CLÁSICO

STENDHAL Y LA CONCIENCIA DEL YO

“Nadie como Stendhal supo escribir tan fuera de los prejuicios, conjugando modas, y sobre todo buscando en la escritura la razón de sus contradicciones”

LUISA CASTRO

Stendhal empieza a escribir en la madurez, cuando todas las vías de su realización personal se han agotado. Desde su juventud tiene una vida azarosa, tanto en lo profesional como en lo sentimental. Sin duda el personaje de Julián Sorel que retrata tan bien en su novela Rojo y negro es un gran alter ego de nuestro autor: un joven que, como Stendhal, nace en la provincia francesa y busca hacerse un lugar en el ejército y en la administración de Napoleón, siempre con la idea fija de la ambición personal y la ascensión social, sustentado todo ello con una base romántica del héroe hecho a sí mismo que llega a dominar su destino a fuerza de poner sus pasiones al servicio de este fin. Como Julián Sorel, también Stendhal conocerá la ascensión y la decadencia, y es en ese momento de la declinación, a los cuarenta y muchos, cuando comprende que su destino es escribir.

Con ese afán, Stendhal inicia una carrera de narrador que le llevará mucho más lejos de lo que quizás él hubiera imaginado. Aunque ya en vida pronosticó que diez años después de su muerte sería recordado, lo cierto es que 120 años después es uno de los autores más leídos y del que más puede aprender un autor contemporáneo. Junto con Balzac y Flaubert, Stendhal protagoniza el gran salto de la novela en el XIX, pero es Stendhal probablemente el que encara el análisis social del realismo con mayor radicalidad, porque lo encara desde el “yo”, es decir, desde su experiencia personal. Mientras Balzac y Flaubert se enfrentan al romanticismo que les precede, negando el “yo” cuantas veces pueden y sustituyéndolo por el cuerpo social, Stendhal logra en su estilo un sincretismo entre romanticismo y realismo que lo vuelve absolutamente original y moderno. La conciencia del yo en la que el romanticismo tanto había indagado, Stendhal la incorpora a su estudio de la sociedad sin ningún sonrojo. Lo hace sin el menor esfuerzo, y así se convierte en clásico, a fuerza de no temer parecer antiguo, con un pie por delante de su tiempo y otro por detrás. Nadie como Stendhal supo escribir tan fuera de los prejuicios, jugando y conjugando modas, y sobre todo buscando en la escritura la razón de sus contradicciones, de sus temores, de su ser. En Stendhal esas dos fuerzas que parecen antitéticas (el romanticismo frente al realismo; el yo frente al cuerpo social) se conjugan para formar una de las obras más particulares de la historia de la literatura. Mi entusiasmo por Stendhal empezó con Rojo y negro. Me cuesta decir lo que supuso para mí la lectura de esta novela. Toda ella es, frase a frase, un entramado de pensamiento tan vital, sincero y poderoso, que difícilmente podría describir la deuda que sostengo con él. Sé que sin Rojo y negro jamás me atrevería a escribir La segunda mujer, por ejemplo, jamás descubriría que hay una senda dentro de la literatura que te conduce a un lugar fuera de la literatura, es decir, a la vida, a la verdad. Y que este lugar es la ficción pura, un sitio más literario que ninguna novela. Eso se aprende en Stendhal. Se aprende también su franqueza de escritor, esa forma de sentarse a trabajar de espaldas al mundo y de frente a uno mismo. Creo que con Stendhal aprendí que el pensamiento propio y la vida propia no nos pertenecen, y que sería una grave soberbia pensar que tiene dueño ese magma de sentimientos que conforman una personalidad desde la cuna hasta la tumba. Creo que con él aprendí que la creación reside en esa liberación, en la asunción de nuestra calidad de personajes de ficción más que de excelsos autores, es decir, en la disolución del yo.