JOSÉ MARÍA MERINO

“Los componentes de la imaginación son las cuentas, la narración, el dibujo y la música ”

Entrevista de Guillermo Busutil. Foto de Ricardo Martín

José María Merino (Coruña 1941) lleva más de treinta años dedicado a la literatura. Desde 1976 no ha dejado de publicar novelas y libros de cuentos, como La orilla oscura, Los invisibles, El heredero, Ficción continua y Cuentos del barrio del Refugio, que han sido premiados con el Nacional de la Crítica y el Miguel Delibes entre otros importantes galardones. Este gallego de origen y leonés de corazón, está considerado por la crítica y por los jóvenes narradores un referente imprescindible en el relato. El género sobre el que ha escrito numerosos ensayos, antologías y la Glorieta de los fugitivos, que acaba de publicar la editorial Páginas de Espuma.


En su último libro ha reunido los microrrelatos de Días Imaginarios y del Libro de la noche y otros que son inéditos. En la mayoría sigue abordando la memoria, la identidad y el sueño, sus temas habituales.

Sí, porque la identidad es el tema de nuestro tiempo y además está costando mucha sangre. Vivimos una época de constantes cambios y de la conciencia de lo relativo de todo que, sin duda, afectan a la idea que el ser humano tiene de sí mismo. Por otra parte es en la literatura donde mejor podemos tratar el tema de la identidad y del sueño. Yo duermo poco pero no he dejado de soñar leyendo. La vida no nos facilita conocer bien a la gente, pero la literatura si nos permite entrar dentro de la gente. Fíjate que Dickens o La montaña mágica de Mann, que es la mejor novela moderna que culmina la historia de la novela clásica, nos continúan enseñando cómo es el alma humana o entrar en el corazón de las personas. La literatura es la historia de la identidad humana.


También nos permite darle expresividad y realidad a la imaginación.

Por supuesto. Los cuatro componentes de la imaginación son las cuentas, el dibujo, la música y la narración. Elementos todos que son estructuras simbólicas con las que el hombre ha compuesto el mundo.


El libro incluye por otra parte argumentos centrados en el amor, en los medios de transporte, incluso recetas de cocina. ¿Cualquier argumento vale?

Creo que el microrrelato es un género tremendamente adaptable. La cuestión es tener la idea y saber resolverla. El relato de por sí es muy apropiado para experimentar desde cualquier perspectiva y lo mismo vale una noticia paradójica o darle una vuelta de tuerca a un clásico.


¿La concisión expresiva, la intensidad y la brevedad, continúan siendo las reglas del cuento?

Sí, pero sobre todo el movimiento. Un cuento tiene que moverse. Esa es la cualidad fundamental. Y luego esa intensidad de la brevedad que es muy difícil de lograr. Es más fácil hinchar cualquier historia hasta las doscientas páginas que escribir un buen cuento. Por otro lado es necesario que los lectores y también algunos editores entiendan que un cuento nunca es un taller para la novela.


¿El cuento oral fue el primer instrumento que tuvo el hombre para ordenar e identificar la realidad?

Es evidente. El ser humano tiene la misma carga genética que el homo sapiens y la misma enorme incapacidad para conocer ese mundo que es una sorpresa continua. A veces no pensamos que el homo sapiens lleva 180 mil años contando cuentos y que la escritura hace tan sólo seis mil años que existe y además únicamente se utilizaba para la religión y para la historia, nunca para la literatura. Es decir, el trasfondo del cuento está en nuestro origen y la ficción es nuestra primera sabiduría. Por eso la ficción es la manera de decir lo que son las plantas, la luz, la muerte, lo misterioso. Muchas de estas cuestiones forman parte de un campo que me interesa explorar en mi literatura.


Usted forma, junto con Juan Pedro Aparicio y Luis Mateo Díez, un grupo al que le gusta reunirse para contar historias orales y leyendas.

Hace unos días estuvimos en Gales e hicimos un filandón. Que no es otra cosa que una reunión de amigos o de vecinos, como las que se hacían antes, para charlar sobre el relato y contar historias. Lo malo es que hoy día parece que sólo es la televisión la que cuenta cosas. Sin embargo el que la gente se junte para intercambiar narraciones y recordar historias, pertenece a la naturalidad de la comunicación humana y no debería perderse.


¿Cree que podría desaparecer esa costumbre debido a que actualmente existe una crisis de la propia oralidad individual?

Sí, porque cada vez más nos expresamos con mayor penuria. Entre otras causas debido a que no nos enseñan a expresarnos. En cambio me ha sorprendido mucho encontrar en la selva costarricense a una señora que contaba historias maravillosas. Nuestra sociedad, al contrario, ha abandonado el gusto por contar.


“Desde que llegó a nosotros el Calila e Dimna, en el siglo XIII, no hemos dejado de contar”


En España, el relato ha sido un género guadiana. Apareció con fuerza en el la Edad Media con el Arcipreste de Talavera, el Libro del caballero de Zifar y brilló en el XIX con Clarín y en otras épocas parece que no existió. ¿A qué se debe este fenómeno?

Sí, es así, porque a la Inquisición no le gustaba nada la literatura. De hecho una parte del éxito de El Quijote se debe a que era un libro contra las novelas. Pero en España el cuento tiene muchos siglos de antigüedad y desde que llegó a nosotros el Calila e Dimna desde la India y lo tradujo un árabe en el siglo XIII no hemos dejado de contar pese a todo. Incluso puede decirse que el cuento pertenece originariamente a nuestra cultura.


¿Puede afirmarse que ocurrió algo parecido con la generación de los cincuenta que tuvo magníficos escritores de cuentos como Aldecoa, Medardo Fraile o Wenceslao Fernández Flores?

Efectivamente. Una de las peores cosas de la transición fue el que se hizo borrón y cuenta nueva en literatura. Por eso, aunque Aldecoa se ha mantenido en la memoria, se ha olvidado injustamente a Medardo Fraile que es un cuentista genial, de un realismo estilizado y misterioso. Lo mismo pasó con Fernández Flores. Tal vez porque también en España la cultura literaria es escasa y el cuento lo ha pagado más que otros géneros.


Ahora sí que parece que el cuento se ha revitalizado.

Así es. Cuando en el 98 hice una antología y en 2003 el prólogo de Pequeñas resistencias de Neuman, me alegré de ver que había muy buenos cuentistas jóvenes, con una diversidad de estilos diferentes y que, pese a las dificultades editoriales, están publicando continuamente buenos libros. Esto demuestra que España tiene una gran vitalidad en el cuento.


Los editores afirman que en nuestro país existen pocos lectores del género. ¿Está de acuerdo?

La verdad es que el lector de cuentos es un lector refinado, no es el lector común que no está acostumbrado a degustar en pocas páginas toda la intensidad dramática. Hay que estar preparado. Por eso insisto mucho en que el cuento debe utilizarse preferentemente en el sistema educativo. Yo tengo un libro que recopila cuentos que empiezan con Unamuno y terminan con Benet. Entonces si el profesor quiere explicar el modernismo, sólo tiene que echar mano del relato Beatriz de Valle-Inclán y donde en diez páginas está todo el modernismo. Creo que si no se hace es porque el profesorado no conoce el cuento español.


Usted alterna por igual la novela con el cuento. Poco antes del verano publicó Lugar sin culpa, Premio Torrente Ballester. ¿Qué será lo próximo, cuento o novela?

Ahora mismo tengo bastante avanzado un nuevo libro de cuentos y también una novela que completará un periplo que se va a llamar Los espacios naturales. Primero fue la isla de Lugar sin culpa y ahora se trata de una montaña. Lo importante es trabajar para mantener en forma las neuronas.


José María, teniendo en cuenta que usted viaja constantemente, ¿no se ha propuesto escribir un libro de viajes?

Sí. La verdad es que tengo bastante notas escritas y muchas ganas de hablar de viajes porque he viajado mucho en mi vida, pero de momento no soy capaz de encontrar el tono, la forma.