CLÁSICO
KAFKA, APRENDIENDO A SER UN INSECTO
La certera metáfora del hombre contemporáneo en La Metamorfosis de Kafka
LORENZO SILVA
Dicen que uno es del lugar donde cursa el bachillerato, o lo que es lo mismo, de allí donde le pilla el decimosexto cumpleaños, por tomar una referencia que sigue siendo válida pese a las sucesivas reformas de la enseñanza secundaria. Quizá la regla pueda aplicarse también a las lecturas que más influyen en la formación de un escritor. Al menos un servidor tiene la sensación de que en su visión de la literatura pesa mucho lo que el azar o el destino le deparó leer allá por los dieciséis años.
De entre todos aquellos autores, ninguno tuvo tanta presencia en mis estantes y en mis días como el checo Franz Kafka. Aprovechando las ediciones baratas de Alianza y Bruguera, me hice con toda su obra de ficción, sus cartas y sus diarios. A finales de junio de 1982 aún no poseía ni había leído ninguno de sus títulos. Cuando llegó junio de 1983, ya tenía y me los había despachado todos, y alguno más de una vez. Puedo por tanto decir que la totalidad de la obra de Kafka pasó por mis manos a los dieciséis años, como si un frenesí caprichoso me prohibiera descubrir a otra edad nada de lo que dejó escrito.
Recuerdo que por aquel entonces lo que más me impresionó fueron algunos de sus relatos menos conocidos (como La construcción o los fragmentos del proyecto apenas esbozado de La muralla china) y las tres novelas largas, en especial El castillo y El proceso, además de las cartas a Milena. Con esa arrogancia típica de la adolescencia, me mostraba más tibio hacia sus obras más conocidas y “fáciles”, como el Informe para una academia (difundido por un montaje teatral de José Luis Gómez) o La metamorfosis, que era la novela de cuya existencia sabían incluso aquellos que nunca habían leído a Kafka. No es que me parecieran mal, pero las veía menos arriesgadas y más asequibles que otras, y eso me hacía leerlas con cierta displicencia.
Andando los años, y aún sin apearme de mis afectos juveniles, he aprendido a valorar más los textos “populares” de Kafka. En particular La metamorfosis (o La transformación, como se titula, acaso más ajustadamente, en algunas traducciones). En su aparente simplicidad, en esta narración se condensa la esencia de lo kafkiano, en el más hondo sentido de la palabra, que no es por cierto el comúnmente utilizado, ése que reduce el adjetivo a un pobre sinónimo de absurdo o esconcertante. Si uno se fija, los personajes de Kafka siempre se conducen con un abnegado sentido lógico, su infortunio es verse arrojados a una situación donde las premisas de sus raciocinios dejan de valer.
Quizá la más sutil expresión de ese mecanismo narrativo, que también lo es simbólico, se halle en La metamorfosis. De la noche a la mañana, Gregorio Samsa debe acostumbrarse a ser algo muy distinto: un insecto. A partir de ahí, todo lo que tenía algún valor para él, desde su ilusión de vivir hasta el afecto de su familia, se desmorona. Sus esfuerzos por sobreponerse son vanos, y descubre amargamente la fragilidad y la inconsistencia de aquello en lo que se apoyaba. No hay nada de absurdo en todo esto. En La metamorfosis logra Kafka una de sus más certeras metáforas del hombre contemporáneo, un ser despersonalizado y siempre expuesto a la destitución, porque depende del favor de fuerzas que le sobrepasan y que a menudo no le tienen en cuenta. Todos, nos advierte, podemos vernos en el trance de tener que aprender a ser un insecto. En fin: dichosos aquellos que siguen creyendo que Kafka era un escritor fantástico.



