ENSAYO Y POESÍA
Mujeres que sueñan (antología poética) y Susan Sontag
LECTURAS POESÍA
LA LITERATURA COMO SUEÑO
ÁLVARO SALVADOR
TREINTA Y TRES ESCRITORAS FORMAN PARTE DE ESTE EXPERIMENTO DE AIRE FRESCO, ATREVIDO Y PROVOCADOR EN LA LITERATURA ACTUAL
Que los sueños sueños son, nadie lo duda a estas alturas, pero que lo sea la vida o la literatura es mucho más discutible. De cualquier modo, la relación entre la literatura y los sueños o las ensoñaciones es muy larga: desde los relatos bíblicos o los cuentos de las Mil y una noches hasta los experimentos surrealistas, por no hablar de la literatura romántica y sus secuelas. Estoy de acuerdo en parte –y en parte no– con lo expuesto en el prólogo por el seleccionador y prologuista de esta recopilación de pretendidos sueños experimentados por treinta y tres escritoras. No creo que los sueños sean poesía por muy propedeútica que podamos considerar su función, ni tampoco que sean espontáneos, aunque nosotros los percibamos como tales. Y sí estoy de acuerdo en que “los símbolos que despliegan los sueños necesitan para dinamizar a quienes visitan respirar en lo abierto, nadar corazón adentro, hablar y ser escuchados en sus propio lenguaje.” En eso consiste, en parte, el proceso de creación literaria, aunque, a mi juicio, esa creencia no desvalorice la posible hermeneútica, sagrada o científica que pueda hacerse de los sueños.
Treinta y tres escritoras, la mayoría desconocidas, al menos para mí, nos confían sus sueños en esta interesante y original propuesta recopilada por Jesús Aguado. Y en ellas, en sus respuestas, se demuestra y se contradice una gran parte de lo dicho por el prologuista y de lo dicho por mí mismo en las líneas anteriores. Los trabajos dejan claro que no sólo la poesía, sino que la literatura y los sueños no son la misma cosa al dividirse en “falsos sueños”, “sueños elaborados literariamente” y “sueños propiamente dichos”. Algunas autoras intentan hacernos pasar cuento por sueño, sin conseguirlo, puesto que los recursos el tono y la disposición, tanto estilística como retórica, hablan a las claras de su sabiduría literaria. Lo más que podría decirse de los relatos de Peri-Rossi, Julia Otxoa, Mónica Cavallé o Mercé Company, es que están basados en sueños y que la mayoría (sobre todo el de Peri-Rossi, aunque incluya la frase machista –¿o debería decir hembrista?– referida a la muchacha deseada de “yegua sin desbravar”) tienen alta calidad literaria. Otras optan por declarar directamente que están utilizando un sueño como pretexto para un cuento o para un poema, consiguiendo también resultados “literarios” muy satisfactorios, como Luisa Castro, Amalia Bautista, Charo Prados o Marifé Santiago. Y finalmente, las menos, nos cuentan directamente uno de sus sueños, entre los que podríamos destacar los de Elsa López o María Rosa Montagut. En la mayoría de los relatos y poemas, sean sueños, cuentos o medio sueños, las protagonistas de los mismos sufren algún tipo de metamorfosis, caminan, penetran, bajan o se abisman en profundas cuevas o grutas; en muchos, la presencia familiar planea de un modo significativo sobre las narraciones, sea en la forma fantasmal del padre o en la protectora de las abuelas. Y, en fin, en varios de ellos los excrementos están presentes. No sé si Luis Rojas Marcos o José Antonio Marina, tendrían algo sensato que decir sobre esto, pero supongo que Lacan o sus discípulos, sí.
De cualquier modo, se trata de un experimento muy interesante que rompe la monotonía propia de las anticuadas costumbres del mercado editorial español y que introduce un aire fresco con un punto de vista, si no novedoso, sí atrevido y provocador. Lástima de las numerosas (y algunas horrorosas erratas) en tan cuidada edición, que no obstante, no llegan a ensombrecer la inteligencia de la propuesta. ¿Para cuándo los sueños de los hombres?.
Mujeres que sueñan
Selección y prólogo de Jesús Aguado
Puerta del Mar. 6,25 euros. 185 páginas
LECTURAS ENSAYO
UNA PENSADORA NEOMODERNA
MARTA SANZ
SUSAN SONTAG REPRESENTA AL ESCRITOR QUE MANTIENE UNA ACTITUD ANALÍTICA FRENTE AL DISCURSO HEGEMÓNICO SIN APARTAR LA VISTA DEL MUNDO
El título de este libro da cuenta de la simultaneidad de intereses – de la presión de la sincronía- que define la obra de Susan Sontag; una presión que se resume en la simbiosis de dos conceptos cristalizados en distintas palabras: política y literatura, moral y belleza, ética y estética. El prólogo de David Rieff, hijo de la autora, es tan emotivo como esclarecedor. En Un argumento sobre la belleza, el estilo -trabado con una sintaxis casi aforísticasugiere, en sus elipsis, la profunda dificultad del sobreentendido: el pensamiento de Sontag se empeña en desvelar las perversiones del discurso; juega con los nombres y sus significados a lo largo de la Historia (la “discriminación” pasa de ser una facultad positiva a algo similar a “intolerancia”), se pliega a las dualidades excluyentes que ella misma desvela (efímero/ perdurable; bello/ feo; arte/ naturaleza; bondad/ maldad...), es dialéctico y deconstructivo para volver a ser dialéctico. Jugando con la combinatoria binaria del lenguaje, la autora subraya no la ridiculez de un concepto inaprensible pero decididamente moral (lo bello), sino de los discursos para aproximarse, rodear (¿circuncidar?) lo bello... un discurso a propósito del arte que hace de “lo interesante” una estrategia para propiciar actitudes consumistas.
Sontag se revela (y se rebela) como pensadora neomoderna más que posmoderna: quizá por esto es una pensadora política, una combatiente frente a la política exterior de su país, frente a la guerra de Irak y a las interpretaciones malsanas que, desde los medios, se sucedieron con posterioridad a la masacre del 11 de septiembre de 2001; en este sentido, no se puede dejar de hacer mención a Ante la tortura de los demás: las atrocidades cometidas en la prisión iraquí de Abu Ghraib son el punto de partida para el análisis de una sociedad de la desvergüenza y de la brutalidad, del conmigo o contra mí –el consenso patriótico,- en la que la tortura y la amputación de los derechos es el reflejo de una guerra sin fin –sin límites- contra un enemigo, difuso y omnipresente, el terrorismo. Quizás, también a causa de su neomodernidad, el tono de Susan Sontag es serio, sin ironías.
En La conciencia de las palabras, la labilidad de los significados (“paz” suele querer decir “victoria”) afecta al concepto de literatura y a la función de un escritor que ha de mantener una actitud disidente frente al discurso hegemónico –de ahí que Sontag dedique ensayos a la obra de Tsipkin, el escritor que siempre escribió para el cajón, de Víctor Serge, de una Ana Banti fundida con Artemisia Gentilleschi, de Laxness...–; el escritor proyecta una voz singular que repercute en el colectivo, deviene en compañía y es capaz de esclarecer los “algo más” que configuran lo real. En Al mismo tiempo: el novelista y el razonamiento moral, el trabajo de los narradores serios –el ejemplo, Nadine Gordimer– se reivindica como mecanismo para contrarrestar la cultura demagógica de la globalización y del capitalismo plutocrático. Se trata de sustituir la información- desinformación de las televisiones por el conocimiento reflexivo de las artes. La lucha es difícil. El pensamiento de Sontag – que entronca con el de Bernhard, Sebald, Berger, Coetzee, Saramago... con el pensamiento de los creadores que no apartan la vista del mundonos recuerda muchas cosas que no deberíamos haber olvidado.



