La libertad creativa
Coordinador de contenidos del Encuentro
FERRÁN MENDOZA
En contra de lo que algunos creen, no parece que el escritor viva en una época especialmente adversa. Prueba de ello es que llegaron hasta aquí de casi todas partes y de casi todas clases y las nuevas voces se hicieron oír. Es cierto que sigue siendo muy difícil ser publicado y más aún ser leído, pero quizá siempre lo fue y lo más probable es que lo siga siendo. Algunos hablaban de talento y de una suerte de predestinación cósmica que hace emerger de las tinieblas, por caminos inescrutables, la literatura que tiene valor. Todos queremos creerles. Los editores siguen interesándose por los jóvenes (como lo demuestra la presencia en el encuentro de Pote Huerta, editor de Lengua de Trapo) y, pese al auge de la novela histórico-arcana-policial, el buen lector sigue sintiendo como una necesidad los textos contemporáneos. Según parece, editor y lector están dispuestos a apostar por las nuevas voces. Y, si bien la narrativa parece no tener la relevancia social que tuvo en otras épocas –y es cierto que la decadencia de la lectura en favor de lo audiovisual es preocupante-, sigue siendo posible publicar y ser leído. Son tiempos difíciles para la literatura, pero no demasiado difíciles para el escritor.
Por muchos conflictos que se den en lo extraliterario, el meollo del asunto está en el texto. Trataré de precisarlo.
La generación anterior se rebeló contra la vanguardia, contra la ortodoxia del experimentalismo y la densidad. Se reivindicó el placer de la lectura; se restituyó el valor de las convenciones (se recuperaron rasgos del realismo del s. XIX y se importaro las formas del cine), que eran grilletes para los vanguardistas; se elevaron a categoría literaria los géneros menores (lo policíaco, el melodrama, la ciencia-ficción, etc.). En definitiva, se amplió el campo hasta hacer desaparecer las barreras entre “alta” y “baja” literatura.
Esto no ha hecho más que radicalizarse y expandirse: la televisión, el pop, la publicidad, el periodismo y la globalización son lugares comunes cuando se habla de literatura contemporánea. Curiosamente, los mitos griegos y las sentencias de Goethe son más habituales en la sección de prensa deportiva. Cuando decimos que el conflicto está en el texto nos referimos a que la página en blanco jamás había ofrecido tantas posibilidades. Todos los narradores presentes en el Encuentro coincidían en una cosa: la libertad es total. Hacia la experimentación, hacia el realismo de pura cepa, hacia la fantasía desatada; hacia el público o contra el público; hacia la sofisticación y la sutileza, hacia la depravación y lo macabro; hacia el intimismo psicológico, hacia la política y los movimientos sociales; hacia los áridos surcos de la tierra manchega, los meandros de un río africano, un cuartel militar alemán o Ucrania. Y aunque esta libertad total parece, a priori, paralizante, los narradores están encantados con su trabajo. Todos son lectores selectivos, atentos a autores afines, cada uno con su tradición personal a cuestas, pero ni mucho menos eruditos a la violeta. Y además, apasionados del boxeo, de la siesta, del cine europeo, del consumo desproporcionado de alcohol, etc. Y los críticos tampoco parecen abrumados por la diversidad. El nuevo crítico también es polifacético y atrevido, su gusto y su atención desparramados a los cuatro vientos.
Hay demasiadas alternativas más “fáciles” que la literatura, pero eso al lector (joven o adulto) no le importa; su fe en la literatura se reduce a una aureola incierta, a la que acaso imprecisamente llamamos talento, que desprenden algunos textos y que logra que, durante breves instantes, estemos de acuerdo en algo: queremos que la voz del narrador, en el siglo 21, no se calle.



