Sobre las enseñanzas de la edad
El escritor gaditano reflexiona sobre los caminos de la nueva literatura española
José Manuel Caballero Bonald
Discurso inaugural del ‘Encuentro de Nuevos Narradores’ pronunciado por José Manuel Caballero Bonald en la Fundación José Manuel Lara. Sevilla. 25 de Junio de 2007
Sólo unas palabras breves de salutación, de bienvenida, que es lo que me han pedido los organizadores de este encuentro: la Fundación José Manuel Lara y la editorial Seix Barral. Lo hago con el mayor gusto, aunque no dejé de tener algunas dudas previas. El caso es que hice la cuenta de la diferencia de edad que me separa de la de los nuevos narradores aquí reunidos y saqué conclusiones alarmantes. Entre la edad media de todos ellos (de casi todos) y la mía, cabe aproximadamente medio siglo. Y eso es mucho tiempo. A pesar de todo, tampoco quise privarme de acudir a este acto, aunque sólo sea para ratificar mi condición de antepasado de tantos jóvenes colegas. Conozco a muchos de ellos; a otros los conoceré enseguida.
Ese sólo epígrafe de “nuevos narradores” (algunos ya no son tan nuevos) podría remitir a un movimiento literario, más o menos uniforme, movilizado en estos últimos años. Y no es eso lo que pasa. Tampoco se me ocurriría hablar de generación, concepto que no me merece ningún crédito literario. De acuerdo con mi experiencia de lector -que tampoco es muy rigurosa-, la única etiqueta que puede aplicarse a la nueva narrativa es la falta de etiquetas. Nada más saludable. He leído a un buen número de los escritores presentes y no encuentro entre ellos más señas comunes que la de un cierto despego respecto al conjunto de los narradores precedentes, o respecto a la más asidua orientación de esos narradores. Quiero decir que los vínculos que los unen a una tradición realista que viene de lejos, son más bien infrecuentes.
He pensado que no estaría de más reiterar, precisamente en esta ocasión, uno de los rasgos de la literatura española actual más en boga: el de la escasa voluntad indagatoria por parte de la mayoría de sus protagonistas. Me refiero sobre todo a la obstinada propagación de un realismo de viejo registro informativo, mayormente desgastado por el uso, que ha llegado a sobreponerse a las demás tendencias posibles. En efecto, un buen número de narradores de estos últimos años –hay excepciones muy notorias- parecen tozudamente empeñados en rehabilitar unos modelos literarios sin duda eminentes, pero cuyos resortes técnicos, una vez alcanzados estos preludios del tercer milenio, resultan a todas luces extemporáneos. No pretendo ni mucho menos desdeñar la importancia cíclica de algunos de esos ejemplos narrativos, pero sí me permito dudar de su vigencia en tanto que pautas magistrales de una literatura estrictamente contemporánea. Un argumento éste que tampoco estaría justificado del todo si no lo sustentaran otras verificaciones, como -por ejemplo- el descuido formal, la propensión a desentenderse de toda gestión estilística reñida con los estatutos de la realidad, el olvido casi unánime de que todo texto literario que se precie debe responder al código de una escritura entendida como obra de arte.
“Uno de los rasgos de la literatura española actual es la escasa voluntad indagatoria de la mayoría de los escritores”
Afirmaba no hace mucho un afamado novelista español que “lo que tiene que buscar un escritor es la verdad, no el adorno”. Tal cual. Ignoro qué dependencias existen entre la verdad -o cualquier otro concepto análogo- con la literatura, cuyas funciones pueden ser muy diversas, pero ninguna relacionada con esa búsqueda temeraria de la verdad. Ya se sabe, por otra parte, que una cosa es el adagio latino referente a que “el arte verdadero oculta el artificio”, y otra muy distinta afirmar que el adorno, el atavío del texto, se contradice con los objetivos creadores de un escritor. Esos ornamentos, esa operación selectiva en torno al lenguaje, ¿no son en el fondo las que avalan la eficacia artística -y, por tanto, social- de la literatura?
Como nadie ignora, todo eso ha llevado consigo la difusión de una literatura teóricamente orientada a satisfacer gustos elementales, desprovista de toda ambición exploratoria y sostenida por unos toscos aparejos estilísticos. A la hora de comentar semejantes simplificaciones, se han manejado argumentos más bien pueriles. Entre ellos, el de la justificación de una literatura mayormente dirigida a lectores desatentos, habituados a las informaciones no reflexivas provenientes de la comunicación. Nada que objetar, si ese propósito se refiere a una presunta fórmula de difusión de la literatura, pero lastrado de equívocos si se tiene en cuenta la depreciación solapada de su carácter estético. El hecho de desplazar de la estrategia del escritor el pulimento de su herramienta de trabajo, esto es, del lenguaje, parece estar en pugna con lo que ya he apuntado: el fundamento de una escritura avalada por su propia condición estética. Que yo sepa, ese es el propósito de no pocos de los novelistas aquí reunidos.
“La literatura no es una fotocopia de la realidad, sino una nueva versión enriquecedora de esa realidad”
No hace falta recordar que, hoy por hoy, se está produciendo algo así como una resistencia más o menos programada hacia la literatura que, en términos generales, se vale de esos perceptibles nutrientes artísticos. Se ha medio institucionalizado una novela y una poesía cuya banalización parece exigir su turno en nuestro mapa literario. Los últimos éxitos de venta y los nuevos lastres genéricos de la novela histórica (con su enigma incorporado) son ejemplos sumamente ilustrativos. Y cunde como un recelo, una suspicacia por los buenos modales del arte de novelar, olvidando que a veces la sencillez no es más que la excusa de los ineptos. Y olvidando sobre todo que la escritura literaria no es nunca una fotocopia de la realidad, sino una paráfrasis, una nueva versión enriquecedora de esa realidad.
Todo eso, insisto, está siendo subsanado por los nuevos narradores: por los que ahora consolidan sus aprendizajes y por los que dan la impresión de que han aprendido demasiado. Supongo que para ellos los escritores de mi edad tenemos ya algo de figuras congeladas en algún catálogo de libros de ocasión. Es posible que estén en lo cierto. Sea como fuere, creo que están circulando aires nuevos por las recámaras donde se reune la literatura para planificar -o inventar- su futuro inmediato. Pienso que frente a tantos realismos de cortos vuelos emerge un foco del que irradian nuevas aventuras innovadoras, nuevas avanzadas poéticas. Y eso es de veras estimulante. Me consta que, entre los narradores aquí presentes, hay algunos que ya comienzan a ser ejemplares. Siempre he pensado que los viejos que no aprenden algo de los jóvenes es porque han perdido la memoria. Yo no la he perdido todavía y tengo muy presente mis lecturas de muchos de los narradores aquí reunidos. Por supuesto que no voy a dar ningún consejo ni a aventurar ningún pronóstico. Los consejos y los pronósticos, entre escritores, suelen encubrir la perversidad. Mis deseos son más simples o menos pretenciosos. Me complacería mucho que estas reuniones no cuenten con ningún atril académico ni alcancen conclusiones severas. Eso es todo. Y ojalá que tengan una divertida estancia en Sevilla. La hospitalidad está asegurada, el clima es tan caluroso como la hospitalidad y las noches no tienen paredes. Salud.



