Un clásico contemporáneo
Un análisis de su obra enmarcada entre la libertad de conciencia y los derechos humanos.
MARÍA DEL PILAR PALOMO
“Miguel Delibes es un novelista defensor de los derechos humanos y de la libertad de conciencia”
A comienzos de la década de los 60, califiqué la labor novelística de Miguel Delibes como “casticismo antitremendista”, analizando una obra que no pasaba, entonces, de la publicación de Las ratas (1962). Veinte años después, el término “casticismo” hube de cambiarlo en un nuevo trabajo por el de “humanismo”, porque en esos veinte años habían aparecido unos títulos trascendentales: Cinco horas con Mario (1966) o Los santos inocentes (1981). Cuando este año de 2007 vuelvo a afrontar el redactar una síntesis general sobre la obra del escritor, creo que debería matizar aquellos títulos, para pasar a situar a Delibes dentro de un “humanismo cristiano”, porque su última novela publicada, El hereje (1998), clarifica, como mensaje definitivo, su posición ante el mundo, el hombre y sus ideologías. Un humanismo cristiano muy en la línea aperturista y liberadora del Vaticano II, que ya se cita en Los santos inocentes.
No es casual, a mi entender, que el canto a la libertad de conciencia que es El hereje, vaya encabezado por una cita de Juan Pablo II, que se corresponde con la premonición del tío del protagonista, a punto de ser quemado en las hogueras inquisitoriales: “Algún día”…”estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos otorga. Pide por mí, hijo mío.” Frase que nos convierte al hereje en un mártir de esa libertad.
En esa defensa de la libertad de conciencia y pensamiento, Delibes se sitúa ante los dos ejemplos más controvertidos de la historia de España: la oposición cruenta de republicanos y franquistas de la Guerra Civil, o la actuación opresora y no menos cruenta de la Inquisición. La conclusión de 377A, madera de héroe (1987), que descubre el joven protagonista, es que los héroes no lo son por abrazar una causa noble, porque la noblezde la causa estriba únicamente en el sacrificio del que puede y quiere morir por ella. Esa es la conclusión a que llega, turbadoramente, el joven soldado franquista cuando intuye que los conceptos de héroe y traidor se tambalean al contemplarlos desde perspectivas ideológicas contrapuestas.
Delibes se configura, a través de su larga producción, como el novelista defensor de los derechos humanos –Los santos inocentes-, en una aproximación tangencial a la defensa de unas tesis, pero sin caer jamás en el esquematismo apriorístico de tal defensa.
Y junto a los derechos humanos y la libertad de conciencia está la defensa de un “mundo que agoniza”, ante la despiadada y suicida agresión a que le somete el hombre contemporáneo, donde también adquiere los derechos de unos valores humanos una tradición secular, viva y salvadora: Las ratas (1962), en donde el Nini se revela como personaje- símbolo de esa tradición concretada en Castilla. Porque desde El camino (1950) la novelística de Delibes inicia la comunicación continuada de un mensaje que será primordial en su universo ideológico y narrativo: la defensa del campesino y campo castellanos concebidos como un sistema de vida en trance de desaparición.
Y creo que en esa defensa pueden señalarse dos etapas bastante definidas: la que va de El camino a Las guerras de nuestros antepasados (1975) en el ejemplo, esta última, de un pueblo abandonado. Un éxodo que se inicia en El camino y se presiente en el final de Las ratas. Pero luego esta defensa se generaliza, extendiéndose a la oposición de lo natural frente al progreso degradante, como en la antítesis opositiva de El disputado voto del señor Cayo (1978).
Se trata de una defensa nunca cerrada a todo progreso, pero sí cuando éste se constituye como arma de destrucción y olvido. (Su inmensa producción no narrativa es imprescindible para penetrar en esta parcela de su pensamiento). Pero será, obviamente su contribución a la novela durante medio siglo, lo que convierte a Delibes en el referente obligado de esa novela, desde su inicial aparición en 1947, cuando obtiene el premio Nadal con La sombra del ciprés es alargada.
Fiel a sus presupuestos teóricos e ideológicos, Delibes ha ido produciendo su obra en la órbita de las principales tendencias formales de la evolución del género, aunque siempre con moderación y sin romper su línea de persistente continuidad. (Incluso con la aceptación transitoria de recursos experimentalistas, como en su Parábola de un náufrago de 1969). Pero la transgresión temporal, por ejemplo, es la base estructural de El camino, o utilizará en 1983 la novela epistolar en sus Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso. Será relevante en el calco lingüístico de un lenguaje coloquial, en idiolectos característicos como los que representan los Diarios de Lorenzo, tal como denominó su trilogía sobre el bedel cazador, en su compilación de 2002. La utilización del lenguaje coloquial puede adoptar la forma de una transcripción grabada en Las guerras de nuestros antepasados (1975). Y por supuesto, en esa indagación en el habla cotidiana, el extraordinario monólogo de Carmen en Cinco horas con Mario, en cercanía al monólogo interior que dominó la década de los sesenta. El texto es un extraordinario ejemplo de un uso conativo del idioma, en el que, aparentemente se defienden unos valores, a través de una única voz, que el lector va entendiendo como erróneos y donde, en realidad, en un lenguaje oblicuo, se va enalteciendo todo aquello que, aparentemente, se critica y ataca. Mario, sin oír su voz, es en este sentido, el prototipo –tan frecuente en Delibes- del hombre opuesto a un entorno social –histórico y referencial, por supuesto-, que terminará destruyéndole con su intransigencia y su inamovible sectarismo. El límite está, naturalmente, en el erasmista Cipriano de Salcedo.
Pero sobre tantos aciertos, creo que Delibes se configuró desde sus primeras obras como el gran novelista de Castilla. Elegíaco y crítico –Las ratas-, ha definido su gran tema en una afirmación conceptual: “Castilla como problema”. Sin embargo, creo que es más que una problemática –que la hay, por supuesto- porque junto al problema social que se destaca, lo que se evidencia es una irreprimible pasión. La dedicatoria de El hereje, “A Valladolid, mi ciudad”, es, casi, una declaración amorosa, en ese posesivo afectivo que la encuadra. Pensemos que en esa visión de su ciudad en el siglo XVI, ya su protagonista se deslumbra ante la belleza del campo castellano: “Las puestas de sol en la meseta resultan a veces sobrecogedoras”.
Pero en ese castellanismo de Delibes –más allá de posiciones elegíacas o críticas- , tal vez lo más perenne y destacable sea su extraordinario conocimiento y su utilización del idioma. No ya la exacta y rigurosa utilización del mismo, en sus registros culto y coloquial, sino en el dominio de un léxico que se aborda desde distintos campos semánticos y sociales. El agrícola o el específico de la caza, en un uso casi exhaustivo, era algo que se derivaba de lo temático y que esperábamos sus lectores. Pero es igualmente riquísimo cuando el léxico se aplica a campos bien distintos, como el naval –en 377A, madera de héroe-, y siempre alejado de todo encasillamiento retórico o erudito. El idioma, al servicio –en elegante y aparente naturalidad- de la forma de la poesía, la emoción, la ironía, el sarcasmo, el humor que de todo hay en su prosa, adopta la serena forma de la meseta castellana.
“Desde sus primeras obras se configuró como el gran novelista de Castilla, elegíaco, crítico y con pasión por su tierra”



