¿Cuál es la función de la crítica?
La permeable relación entre el periodismo y la literatura
JUAN MANUEL DE PRADA
La crítica literaria es un ejercicio de análisis y valoración razonada de una obra, mediante el estudio del lenguaje, la voz narrativa, los personajes, el tiempo y el texto. Y aunque el gusto por un libro lo decide el lector, el crítico tiene el compromiso de enseñarle al lector a interpretar dicho libro. Pero pocos autores la aceptan cuando no les resulta favorable y la mayoría de los nuevos narradores afirman que no la siguen, que está desprestigiada y que, en todo caso, prefieren la que se hace en los blogs de Internet. Esta opinión no la comparte Juan Ángel Juristo (ABCD), quién lleva treinta años ejerciendo la crítica y que entiende que “esas opiniones son un aspecto de la comunicación pero no de la literatura”. El escritor Agustín Fernández Mallo (Nocilla Dream, elegida novela revelación 2006 por El Cultural) especifica en ese sentido que “esos comentarios, pese a ser válidos, carecen del andamiaje teórico que le permite al crítico hacer una construcción propia y un proceso de interiorización del libro. Yo distingo entre la opinión, la reseña y la crítica que es una disciplina que requiere formación y que el crítico conozca la envolvente de su propio tiempo. Es necesario que sepa las tendencias de otras disciplinas como la música, la arquitectura, la ciencia o la televisión”. Fernández Mallo añade además que “no hay que olvidar que la crítica es un género literario que parte de una ficción para crear otra ficción.”Una opinión a la que se suma el narrador y articulista Ricardo Menéndez Salmón (El Comercio), convencido de la función innegable que se cumple al orientar al lector entre la maraña de títulos que hay actualmente. Al menos a él le ha ayudado a elegir sus lecturas porque “el narrador del siglo XXI está descentrado. Hay una dialéctica de posiciones literarias y de actitudes estéticas que exige la necesidad de tener críticos de categoría que se enfrenten a los nuevos caminos de la literatura”.
UN GUIA EN EL CONSUMO LITERARIO
Muchos de los escritores del Encuentro están de acuerdo en que la labor de la crítica es hacer un análisis sobre el significado de un texto dentro de una cultura y reconocen que, en algunas ocasiones, es la mecha que enciende el boca-oreja, cuyo resultado es el buen funcionamiento de un libro en el mercado. Esto convierte al crítico en un guía en el consumo literario y en un investigador de las mutaciones que se producen en la narrativa. Pero ese objetivo no siempre se cumple en el panorama de la crítica contemporánea, unas veces por la inexistencia de calidad en el periodismo cultural y otras por una falta de preparación del crítico. Esta es una tesis por la que Juan Carlos Gea (La Nueva España) reivindica “una crítica homologable a la literatura que se está haciendo y sobre todo que se haga una crítica despierta, atenta y despertadora”. Una definición de los fundamentos principales de la crítica que lleva a Iván Tubau (El Mundo) a recordar que Baudelaire defendió en su época una crítica que fuese apasionada, subjetiva y arbitraria.
¿Qué cualidades ha de tener la crítica del siglo XXI y qué obligación tiene de darle voz a las nuevas generaciones? Juristo responde que el crítico debe hacer siempre un decálogo de su propio edén para que los lectores sepan entender sus juicios. Por otra parte, considera que “el arte, como la muerte, nos reclama individualmente y que es el tiempo y los escritores los que le dan voz a la literatura. Por eso no creo en los grupos ni en las generaciones”. Lo mismo piensa Juan Carlos Gea, para quien la voz “se la han de dar los autores por sí mismos. Otro tema es que al crítico se le deba pedir una capacidad prospectiva de la literatura, que esté abierto a las fuentes de acuñación de nuevos lenguajes y que su función orientadora esté liberada y sea capaz de apasionarse”. Por su parte, Jorge Carrión (Quimera) afirma que la crítica tradicional está desprestigiada y que su propósito es evaluar un libro o a un autor, pero sin darle voz y añade la necesidad de la independencia del crítico frente a los circuitos establecidos. También hay autores, como Toni Sala, que exponen sus prejuicios hacia los escritores que hacen crítica literaria porque son parte implicada y apunta su rechazo ante el cuestionable sentido de la crítica. La cuestión es que por estas críticas a la crítica no resulta extraño que Luis García Jambrina (ABCD) ironice al postular que ya no existe la gran literatura y que “la crítica ha muerto por falta de sentido en un mundo donde impera el todo vale, el relativismo sin criterios consensuados y la narrativa ajena a las tradiciones literarias. A partir de ahora sólo se valorará a los escritores por las cifras de ventas”.
EL VALOR DE LOS PREMIOS
En España se escribe y se publica mucho. Según los datos de la Dirección General del Libro, en el año 2006 se editaron 77.330 libros de los que más de 15.000 fueron textos de creación literaria. Determinar las causas objetivas que hacen que un libro se convierta en éxito de ventas, ante tanta oferta, se convierte en una incógnita casi indescifrable. Sobre todo en una época en la que, como señala Toni Montesinos (La Razón y autor de Solos en los bares de noche, Mondadori)) con palabras de Julio Ramón Ribeyro, “entrar en una librería es como entrar en la antesala del olvido” y también añade que “todos los libros son un producto con fecha de caducidad”. Existe una feroz competencia a la que Juan Manuel de Prada (El séptimo velo, Seix Barral) le suma la dificultad de vivir en una sociedad de espejismos, en la que un escritor puede triunfar por razones extraliterarias. Prada, último ganador del Biblioteca Breve entre otros muchos galardones, asegura que “los premios son una escuela literaria extraordinaria, aunque el escritor ha de tener talento y trabajar. El lector valora la lealtad del escritor a su oficio”. De la misma manera opina Toni Iturbe (Qué Leer y autor de Rectos torcidos, Planeta), quien recalca la importancia de la trayectoria literaria del escritor en un mercado “donde los autores quieren ser famosos en tres cuartos de hora”. Toni Montesinos le introduce al debate nuevas claves que hacen referencia a los escritores como marca y a su necesidad de convertirse, unas veces por voluntad propia y otras por exigencias literarias, en vendedores de su propia obra. Care Santos (La muerte de Venus, Espasa), alega que ”se publica demasiado y demasiado pronto”. Este diagnóstico lleva a José Ángel Mañas (Historias del Kronen) a pensar en la muerte comercial de la alta literatura y en la existencia de una diatriba “entre quienes aspiran a vender y los que prefieren el prestigio”. Por su parte, Espido Freire, reciente ganadora del Ateneo de Sevilla y premio Planeta por Melocotones helados, afirma que “los premios le dan visibilidad al escritor y le ayudan a abrirse camino”. ¿Qué hacer entonces, cuando tanta gente quiere escribir y se apunta a los talleres literarios que Cristina Cerrada (Alianzas duraderas, Lengua de Trapo) cataloga como un excelente campo de entrenamiento y un trampolín? La respuesta es compleja, pero podría valer la que apunta Care Santos: “hay que escribir todos los días y todos los días leer bien”.
“El lector valora la lealtad del escritor a su oficio”



