La literatura periférica
Los narradores catalanes y vascos reivindican la traducción al castellano y los andaluces se desmarcan de las señas de identidad
EVA DÍAZ
Un debate entre las señas de identidad, la traducción y el cosmopolitismo
Nuestro enemigo es el mercado” o “percibimos cierta discriminación fruto del desconocimiento” son las frases más escuchadas cuando se habla de la literatura en lenguas minoritarias. En los últimos años “la politización de la lengua hace que la literatura se contamine de elementos que no son propios de la creación literaria” afirma Emma Riverola (El amuleto de papel, Plaza&Janés). Una idea en la que incide David Castillo (Conversaciones con Pepín Bello, Anagrama) al señalar que “el catalán se ha instaurado como la lengua del cuerpo funcionarial inmersa en la cultura de la subvención”. En el caso del euskera esto parece más evidente ya que los libros más vendidos son manuales de aprendizaje destinados a los administrativos, aunque Harkaitz Cano (El filo de la hierba, Roca Editorial)) advierte también del crecimiento de jóvenes que escriben cada vez más en euskera. No obstante si se recurre a la precisión de los datos, (la Dirección General del Libro tiene contabilizados más de 8.000 títulos editados en catalán en el año 2006; en el caso del euskera y el gallego, la cifra supera los 1.500 ejemplares) no parece por tanto un problema de oferta sino más bien de demanda. La normalización y la profesionalización de la literatura traen consigo la necesidad de competir en mercados más amplios. Esta necesidad lleva a Toni Sala (Cercanías, El Aleph) a plantear la conveniencia de la traducción al castellano a pesar de que “los editores no son muy partidarios, sin obviar la dificultad que conlleva traducir la propia obra o que un profesional realice un buen trabajo”. La alternativa, para Sala y Harkaitz Cano, sería hacer una versión en español de su obra, igual que han hecho Monzó, Jasone Osoro y el propio Cano. Lo que la mayoría tiene claro es que lo que funciona en un mercado, puede no tener la misma acogida en otro.
LA NUEVA NARRATIVA ANDALUZA
Andalucía cuenta con una generación de escritores que tienen muy claro que lo que les une es su cosmopolitismo y el eclecticismo. A diferencia de la generación de José María Requena, Fernando Quiñones, Manuel Ferrand o Alfonso Grosso, etiquetados por Carlos Muñiz como “los narraluces”, los escritores andaluces hoy día no tienen que emigrar hacia Madrid o Barcelona para desarrollar su carrera literaria, como señala Luis Manuel Ruiz (La habitación de cristal, Alfaguara), ni tienen la necesidad de impregnarse de reivindicaciones o intereses políticos. También Mario Cuenca Sandoval, José María Pérez Zúñiga, Pablo Aranda y Braulio Ortiz-Poole pertenecen a un grupo, que no una generación, que huye de los hechos diferenciales, practican un discurso desprovisto de cualquier seña de identidad y, como mucho, admiten referentes que van desde Delibes y Marsé a Justo Navarro y Antonio Soler. Incluso Pablo Aranda (Ucrania, Destino) señaló que Faulkner era el mejor escritor andaluz y que no se puede limitar la literatura poniéndole adjetivos: femenina, joven, andaluza y añadió también que “el hecho de que los andaluces no tengamos una lengua que nos diferencie o nos haga mirar hacia dentro de la comunidad es un trampolín que debemos saber utilizar”. Todos coinciden con Mario Cuenca (Boxeo sobre nieve, Berenice) en rechazar que la condición de andaluz los homologue a otros escritores. El crítico literario José María Bernáldez mantiene que si algo caracteriza a la narrativa andaluza es su falta de tradición, ya que la prevalencia de la poesía sobre la novela es notoria en los autores andaluces. Esta influencia es menos palpable que la ejercida por la narrativa hispanoamericana y que para Braulio Ortiz (Francis Bacon se hace un río salvaje, DVD ediciones) supone una literatura con un camino paralelo al que representan los escritores andaluces. Desprovistos de unas innecesarias señas de identidad territoriales, los escritores están de acuerdo con José María Pérez Zúñiga (Rompecabezas, Seix Barral) cuando afirma que “lo que importa es la voz del escritor y que sea capaz de seducir al lector”.



