El cuento: un género cenicienta
El cuento tiene más aceptación en el mundo anglosajón e hispanoamericano. En España los lectores desconfían de un género para el que no están educados
Las dificultades de un género tildado de fácil y menor
Que el cuento no es un género menor y los cuentistas, como los novelistas o los poetas aspiran a vivir de sus libros, es una conclusión que comparten Hipólito G. Navarro, Marta Rivera de la Cruz, Cristina Cerrada, Guillermo Busutil, Joaquín Pérez-Azaústre o Félix J.Palma y que repiten casi al unísono. Tiene que resultar cansina esa postura a la que se ven abocados los cuentistas cuando deciden no escribir novelas. Porque para muchos el cuentista no es un escritor, es un escritor de cuentos.
En verano las páginas de los periódicos aparecen repletas de relatos que sirven para entretener a la población ociosa; en los talleres de escritura hacen colas alumnos que quieren escribir cuentos porque es la manera más fácil de ejercitarse en la literatura; las editoriales y las revistas recelan o abusan de un género cuya publicación, como le ha ocurrido a Marta Rivera (Dieciocho Relatos Móviles, Vodafone), intentan no pagar porque creen que promocionar al autor ya es una contraprestación material. Estos son algunos de los problemas de un género que cuenta con más tradición y mayor aceptación en el mundo anglosajón e hispanoamericano (Borges, Cheveer) mientras que en España los lectores son minoría y desconfían de un género para el que no están educados. Son cuestiones conocidas de sobra por estos autores, que sin embargo no abordaron las características que debe tener un buen cuento, en las peculiaridades de los microrrelatos o en conceptos tan elementales como la estructura interna de un género que no se pliega a las formas más tradicionales de la novela y que requiere un dominio de la intensidad y dosificación del ritmo narrativo.
Por otra parte, el cuento es un género literario que se ve afectado por problemas comunes a la industria editorial, como son la inflación de libros, la proliferación de escritores que no aportan una poética nueva ni distintiva o la falta de lectores críticos. “El cuentista afirma Hipólito G. Navarro (Los últimos percances, Seix Barral)- debe vivir de su singularidad. Aunque entre tanto no estaría mal que se centre en escribir buenos libros de cuentos”. De lo contrario, siempre le quedará la opción de “vivir del cuento”, de los premios a los que Félix Palma (El vigilante de la salamandra, Pre-textos) denomina “universos paralelos”. Es decir, de los 2.000 certámenes literarios que anualmente se organizan en España y que reparten unos seis millones de euros en premios. Eso sí, siempre que el cuentista sea capaz de arrebatarle el premio a Manuel Terrín, un cordobés que lleva acumulados más de 1.000 premios literarios en los últimos años y al que Pérez Azaústre (Cartas a Isidora, Ediciones B) considera todo un personaje literario, merecedor de un buen cuento.
Si ya estamos ante una generación perdida de lectores, siempre quedará la opción planteada de incluir el cuento en los sucesivos planes de estudio para que en los colegios sirva de una manera eficaz al estudio de la literatura. Así la lección aprendida por los futuros lectores les permitirá apreciar las cualidades de un género breve, que no menor, y en el que destacan fórmulas narrativas muy próximas a la publicidad, al cortometraje, a los SMS, los breves de prensa y de una extensión corta acorde con la falta de tiempo actual para acometer largas lecturas; unas características que, según los escritores de cuentos, lo deberían convertir en el género del siglo XXI.



