TRIESTE
LA CIUDAD DE LOS ESCRITORES
La ciudad fronteriza y patria literaria de los escritores Joyce, Rilke, Svevo, Saba y Magris
MERCEDES MONMANY
El símbolo de la idea de frontera en Europa y fuente de inspiración de Joyce, Italo Svevo, Humberto Saba y Claudio Magris
Cruce de fronteras, puerto de un Imperio, crisol de culturas y lenguas, imán fascinante para escritores venidos de lejos, Trieste sería también un lugar de encuentro de genios diversos que allí se dieron cita a lo largo de toda su historia, desde el cónsul Henry Beyle, también llamado Stendhal, hasta James Joyce y toda la larga, insólita, lista de grandes o más humildes mentes locales que animaron sin interrupción sus famosos cafés, plazas, canales y elegantes calles en el siglo XX. Junto al inmenso granero literario que también ha sido Dublín, Trieste, “el caso Trieste”, al que Claudio Magris y Angelo Ara, recientemente fallecido, dedicarían una obra reveladora (Trieste, un’identità di frontiera, Einaudi, 1982) quizá sea la pequeña gran ciudad más literaria de Europa, un pequeño centro de tensión necesario, a la vez que laboratorio fecundo, para las grandes revoluciones del espíritu que se darían cita en ese siglo, el siglo XX de los convulsos experimentos de todo tipo. Ahí estarían el gran poeta Umberto Saba y el novelista Italo Svevo (“Svevo y Saba han hecho de Trieste una estación sismográfica de los terremotos espirituales que se disponían a trastornar el mundo”, se dirá en la citada obra sobre esta ciudad, símbolo de la idea de frontera en Europa), visitantes ilustres como Joyce, Freud y Rilke, los hermanos Stuparich, el filósofo suicida (otra de las sombras obsesivas de la ciudad) Michelstaedter, y el prematuramente desaparecido Slataper (“el alma de Trieste, el que la descubre e inventa”, dirá de él Magris en Microcosmos).
Zona eminente de investigaciones tecnológicas, con un célebre observatorio, un centro de física teórica y un no menos reputado centro de biotecnología, Trieste es también sus cafés, el histórico Tommaseo, el San Marco, el Tergeste, lo mismo que Europa tampoco ha dejado de serlo nunca, tal y como nos recuerda George Steiner. Último refugio de una Mitteleuropa cantada por Magris en su famoso Danubio (Anagrama), o templo sagrado de la introspección y la observación, de la conversación propia y de la conversación que espía a otros. La cultura del café es la excusa perfecta para encuentros diarios entre gente que atraviesa su decadente y señorial gloria pretérita, austrohúngara, representada por imponentes palacios, bancos, compañías de seguros (como la famosa Assicurazioni Generali, para la que Kafka trabajaba en una no menos literaria Praga, o la Lloyd), una descomunal Bolsa rival de Milán en su día, un reputado Teatro Verdi, de excelente programación, donde reina un astro local, Omero Antonutti, por no hablar de su alimento diario, de herencia multiétnica y variada, que va desde sus deliciosas pastelerías de sabor vienés y sus trattorie italianas a populosos y minúsculos locales, como es el caso de Da Pepi. Porque Trieste es un palimpsesto donde a cada esquina se halla una pequeña, minúscula huella de todos los que recalaron un día allí para entablar negocios y acuerdos o de los que se instalaron para vivir definitivamente sus vidas “queridas un día sí y otro no”, como escribía Carolus Luigi Cergoly, uno de los intelectuales más representativos de ese específico mal de vivre que cubre varios fines de siglo y a muchos de los más famosos triestinos. Algo que desemboca, en definitiva, en angustia sublimada en genial literatura. Trieste fue y es, ella misma, indivisible: con sus italianos austriacos de convicción, sus eslavos italófobos, sus irredentistas adoradores de Roma, sus alemanes meridionales, sus griegos, armenios, serbios, albaneses y su numerosísima comunidad judía o “israelita”, como era llamada, y que sirvió de fuente de inspiración a Joyce para la elaboración de su Leopold Bloom, y de todo su Ulises en realidad, ya que en 1920 definió su obra como “la epopeya de dos razas, Israel e Irlanda”. Aunque bien habría podida llamarla la historia de dos ciudades, Dublín y Trieste, por la tremenda influencia que tendría la ciudad del Adriático en la composición de su obra. Con el tiempo, Joyce, el exiliado por excelencia de nuestro tiempo, comprendería que su verdadero “hogar” era más Trieste que su ciudad natal. Trieste será ya para siempre la ciudad europea y cosmopolita de todas las lenguas y todos los dialectos: “la ciudad del sí, del ja y del dà”, como la llamaría con su humor corrosivo característico el gran representante de “la generación perdida” triestina de comienzos de siglo, Scipio Slataper, muerto en el frente, durante la Primera Guerra Mundial, con tan sólo 27 años.



