FIRMA INVITADA
VUELO LITERARIO
Un caótico vuelo convierte al escritor en padre de familia numerosa
EDUARDO MENDICUTTI
Dudo mucho que el pasmo de Gregorio Samsa, al despertarse una mañana convertido en cucaracha, fuese mayor que el mío cuando me vi convertido repentinamente en padre de familia numerosa, durante un vuelo Madrid- Jerez de la Frontera.
Comprendo que ya está muy manoseado el engorroso asunto de la frontera, sólo en ocasiones jerezana, entre realidad y ficción, pero tengo claro que cualquier narrador es siempre un saqueador desaprensivo de su propia biografía, considerando desde luego que lo autobiográfico no es sólo lo convencionalmente vivido, sino también lo imaginado, lo soñado, lo anhelado, lo leído y lo fantaseado, con todo lo que subyace de frustración y desconsuelo en nuestras ensoñaciones.
Por otra parte, la literatura de todos los tiempos está llena de ejemplos en los que lo prodigioso irrumpe de manera muy desconsiderada en la vida de personajes habituados no sólo a lo rutinario y trivial, sino también a lo extravagante, marginal o salvaje. Con frecuencia, esa irrupción de lo extraordinario viene precedida de señales enigmáticas y de alarmantes desajustes en la dudosa realidad que nos rodea, prolegómenos de asombrosos encantamientos o tremendas calamidades. Yo no sé si verse convertido de repente en cabeza de familia numerosa, a bordo de un avión, durante un vuelo de apenas 55 minutos, es un regalo adorable o una calamidad, o una abusiva consecuencia de la pujanza del matrimonio gay, pero, desde luego, anunciármelo, me lo anunciaron.
Yo había elegido cuidadosamente por Internet el asiento 8C (pasillo), pero, por una cosa llamada reconfiguración del avión, me vi abruptamente desplazado al asiento 34D (central). A mi lado, una chica esperaba tan campante a que las azafatas decidieran dónde podía sentarse, porque se había colado sin tarjeta de embarque. De pronto, el avión se llenó de pasajeros con el mismo asiento que otros que ya estaban instalados, y todos los que llevaban asignados los asientos de la fila F no tenían dónde sentarse, sencillamente porque la fila F no existía. Puro Kafka, en efecto. Por raro que parezca, al final todo el mundo encajó en alguna parte, y, ya en pleno vuelo, las azafatas pasaron con el carrito de bebedizos y comistrajos por los que cobran desmesuras a los pasajeros de clase turista. Al acabar la tarea, una de las azafatas me señaló con rotundidad y me dijo: “Me debe 15 euros. Su familia va delante, ¿verdad?”. Me quedé descolocado. A mi alrededor, nadie dijo nada. Al parecer, mi señora y mis cuatro hijos habían pedido refrescos y cositas de picar, y le habían dicho a la azafata que pagaba papá, aquel señor del fondo, yo. Ya dije al principio que el estupor kafkiano de Gregorio Samsa al despertarse convertido en cucaracha no podía ser mayor que el mío. Eso, sí, como Gegorio Samsa decidí que, si debía pasar el resto de mi vida como cucaracha (perdón; como padre de familia numerosa), qué se le iba a hacer. Pagué religiosamente los 15 euros. Y empecé inmediatamente a imaginar una vida en la que mi señora me ponía los cuernos con un oficial de los ejércitos del zar, mi hija mayor le daba todas las mañanas los buenos días a la tristeza, mi hijo se embarcaba en un carguero que atracaba entre las brumas perversas del puerto de Brest, mi otra hija quería a toda costa desayunar en Tiffany´s, y mi otro hijo, el pequeño, un bellezón, ponía de los nervios a un carcamal pintarrajeado en la playa del Lido de Venecia. Ahora, todo eso lo pienso contar en una novela de la que nadie podrá decir que carece de vuelo literario.



