El rigor y la invención

La permeable relación entre el periodismo y la literatura

EVA DÍAZ

Larra, Blanco White, Hemingway, Truman Capote, Tom Wolfe, Azorín, González-Ruano, Josep María de Sagarra, García Márquez, Kapuscinski, Muñoz Molina, son algunos de los nombres de una larga tradición norteamericana y española, que demuestran la inexistencia de una nítida frontera entre el periodismo y la literatura. Los dos oficios cada vez han ido estrechando más sus nexos de unión hasta solaparse y distinguirse en todo caso por el hecho de que la inmediatez del periodismo no permite ir más allá de la superficie de la realidad. Quienes escriben desde la simbiosis de ambas disciplinas coinciden igualmente en que, cuando el periodismo hurga en aquellos temas que requieren una reflexión más seria por parte de los lectores o que chocan con los criterios editoriales, se encuentra una salida eficaz en la literatura. Es el caso de Álvaro Colomer (La Vanguardia), autor de unos audaces y controvertidos reportajes sobre la muerte y la prostitución trasladados con éxito a la narrativa, ante el reparo de su medio de comunicación por considerarlos escabrosos, en Mimodrama de una ciudad muerta (Siruela) y en Historias de putas (Martínez Roca). Un ejemplo que evidencia, según Colomer, que el periodismo se ha convertido en un objeto de consumo orientado al ocio y de lo que se deriva que “la literatura sea la que desvela aquellos asuntos esenciales para la sociedad y que el periodismo obvia o censura”. Una afirmación compartida por Iván Tubau (El Mundo) y por Ricard Ruiz (El Periódico) unánimes al añadir que “el buen periodismo es una forma de literatura que toma la realidad periodística para darla desde otro punto de vista”.  Este enfoque responde a un viaje de ida y de vuelta entre ambas formas de expresión creativa y del que se desprende, como aduce Ignacio del Valle (El País), que “la literatura le ha aportado al periodismo la posibilidad de no naufragar en la realidad de los datos”. Del Valle añade también que el intercambio de armas entre los dos géneros propicia la transformación de la fabulación en noticia, al igual que hizo Milo Krmpotic (Qué Leer) en Sorbed mi sexo (Caballo de Troya), al convertir en una crónica de investigación periodística la vida de un célebre gastrónomo inventado, al mismo tiempo que reinventaba su propia identidad literaria. Un juego que también hace Eva Díaz (El Mundo) en su novela Hijos del Mediodía (Fundación Lara), al entremezclar personajes históricos y personajes imaginarios en la misma realidad de una narración documental, buscando darle verosimilitud a la ficción. Esta fórmula le permite señalar a la escritora sevillana que “el periodismo está sirviendo de laboratorio para experimentar narrativamente, a la vez que facilita llevar el rigor documental a la novela”. Otra demostración más de la permeabilidad y la enriquecedora relación que existe entre dos géneros entrelazados y que no están diferenciados por una frontera “porque la literatura de nuestro tiempo es verdad o mentira pero no ficción o no ficción”, como alega Toni Sala. Todos estos ejemplos ilustran que el periodismo y la literatura son dos disciplinas que continúan complementándose, aunque en muchas ocasiones la tendencia light de los medios, junto con el desinterés de los ciudadanos por temas complejos, provoca que la literatura apenas tenga cabida en los periódicos. Una situación que en opinión de Ivan Tubau, “obliga a quienes contamos historias a escribir libros para poder narrar la verdad que en los medios no nos dejan contar”.

“El periodismo está sirviendo de laboratorio para experimentar narrativamente y para llevar el rigor documental a la novela “