NARRATIVA

Enrique Muriel, Alonso Cueto, Juana Salabert, José María Merino, Mario Cuenca, Ernesto Pérez Zúñiga, Stephan Zweig, Ray Loriga, Manuel Longares

BARCELONA, MON AMOUR

JESÚS MARTÍNEZ

UNA NOVELA QUE CAPTARÁ LA ATENCIÓN DE LOS LECTORES POR LA EFICACIA NARRRATIVA DE SU ARGUMENTO Y POR ESTAR A LA SOMBRA DE LA ACTUALIDAD MÁS LITERARIA

Hay cuestiones que no se pueden posponer en el análisis de una obra y la del pseudónimo con la que se firma ésta es una de ellas. Así, la elección de Enrique Muriel y la voluntad de mantener un tiempo en el anonimato la identidad del autor, obedece, según éste y la editorial Destino, al afán protector de una historia necesitada de una aséptica postura frente a la contaminación que crítica y público sufrirían si supieran el nombre real de un escritor asociado siempre a otro género, el negro, tan distinto, en apariencia, y a otros pseudónimos.

Pero mucho nos tememos que, bajo esta inofensiva pretensión, late una espléndida estrategia de mercado que sumar a la propia estima narrativa. No es creíble que una novela histórica como La ciudad sin tiempo nazca envuelta en un halo de misterio, de interrogantes con respuesta programada, sólo para evitar los prejuicios que se derivarían de conocer la autoría de Francisco G. Ledesma.

Algunos creemos que el gran autor catalán no necesita de estas técnicas de mercadotecnia, por ser poco convincente la teoría de la premeditación y alevosía crítica, y porque hace ya tiempo que la novela negra abandonó el ajetreo de los kioscos para ganarse la estima de bibliotecas y la exégesis global.

Dicho lo cual, reseñar la multitud de pistas dejadas por G. Ledesma para su inmediata identificación: sólo se requería conocer de largo el ADN de su escritura, identificar a Muriel con el protagonista de Sombras viejas, su primera novela, y saber leer sus huellas en un espacio narrativo que pocos dominan como él.

Ese espacio, Barcelona, es la gran protagonista de esta novela, una ciudad joven, a pesar de sus cicatrices, eterna, reconstruida, una y otra vez, desde las pesadillas y los sueños de unos habitantes a los que acoge en su seno como una matrona intemporal; un personaje vivo, inmanente, atento, inquieto, maloliente, bello y audaz, que se sostiene sobre los hombros de la investigación realizada por Marta Vives, ayudante de un prestigioso abogado especializado en la defensa de las más seculares y rancias estirpes familiares, tras hallarse el cadáver asesinado de un miembro de una de ellas.

A partir de ese instante, el relato progresa avanzando sobre las penurias, las ilusiones, los grandes acontecimientos y los pequeños hechos que han conformado el alma y la faz de una Barcelona secular, con una lucha sorda y constante entre las fuerzas del Bien y del Mal, ángeles buenos y malos, fe y razón, repasando algunos de los sucesos y personajes históricos más relevantes de los últimos siglos. Lo hace conducido por la mano férrea de un doble narrador: un narrador omnisciente en tercera persona para el presente y un narrador en primera persona para el pasado, para todos los pasados que este vampírico personaje, de rostro único y sin edad definida, nos irá desgranando en esta gran crónica histórica que arranca a finales de la Edad Media y llega hasta hoy.

Todo ello aderezado con las suficientes dosis de misterio, intriga, intereses y atmósfera evanescente que junto a luchas religiosas o momentos estelares de la historia reciente, y no tanto, nos hacen recordar la fuerza de Ledesma para construir una novela eficaz que, a buen seguro, captará la atención de innumerables lectores por el oficio que destilan sus páginas, por la eficacia narrativa de su argumento y por estar a la sombra reparadora de la actualidad más literaria. Pero también es cierto que este relato tan cinematográfico, donde se mezclan con inteligencia diversos géneros narrativos: novela histórica, negra, urbana o gótica, adolece de un exceso de disquisiciones teológicas de sobremesa que lastran un más que seguro éxito de taquilla.

La ciudad sin tiempo
Enrique Muriel
Destino. 20 euros. 469 páginas

 

EL SUSURRO DE LA MUJER BALLENA

JORGE EDUARDO BENAVIDES

CON UN LENGUAJE PULCRO, CUETO NOS OFRECE UNA LÚCIDA REFLEXIÓN SOBRE LA IMPÁVIDA CRUELDAD CON QUE TRATAMOS A QUIENES TIENEN LA DESDICHA DE SER DIFERENTES

Casi toda novela propone un tema, plantea un discurso y sugiere un norte, una cierta actitud vital que encontramos en los personajes y en la manera como estos resuelven su vida. Sin embargo, sólo las buenas novelas pueden desprenderse de cierto facilismo temático, del envaramiento del discurso que gravita en muchas otras y de la moralina que a veces intoxica novelas bienintencionadas pero exasperantemente predecibles en cuanto a la dirección moral de sus personajes y de sus temas. El susurro de la mujer ballena es, en ese sentido, todo un acierto con el que Alonso Cueto —finalista del premio Planeta – Casa de América por esta novela— nos ofrece una turbadora especulación sobre los abismos de la crueldad.

Verónica Ross, periodista de 42 años, casada y con hijo adolescente, se encuentra en el vuelo que la trae de Bogotá a Lima, con una mujer obesa en quien reconoce rápidamente a cierta antigua compañera de estudios, alguien con quien mantuvo una relación llena de claudicaciones y secretos. Porque aquella mujer, Rebeca, aquella gorda mórbida de “brazos como oleoductos” le trae desde el remoto pasado de la pubertad y adolescencia recuerdos dolorosos y violentos. Rebeca no duda en festejar el reencuentro y en insistir en que esa circunstancia fortuita debe de ser tomada como una señal del destino para que se ponga nuevamente en marcha el enmohecido mecanismo de la amistad entre ambas. Pero casi desde el principio mismo el narrador se encarga de hacernos observar que bajo ese encuentro de dos viejas amigas discurre un helado arroyo de rencor que va a sacudir de arriba abajo los cimientos de la plácida rutina donde hasta ese momento se movía la periodista.  

Sin paliativos ni excusas, el viaje abisal que propone la novela nos enfrenta con la abyección y la sordidez de la maldad y de su complemento necesario para que ésta campee sin restricciones: la cobardía. Porque Verónica, una mujer atractiva, bien considerada como profesional y sin mayores nubes en su horizonte social y familiar, tiene que enfrentarse con el reproche de quien se sabe monstruosa, abatida por las humillaciones y  las burlas que se remontan a su niñez: en un momento dado, la Rebeca ya adulta que se encuentra —y acosa— a su amiga triunfadora, guapa, profesional, le reclama que nunca fue capaz de defenderla, que apenas una palabra de aliento y defensa hubiera hecho que el recuerdo de esa adolescencia enturbiada por la ferocidad de los demás, resultara dramáticamente menos gravoso de lo que es.  

Sobre este reproche y lo que ello nos va desvelando paulatinamente en torno a ambos personajes avanza la novela gracias a un eficaz ejercicio de contención que dosifica hábilmente la trama y que nos propone —se alcanza a vislumbrar— un nuevo enfoque sobre la fragilidad de las relaciones humanas, el acecho de la cobardía en nuestra rutina diaria, y la indiferencia con que observamos el mundo que —así lo creemos— apenas tiene que ver con nosotros.

Después de Grandes Miradas y La hora azul  —con la que Cueto ganó el Herralde de novela del año pasado— el narrador peruano insiste en  sus viejas obsesiones narrativas: su universo de personajes más bien grises, encharcados en una rutina de la que no obstante Cueto destila complejas historias llenas de claroscuros. Con un lenguaje pulcro y lleno de frases rotundas que se ponen al servicio de la historia, Cueto nos ofrece en esta novela una lúcida reflexión sobre nuestra sociedad, sobre la impávida crueldad con que tratamos a quienes tienen la desdicha de ser diferentes.

El susurro de la mujer ballena
Alonso Cueto
Finalista del Premio Planeta-Casamérica
Planeta. 20 euros. 260 páginas

 

SOBRE LA MEMORIA

JOSÉ MARÍA BERNÁLDEZ

UN MADRID DE VENCEDORES Y VENCIDOS Y UN PARÍS CAMBIANTE Y LUMINOSO SON LOS ESCENARIOS DE UNA REFLEXIÓN SOBRE LA CORRUPCIÓN MORAL Y UN CANTO AL AMOR

Entre el recuerdo y el olvido se mueve este texto con el que Juana Salabert ha ganado la octava edición del Premio de Novela Fernando Quiñones que convoca la Fundación que lleva el nombre del ilustre y recordado escritor gaditano. De casta le viene al galgo, podríamos decir, pues Juana es hija de Miguel, un buen escritor y periodista, afrancesado e ilustrado, exiliado del franquismo, comunista, traductor de Jules, antes Julio, Verné, y creador de la expresión “exilio interior”. Incluso creo recordar que un libro suyo se titula así, Exilio interior, si la memoria no me traiciona, la mía quiero decir, en este caso. Juana nace en París, en un París ya recuperado de las heridas de la Segunda Guerra Mundial. Y a punto de entrar en otro momento histórico, el de Mayo del 68. París ya no era una fiesta. Pero seguía siendo un mito para la izquierda universal. Capital de una nación que astutamente ocultaba su colaboración con el nazismo y agrandaba la resistencia a los totalitarismos conservadores. En ese París nace y se educa Juana Salabert. No es la primera vez que la autora de El Bulevar del miedo suelta sus demonios familiares, como le gustaría decir a Don Mario Vargas Llosa. Toda su obra anterior, y esta también, tiene algo de belleza trágica y una unidad temática: la Memoria. Lo que hemos convenido en llamar de una manera convencional “la memoria histórica”. Un período nuestro, que arranca de la proclamación de la República Española en el 31 y que llega hasta la muerte del General Franco en el 75. En el medio, el fracaso de aquel sueño republicano, la Guerra Civil, el exilio, la Segunda Guerra Mundial, la larga e interminable postguerra. Tantos y tantos asuntos que dan vuelta y vuelta y que no se acaban nunca. Siempre hay una lectura diferente. Tal es la magnitud de aquellos años que fueron tan fundamentales y decisivos.

Juana Salabert nos lleva hasta dos ciudades. Un Madrid de vencedores y vencidos, de verdugos y víctimas, y un París cambiante y luminoso que anuncia la creación de lo que podría haber sido una nueva sociedad. Dos tiempos históricos, la España de los años cuarenta y la Francia asustada y naciente del tan mitificado, posteriormente, 68. Entre medias, un hombre que aparece carbonizado. Una red de compraventas de bienes expoliados y de obras de arte robadas. Y una reconstrucción de unos hechos públicos y privados. Sobre esas tramas, sobre esos argumentos en los que, a veces, el lector se pierde y es incapaz de seguir el relato en no pocas ocasiones farragoso y reiterativo, la novelista nos propone o, al menos, eso he entendido yo, una reflexión sobre la corrupción moral y un canto al amor loco surrealista y al arte. Si los personajes que tienen que transmitirnos esas reflexiones y contarnos esos acontecimientos, no están bien perfilados y definidos, la comprensión de El Bulevar del miedo se hace más difícil. El problema radica, a mi juicio, en que esa superestructura extra literaria, la reflexión y el canto, presiona excesivamente sobre la estructura narrativa y la comprime. Podría haber sido una combinación de las dos, o una ruptura de géneros, tan común en la literatura del último siglo. No lo tengo claro. Pero lo que sí que creo es que no están bien ensambladas o desestructuradas. Y eso resiente un texto en el que me parece que las intenciones están por encima de los resultados. Complejo asunto reflexionar y contar sobre la Memoria.

El bulevar del miedo
Juana Salabert
Premio Fernando Quiñones 2007
Alianza. 19 euros. 368 páginas

 

JOSÉ MARÍA MERINO MINIFUNDISTA

FERNANDO IWASAKI

LOS MICRORRELATOS DE MERINO DEBEN CONSUMIRSE DE UNO EN UNO Y LOS EFECTOS SECUNDARIOS SERÁN MÁS SATISFACTORIOS

Hace muchos años Juan Bonilla publicó un estupendo libro de relatos que tenía un título maravilloso: Minifundios (1993). Ahora ese hallazgo de Juan me sirve para definir toda la narrativa hiperbreve de José María Merino reunida en La glorieta de los fugitivos (Páginas de Espuma, 2007), pues cada microrrelato de Merino es un «minifundio»; es decir, un microscópico territorio que cifra su mundo y el mundo, que no es lo mismo ni es igual.  

Como escritor de cuentos, José María Merino no sólo posee todos los premios posibles (y seguro que alguno imposible), sino que su obra ha sido dilucidada por críticos, académicos y doctorandos más filológicos que uno. Por lo tanto, me haría ilusión comentar La glorieta de los fugitivos a través de una reflexión acerca de la minificción en general, porque ya que los libros de Merino disfrutan del reconocimiento, lo suyo sería disfrutarlos a través del conocimiento.

Cada microcuento de Merino –por separado- es una cifra de su mundo, pero cada una de las secciones de su micronarrativa completa es una cifra del mundo. ¿Qué cosa sería entonces La glorieta de los fugitivos? Un mundo paralelo, con sus propias leyes y continentes, con sus propios mitos y habitantes. Lo diré de otra manera: como autor de minificción, considero que lo ideal sería que nadie se administrara más de tres microrrelatos diarios (como los antibióticos potentes), porque leídos de manera suelta e independiente, cada minicuento alumbra u oscurece una parte de la realidad. Sin embargo, leídos de manera torrente, uno detrás de otro, lo que emerge al final de la lectura siempre será una realidad nueva, oscura o luminosa (según). Si el cuento es el laboratorio de la novela, los microrrelatos son  experimentos con vida propia que se han escapado del laboratorio.

Pienso en los bestiarios medievales, en los evangelios apócrifos, en los procesos inquisitoriales, en las declaraciones de los testigos de santidad, en las historias de aparecidos, en las leyendas urbanas, en los catecismos pre-conciliares y en todas esas narraciones que alguna vez formaron parte de la «verdad» y que ahora forman parte de eso que los modernos historiadores de las mentalidades denominan «el imaginario». Por ejemplo, según ciertos evangelistas apócrifos como el Pseudo Mateo, Santiago III o el Pseudo Tomás, el Niño Jesús moldeaba pajarillos de barro que salían volando de sus manos apenas los soplaba. Los microrrelatos de José María Merino son precisamente como esos pájaros, que acaso vuelan todavía por los tejados de la imaginación religiosa. Son –nunca mejor dicho- los «fugitivos» de la «glorieta» de Merino. «Minifundios», pues.

Autor de una espléndida novela histórica –Las visiones de Lucrecia (1996)- que me gustaría reivindicar en estos días más bien pazguatos de reliquias y templarios de folletín, José María Merino ya había trabajado con materiales narrativos que nacieron como verdades reveladas y terminaron como microficciones, pasando por pactos satánicos y disparates heterodoxos. Así, el mundo paralelo que José María Merino conjura en La glorieta de los fugitivos, es un mundo en el que las «visiones» de Lucrecia conviven con monovolúmenes caníbales, cartografías delirantes, animales inverosímiles y hasta trampas para cazar filólogos (Diez cuentines congresistas).

No es posible reseñar la minificción completa de José María Merino sin traicionarla. No quiero destripar sus enrevesados mecanismos. No se puede explicar la magia menor de su persuasión. Si el hipócrita y bucólico lector desea disfrutar de los microrrelatos de Merino, le recuerdo que debe consumirlos de uno en uno, como las drogas caras, y le aseguro que cada uno de esos «minifundios» tendrá efectos secundarios más perdurables y satisfactorios.

Glorieta de los fugitivos
José María Merino
Páginas de Espuma. 19,90 euros. 307 páginas

 

EL FILÓSOFO EN EL RING

TONI MONTESINOS

UNA NOVELA QUE COQUETEA CON EL ENSAYO Y EL HUMOR PARA OFRECER EL PASADO COMÚN DE VARIAS GENERACIONES DE ESPAÑOLES

Entre la oleada de conservadurismo narrativo a la que los jóvenes no son ajenos –sobre todo si disfrutan (padecen en última instancia a efectos de descenso literario) de éxito editorial–, y las propuestas más dadas al experimentalismo o al collage estético, hay una literatura renovadora con bases perfectamente estables.  Es el caso de la primera y espléndida novela de Mario Cuenca Sandoval (1975); novela total en cuanto a que presenta tiempos y espacios diversos, un protagonista, el boxeador Larretxi, al que apodan El Loco, y su hijo –fusión de puntos de vista que se complementan hasta confundirse–, desde una disposición textual fragmentaria muy bien entendida a partir de breves capítulos numerados. Libro al fin que coquetea con lo ensayístico y lo humorístico a la vez, con lo filosófico mezclado con lo ordinario, con referencias artísticas universales mientras las fauces de la memoria de los personajes se abren paso hasta ofrecer el pasado común de varias generaciones de españoles. Ya desde el impactante inicio, que se irá comprendiendo a medida que avancemos en la lectura, con una retahíla de nombres propios que guarda, en realidad, el espíritu del relato al asumir que uno es lo que lee y observa, lo que recuerda y desea, lo que es y no es –«Me llamo Mikel Larretxi Gris Vigeland Barthes (...)»–, y aún antes, desde la cita inicial de Schopenhauer, que el autor rescató de un curiosísimo lugar, Boxeo sobre hielo constituye una narración maravillosamente atípica. Se trata de un relato sobre quién fue Larretxi y su mujer Margot; sobre cómo el hijo en común se pregunta por sus padres; sobre cómo se ven en el filo de la locura y, al mismo tiempo, siguen su instinto sentimental para, a veces mediante la vida de los demás, reencontrarse consigo mismos.

Boxeo sobre hielo
Mario Cuenca Sandoval
Berenice. 18 euros. 264 páginas

 

LA MUERTE, ESE OBJETO DEL DESEO

AMALIA BULNES

ESTA NOVELA ESTÁ PLAGADA DE MUERTOS QUE ACOMPAÑAN A LOS VIVOS EN UNA INTRIGA CON REFERENCIAS A DANTE Y A LA ESPAÑA RURAL

La novela de Ernesto Pérez-Zúñiga (Madrid-1971), XVI Premio Internacional Luis Berenguer, es un recorrido por el deseo insatisfecho y la frustración opresiva de tres generaciones de españoles, reunidas casualmente en el territorio mágico de un pueblo semiabandonado en el que cuatro ancianos, atormentados por años de soledad, ven interrumpida su oscura existencia por la llegada de dos matrimonios –cuarentones fracasados que buscan en el deseo la redención a sus frustraciones- y dos niños, de mirada inocente y soñadora, contrapunto de unos seres vencidos y abandonados a su suerte. El universo del libro está plagado de muertos que acompañan a los vivos, hombres que ya penan, que acaso si sufren más que aquellos otros ‘ocultos’, que parecen haber encontrado la calma en un infierno aceptado, entendido como la salida natural de la vida, de alusiones a la liturgia católica, como reflejo de esa España rural aún en la memoria de muchos. Esta atmósfera asfixiante marca la novela desde su inicio, con el sexo como protagonista y en la que también se encuentra el miedo y sus emociones como principal objetivo literario –hay hechos inexplicables, exorcismos y sacrificios humanos-. No sé si es un error calificar El segundo círculo de novela de terror (género que nació al amparo romántico de Edgar Alan Poe pero actualmente secuestrado por Stephen King), como figura en el material de promoción porque se adivina también en Pérez-Zúñiga una intención de adentrarse en los caminos de un realismo mágico, apenas explorado a este lado del océano. Pérez-Zúñiga regresa así a una escritura lúdica y simbólica que ya practicara en sus primeros poemas, de imaginería atrevida (con esas viejas fotografías de estrellas de Hollywood que suplantan a estampas de vírgenes gastadas de puro manoseo meapilas).

El segundo círculo
Ernesto Pérez Zúñiga
Premio Luis Berenguer
Algaida. 19 euros. 324 páginas

 

ESTIRPE DE JUAN SIN TIERRA

LALE GONZÁLEZ

Acantilado, en su afortunada recuperación de la obra de Sefan Zweig, nos deleita con este bello relato, más en la línea de leyenda del espléndido Los ojos del hermano eterno (al que no supera), que de otras novelas más conocidas del austriaco como Veinticuatro horas en la vida de una mujer o Carta de una desconocida. Comparece en los primeros párrafos la habitual prosa elegante de Zweig, iluminada por el fulgor de la tradición oriental que se manifiesta en coloristas metáforas, exhortaciones y sugerentes vocativos que transforman el lenguaje en alfombra voladora que nos deporta durante unas horas a la dimensión mágica del “érase una vez”.  Las tribulaciones del pueblo judío –Zweig lo era- se simbolizan en la búsqueda de la menorá, candelabro de siete brazos robado por los vándalos durante el saqueo de Roma. La reliquia no sólo era vestigio del abatido Templo de Salomón sino, sobre todo, estandarte de identidad de un pueblo frente a siglos de desheredad y dispersión geográfica. En pos del candelabro parte el anciano Benjamín y su peregrinaje se convertirá en parábola de perseverancia, de digna mansedumbre, de justicia frente a poder y apología del pacifismo, en conmovedora escenificación de los davids y goliats que depara la Historia. Por otra parte, el relato viene a ser un homenaje de Zweig a su gente, estirpe de Juan sin Tierra, prometida o no. Recordemos que él mismo vivió la pesadilla antisemita provocada por el ascenso del nazismo y que le obligó a exiliarse. Fueron, precisamente, el desencanto y el temor a que el delirio cundiera en el planeta como una infección imparable lo que le llevó a suicidarse en 1942. Para quienes estén mayores para cuentos -¡lástima! - y prefieran la realidad sin anestesia siempre pueden optar por las memorias, recogidas en el sublime El mundo de ayer. De todo hay en la viña de Zweig.

El candelabro enterrado
Stefan Zweig
Acantilado. 14 euros. 144 páginas

 

EN TONO MENOR

DANIEL CAPÓ

RAY LORIGA NOS DEMUESTRA CUÁLES SON LOS VALORES QUE ACREDITAN EL MEJOR COLUMNISMO ESPAÑOL

El columnismo español más reciente adolece, a menudo, de una cierta falta de elegancia, como si el columnista, al intensificar los trazos gruesos, quisiera dotar al artículo de una fuerza de la que carece. Uno, por supuesto, no busca en una columna el restallido de las grandes palabras sino la inteligencia cautiva de los tonos menores, ya me entienden: la finezza, el sentido común, una cierta humildad. Se trata de toda una tradición, presente en el mejor periodismo español y europeo –pensemos, por un momento, en Roth o en Josep Pla–, que ha ayudado a conformar el gran corpus de la literatura europea. En Días aún más extraños , el autor madrileño Ray Loriga se descubre como un digno heredero de esta tradición.

Días aún más extraños es una miscelánea realmente curiosa. Compuesta, a partes casi iguales, por una recopilación de artículos –la mayoría publicados previamente en El País– y dos ficciones, enmarcadas por una carta al escritor argentino Rodrigo Fresán, los textos aquí recogidos permiten asomarnos al particular cuaderno de bitácora de su autor.  

Así, en la primera mitad del libro, Ray Loriga nos demuestra cuáles son los valores que acreditan el mejor columnismo literario, aderezado, en su caso, por el diálogo con la propia familia espiritual. Los nombres saltan a la vista: hay artículos dedicado a Godard, a Bergman, a Baroja, a Bobby Fischer. Los relatos que componen la segunda parte –el breve Tres destellos y, el más elaborado, Virginia se enamora– no se encuentran, sin embargo, a la misma altura. El propio Loriga nos ha ofrecido ejemplos mucho más depurados en algunas obras anteriores –pienso, por ejemplo, en la novela Tokio ya no nos quiere (1999)–. Más interesante resulta la carta a Fresán titulada La bondad del asesino, una reflexión en voz alta sobre la incapacidad del escritor y la insuficiencia de la escritura. Un tema clásico, en fin, del debate posmoderno.

Días aún más extraños
Ray Loriga
El Aleph. 17 euros. 128 páginas

 

NOVELA SONÁMBULA

JUAN JOSÉ TÉLLEZ

MANUEL VALLE REÚNE EN CUATRO VOLÚMENES DIFERENTES HISTORIAS DE LOS MAESTROS DEL GÉNERO NEGRO COMO CHANDLER, HAMMETT, AGATHA CHRISTIE Y CONAN DOYLE

¿Qué tienen en común un médico sospechoso de haber asesinado al marido de su amante con una damisela desaparecida sin rastro durante varias semanas? ¿Y un ex detective militante comunista con un guionista borracho que tiene que volver a beber después de haber dejado el alcohol? Esa es la materia de la que están hechos los sueños, la carne y el hueso de cuatro de los mejores autores de novela criminal, cuyo misterio desentraña Manuel Valle, en cuatro volúmenes que titula El signo de los cuatro como la segunda novela del ciclo de Sherlock Holmes y que acaba de editar La Vela en Granada, bajo la tutela de José A. García Sánchez, alias Murciano.

Si bien Julien Symons diferenciaba entre el relato policial y la novela negra, Valle presta especial atención a la personalidad de sus autores y a la época en que escribieron. En el caso de Conan Doyle –el creador de Holmes y presunto autor de un crimen en 1907, según sospecha ahora Scotland Yard--, nos encontramos ante el fundador de un género, ya intuido por el Auguste Dupin de Poe. Conan Doyle escribía a caballo entre el XIX y el XX, en una época de contínuos y sorprendentes avances. De ahí que Valle sitúe su narrativa bajo el epígrafe de  “La ciencia como ficción sentimental”. Agatha Christie, la mujer desaparecida en un misterio nunca desentrañado, fue una de sus secuaces tardías, aunque ella manejó como nadie la técnica del “cluedo”, que no deja de seguir una lógica matemática con gran economía de lenguaje en sus aventuras de Poirot y Mrs. Marple entre otros personajes que se quedan en estereotipos. De ahí que, en su segundo volumen, Valle hable  de 'Historias sin historia de la naturaleza humana', quizá porque a la señora Christie le importa más el enigma que sus protagonistas.  

Desde la portada de El tweed y la seda, el tercer volumen de este magistral análisis literario, Valle fija las circunstancias en que Dashiell Hammet –que militó en el PCUSA y ejerció como detective—abrazó la llamada “novela negra” que propagaba la revista “Black Mask”. Él no inventó el género, pero lo engrandeció. Era Pulp Fiction, narrativa popular, novelas de a duro como se llamaron en España pero, en el caso de Hammett, ¡qué novelas!. El “insobornable” amante de la legendaria Lilian Hellman, el autor de El halcón maltés, con su eterno protagonista sin nombre que sólo adoptó esa vez el de Sam Spade, arrastraba, como definió Constantino Bértolo, “una vida de leyenda”.   

Como puede deducirse de la lectura de Alma, corazón y vida, el cuarto y último tomo, la única utopía de Chandler era el escepticismo, de ahí el desgarro de sus novelas y el de su Philip Marlowe. Ian MacShane, biógrafo de Chandler, ya nos avisó de aquella “quincena perdida” en la que, tras dejar la bebida, el novelista tuvo que emborracharse durante dos semanas para escribir el guión de La dalia azul. En los dos primeros autores y entregas, latía una misma idea del mundo, la del orden victoriano. En los dos segundos, la única moral es la de la frontera, esto es tan frágil como la del Far-West. Ahí, las líneas entre el mal y el bien, entre el delincuente y el policía, no aparecen perfectamente definidas, por la sencilla razón de que no existen.   

Pero hay mucho más, que una reflexión sobre el signo de dos tiempos y dos espacios: Manuel Valle pone su rigor académico al servicio de un análisis prolijo de no menos de 1.500 páginas sobre un género que, a lo largo de su historia, ha despertado tanta pasión entre sus lectores como desprecio entre la ortodoxia intelectual.

 El signo de los cuatro
Vol I. Conan Doyle. La ciencia como ficción sentimental
Vol II Agatha Christie. Historias sin historia de la naturaleza humana
Vol III Dashiell Hamett. El tweed y la seda
Vol IV Raymond Chandler. Alma, corazón y vida
Comares
Vol I y IV: 15 euros
Vol II y III: 14,50 euros

 

PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID

JUAN GAITÁN

Madrid por todas partes. Madrid como inspiración, como personaje, como trama y también como desenlace. Un Madrid sublimado y convertido en territorio mítico a la manera de lo que Joyce hizo con Dublín o Faulkner con Yoknapatawpha. Un Madrid para la experimentación literaria que anima la obra de Manuel Longares, un autor que entiende el relato breve (¿podría ser de otra forma?) como una especulación, y que ha reunido en un solo volumen los cuentos de La ciudad sentida, los que formaban Extravíos y algunos inéditos.

La ciudad sentida, donde hay un regusto al teatro de Carlos Arniches, empieza basándose en todos los estereotipos, usándolos como trampolín. Tirando de la nómina de personajes reconocibles como el truhán o el paleto (por cierto andaluz, qué manía), va desgranando una serie de retratos costumbristas con toques surrealistas que aportan un aire nuevo. Armado de un lenguaje envolvente, con grandes dosis de humor, Longares juega con la sorpresa (alma única del cuento) no tanto de los argumentos (que muchas veces son revisiones de obras archiconocidas), sino de los personajes, castizos y sacados de su acostumbrado eje gravitacional porque al autor le gusta (y el lector lo agradece, como en La hipoteca) mezclar los sucesos históricos con la cotidianeidad (así los relatos Rebajas y Casualidades), y otras veces incluir la actualidad (Sherezade). A medida que el libro avanza a Longares se le van agotando los tópicos y es entonces cuando empiezan a aparecer los personajes más literarios, y por tanto los más creíbles, los que vendrán a dar a la obra un verdadero aspecto de creación, de auténtica y genuina especulación narrativa.

En Extravíos, se percibe una mayor profundidad literaria, aunque Longares no se priva de hacer alguna concesión a la molicie mental (la escena del planetario en el relato Livingstone), despliega un sentido del humor, a veces negro (Porque fue sensible), que además de atrapar al lector muestra a un escritor con mucho oficio y un extraordinario conocimiento del idioma que, no obstante, a veces se pierde en absurdos circunloquios (El bebé) y otras en un lenguaje rebuscado y en unos argumentos previsibles y folletinescos (Corazonada).

Al autor madrileño hay que agradecerle su gusto por transitar terrenos difíciles, por proponer siempre una nueva revisión de los clásicos (Metamorfosis), por tratar de mostrarnos una faceta que antes nadie había visto, buscando la “delicattesen”, arriesgando mucho en cada línea, consciente de que en el cuento no hay escapatoria posible, que no se permiten los errores porque en el relato, que es poderoso cuando es puro, basta una sola gota de artificio para convertirlo en una fruta vana, insípida y prescindible.

La ciudad sentida
Manuel Longares
Alfaguara. 17 euros. 352 páginas