Un humanista sin tacha

Las enseñanzas del escritor y del periodista vista por uno de sus mejores discípulos.

Manuel Leguineche

“Miguel Delibes dijo a mi padre que se haría cargo de mí, que no se preocupara. Así fue, y así es hasta hoy”

El día que llegaron los primeros semáforos a la ciudad de Valladolid, su ciudad, Miguel Delibes, su hijo más ilustre, se quedó pensativo. Aquello empezaba a cambiar. Semáforos. Más coches. Más signos de modernidad, el llamado progreso. Le habían llamado de todas partes para apoderarse de él. Le hicieron las mejores ofertas en los periódicos y las universidades. Valladolid era una capital de provincia a escala humana, a su escala.

Era profesor de la Escuela de Comercio durante el día, novelista por la tarde y director del periódico El Norte de Castilla por la noche. Así fue como le conocí a finales de los cincuenta porque a una cierta distancia de la Universidad yo prefería ser periodista a sus órdenes. Con una zumba castellana, Delibes aplicaba su humor a todos los órdenes de la vida y de la profesión. Yo, a pesar de mi timidez, me sentía a gusto bajo su mando. No se notaba porque sabía mandar. Yo tenía poco más de dieciocho o diecinueve años y una tarde me sorprendió al llamarme a su despacho: “Manu, te voy a dejar el manuscrito de una novela (que acababa de escribir) que se llama Las ratas”. Que un aprendiz de periodista como yo tuviera el honor de ser uno de los primeros en leer Las ratas me dejó confuso. Me excusé. Yo no me veía aún capacitado para juzgar las líneas escritas por el maestro.

Esa misma noche leí la novela entera. Resultó muy fácil leerla por su lenguaje diáfano, su transparencia, la profundidad de los personajes y su peripecia. Era todo un paisajista de Castilla, de su Castilla, de su Tierra de Campos, campos de tierra. Yo iba a la Universidad, pero algo más directo de las clases de Filosofía eran las enseñanzas de Miguel en su periódico. Ese fue mi principal aprendizaje. Y tuve, por añadidura, la suerte de ser su amigo, fue mi consejero en la vida y en la carrera. Dijo a mi padre que se haría cargo de mí, que no se preocupara. Así fue, y así es hasta hoy. Recibió los cantos de sirena más llamativos, pero Miguel nunca quiso desmarcarse de su ciudad y de su periódico. En una época de censura sacó la cara. Su defensa de la comunidad de la Tierra de Campos, de sus labradores y hasta de sus cazadores, que eran bedeles en sus novelas, hacen de este hombre un humanista sin tacha.

Miguel hacía de todo. Crió junto a su querida Ángeles una familia unida, viajó por el mundo, entró en la Academia, recibió la visita de los Nobel, fue cazador de guante blanco y espera la muerte con el humor que le caracterizó siempre. Cuando el ministro Fraga, en tiempos de Franco, le echó en cara sus aperturas, le dijo por teléfono: “Me estás jodiendo el experimento”. El experimento era aquel tímido y engañoso conato de libertad que se llamó la “primavera de Fraga”. Sobre la Primavera de Praga escribió Miguel un librode viajes. Al régimen le convenía un director más dócil y eso fue lo que tuvieron, más de lo mismo y más lo de siempre: la censura. Miguel es un trabajador infatigable, tan infatigable como sus carreras cinegéticas, un hombre, un árbol, un paisaje.