este mal no ha habido pócima que le haya aliviado el alma”

La vida de uno siguió su rumbo, encontró acomodo en el periodismo cultural y a Delibes, que lo había leído desde crío, empecé a tratarle como escritor. Le hice entrevistas, escribí artículos, me ocupé de sus libros; me los enviaba la editorial Destino y también Planeta; Planeta, menos, que decían que se las tuvo con el viejo Lara que no logró conmoverle con sus anticipos y dice la leyenda que compró Destino para tenerlo en su cuadra. Él me los dedicaba con esa letra minúscula que tenía, ese ejército de hormigas de tinta azul y de difícil comprensión, sin sobre y en unos tarjetones donde sólo ponía Miguel Delibes. La primera semana de enero de 1985, pasé cinco tardes con Delibes en su casa de Valladolid, magnetofón en mano, con la intención de hacer con él un libro de conversaciones (Cinco horas con Miguel Delibes, Anjana Ediciones 1985). Lo dividí en cinco grandes apartados: su niñez de niño bien en el Valladolid de los años veinte, su fugaz paso por la guerra civil (que le impresionó profundamente, le hizo pacifista hasta las cachas, en el buen sentido de la palabra, aunque se le disparó su natural pesimismo y de este mal no ha habido desde entonces pócima alguna que le haya aliviado el alma), sus inicios periodísticos, literarios –desde su proverbial adanismo que tanto se ha exagerado; se ha llegado a creer que empezó a escribir antes que a leer-, su preocupación por Castilla (su pesimismo), por el ecologismo (su pesimismo) y por el mundo en general (su pesimismo).