NARRATIVA

Gonçalo Tavares, Jesús Sánchez Adalid, Justo Navarro, Elvira Navarro, Joseph Roth, Uwe Timm, Marcio Veloz, Julia Navarro, Anita Desai, Jon Juaristi, Cansinos Assens, Manuel Rico y Juan Bonilla

 

LECTURAS NARRATIVA

 

LA LÓGICA DE LA ABSENTA

EUGENIO FUENTES

EL ESCRITOR PORTUGUÉS SE ADENTRA EN UN BARRIO LITERARIO PARA CARICATURIZARAL POETA Y PINTOR HENRY MICHAUX Y SU ADICCIÓN AL ALCOHOL

El señor Henri tiene las ideas claras: “Es verdad que si un hombre mezcla absenta y realidad obtiene una realidad mejor. Pero no lo es menos que si un hombre mezcla absenta y realidad obtiene una absenta peor”. Henri, por Michaux, procura evitar las mezclas y se concentra en sus peroratas mientras ingiere, siempre de un solo trago, una absenta tras otra.

Este habitante del divertido barrio ideado por el portugués Gonçalo M. Tavares (Angola, 1970), revelación lusa de lo que va de siglo, protagoniza, tras El señor Valéry, la segunda entrega traducida al español de la serie. Bertold Brecht, Roberto Juarroz, Karl Kraus e Italo Calvino también son de la vecindad y tienen su propio libro. El Barrio convive en Tavares poeta, dramaturgo, ensayista con el Reino, una sección de lo que llama Libros Negros en la que indaga sobre el mal: Un hombre: Klaus Klump, La máquina de Joseph Walser y Jerusalén son hasta ahora sus títulos.

En el El señor Valéry , Tavares, profesor de Teoría del Conocimiento, había dejado marcada la senda a las demás partes del ciclo de los "señores", que verá íntegro la luz en castellano. Cada volumen consta de una treintena de microhistorias presididas por un sentido del humor que bordea el absurdo y protagonizadas por un individuo tan excéntrico e inocente como si el mundo se le presentase por primera vez. Es la herencia de Plume, el hombrecillo impasible, bonachón y desafortunado nacido de la mano de Michaux.

Los protagonistas de El Barrio no tienen especial relación biográfica o de estilo con sus ilustres mentores, que, eso sí, dieron vida a su vez a sus propios “señores”: el Teste de Valéry, el Plume de Michaux, el Keuner de Brecht, el Palomar de Calvino nos indican que Tavares ha buscado apropiarse de un fragmento de algunos universos literarios y condensarlo en un pensamiento sobre el que viene y va para extenderlo en diferentes espirales.

Los “señores” carecen de carnalidad; son caricaturas precisas que piensan o actúan de la mano de Tavares, a quien se atribuye la mayor densidad de aforismos por párrafo. Tal vez por eso, en su engañosa simplicidad, estos obuses filosóficos marcados por Wittgenstein han recibido premios de literatura infantil y resuenan a Carroll. Despojada de ruido, la frase de Tavares nace de la perplejidad ante la contradicción. Conmociona la lógica, desnudando sus límites, y más allá de la lógica, las condiciones del conocimiento. Así percibido, el amable Barrio no es el contrapunto del tenebroso Reino sino, tal vez, su inevitable complemento poblado de filósofos atrapados en la maraña de su pensar.

El Valéry, por ejemplo, sobre el que Tavares funda el Barrio, es bajito, solitario y miedoso, pero está orgulloso de pensar. Perfeccionista, recurre de continuo a la justificación lógica para colmar la brecha entre pensamiento y acción. Un comportamiento absurdo que le paraliza. Al señor Henri también le da por pensar y, aunque no le disgusta la lógica, su fuerte es un saber enciclopédico y de filósofo sistémico. Beber absenta es la razón vital de Henri, que se pregunta quién piensa mejor, si la absenta o la cabeza. Así que, impregnado de una deriva oniroide, el filósofo perora también paralizado en la ausenciade realidad desencadenada por el alcohol, su “anarquista interior”. “La absenta es mi teoría sobre el mundo.Tengo un sistema general del pensamiento, se llama absenta”, proclama. Y bien visto, nada más lógico.

El señor Henry
Gonçalo M. Tavares
Mondadori. 11,90 euros. 96 páginas

 

DE CIVITATE

PEDRO M. DOMENE

SÁNCHEZ ADALID CUENTA LA VIDA DE BLASCO JIMÉNEZ, CUANDO AL FINAL DE SU EXISTENCIA RECOMPONE EL DEVENIR DE SUS DÍAS MIENTRAS VIAJA CAMINO DE SANTIAGO

El hombre siente curiosidad por su pasado y cuando un narrador mezcla ficción y documentación ofrece, a ese curioso lector, la posibilidad de abogar por un género literario delimitado, un concepto que desde el XIX viene otorgando

credibilidad a un subgénero: la novela histórica. Ocurrió en este país en la década de los ochenta, cuando se ofrecía un renovado interés por recuperar la narratividad en una época de negación absoluta sobre cualquier realidad pasada; en nuestros días, se vuelve la vista a la majestuosidad de la Edad Media, la Reconquista, la fundación de algunos reinados, sus guerras contra el invasor o las diferentes visiones sobre Al-Andalus.

El alma de la ciudad, XII Premio de Novela Fernando Lara 2007, de Jesús Sánchez Adalid (Don Benito, Badajoz, 1962), autor, entre otras, de La luz del oriente (2000), El mozárabe (2001) o El cautivo (2004), es una novela histórica o al menos un relato con un excelente decorado que da cuenta, en una primera lectura, de los peligros morales y físicos de toda una vida, la de Blasco Jiménez, su protagonista, cuando al final de su existencia, a modo de expiación, recompone el devenir de sus días mientras viaja, junto a otros cuatro peregrinos, camino de Santiago. Esta posible interpretación se concreta en una asombrosa caracterización de quienes acompañan al afligido arcediano: un fraile anónimo, el joven miembro de una orden de caballería, un mercader y un adolescente; la otra, determina ese complejo proceso documental que transcurre entre los siglos XII y XIII, el reinado de Alfonso VIII, las campañas del monarca castellano, las repoblaciones de sus fronteras con el moro y noticias sobre Ávila, Toledo, Sevilla o la fundación, argumento de la novela, de Ambrosía, la actual Plasencia. Una villa de larga tradición histórica, sueño, sobre todo, de don Bricio, personaje que buscará su personal De civitate Dei, un legado que proyectará en su mejor creación: el joven Blasco Jiménez, dueño de una dilatada vida llena de aciertos y de equívocos, de luces y de sombras, actitudes que sólo al final del relato cobrarán sentido. Cuando él mismo dé cuenta de su ambición, comparable a la de su mentor, incluidos episodios de un desaforado amor por Eudoxia o el relato del sabio magisterio de su amigo musulmán, Abasud al-Waquil. Todo esto le otorga a El alma de la ciudad la dimensión definitiva de auténtico relato de ficción.

Esta novela es también un tratado de la vida cotidiana porque, las formas, las relaciones humanas, las costumbres o el pensamiento, se proyectan hasta nuestros días. Sobresale el tratamiento del tiempo, elemento de fondo, con ese profundo respeto por la cronología, aunque simbólicamente ensayado porque asistimos a un tempus histórico y a otro como experiencia vital de algunos personajes que al final completan la trama del narrador, ese misterioso concepto de alcance espiritual conseguido tras el propio fracaso de Blasco, el dolor y sufrimiento vividos en su existencia, el reconocimiento de sus pecados y la redención de los mismos, cuando su alma se identifique con la de sus compañeros de viaje, como le enseña el fraile anónimo. Su visión despreocupada de grandes ideales como héroe emprendedor y que ahora las vislumbra en el joven de la orden de caballería, incluso esa eterna preocupación, práctica y cotidiana, por vivir sin problemas que encarna el mercader y, finalmente, tener una visión última de su propia dolescencia, con la simplicidad e ingenuidad que descubre en el adolescente Ludwin Marcial, único acompañante a quien se otorga nombre, inicio e inesperado ejemplo de volver a vivir el peligro de un nuevo comienzo.

El alma de la ciudad
Jesús Sánchez
Adalid Premio de Novela Fernando Lara 2007
Planeta. 22,50 euros. 680 páginas

 

INEXPLICABLE PERTUBACIÓN

ENRIQUE MURILLO

UNA HISTORIA DE CORRUPCIONES VATICANAS Y DE VIDAS PERTURBADAS PROTAGONIZADA POR UNTRADUCTOR DE BEST SELLERS

Hace años que Justo Navarro anda persiguiendo una explicación. Su pausada pero cada vez más abundante y compleja obra narrativa es como una de esas novelas de género que de vez en cuando él reseña para los grandes periódicos nacionales. Hay un muerto a las primeras de cambio, y se trata de averiguar quién es el asesino.

En su obra, ahora ya magna, él es el detective tozudo, insobornable, que jamás cejará en su intento de hallar la verdad acerca del misterio de los misterios; el investigador privado que nunca dejará de perseguir al verdadero culpable, al asesino. La víctima es cierta inocencia perdida, un sueño tal vez, una prueba no del todo fiable que habla del paraíso que los humanos perdimos allá por el albor de los tiempos, si los tiempos tuvieron un amanecer. ¿Quién se la cargó?

En Finalmusik, la más reciente y redonda de sus novelas (publicada por Anagrama hace unas semanas), Justo Navarro define el objeto de sus pesquisas, el objeto de la investigación de ese detective que es él, y habla de la “verdadera e inexplicable perturbación” en la que se han convertido nuestras vidas, esa perturbación en la que nuestras vidas van aturdiéndose hasta el enloquecimiento.

Ese es el tema de sus novelas, desde El doble del doble hasta esta “música final” que ahora nos entrega. A su manera pausada y discreta, alejado siempre de la pomada, del dinero y del poder, de espaldas a los focos y los escenarios, Justo Navarro sigue construyendo una de las obras más importantes de la literatura española que arranca en la gran renovación de los años ochenta.

Y en esa obra se hace preguntas pertinentes, que nos conciernen a todos. ¿Cómo diablos nos las arreglamos tan bien para meternos en tantos berenjenales, para hacer de nuestras vidas una suerte de condena perpetua para la que no hay alivio? ¿En qué consiste esa “inexplicable perturbación” de la que no se salva nadie?

Por fortuna para sus lectores, tamaño pesimismo radical no le impide gastar bromas, incluso con frecuencia, y caricaturizar nuestros tiempos extraños. Y la ironía con la que contempla las formas actuales de la “perturbación” domina algunas de las páginas de esta nueva novela. Su protagonista es un traductor que, en agosto de 2004, concluyendo el límite autorizado de su estancia como realquilado en una habitación vaticana, tiene que abandonar la ciudad, y también a la mujer con la que ha compartido tres meses de cama y helados, Francesca, una inefable mujer de la limpieza que salta a los noticiarios y la tele porque ha visto al asesino suelto, ha avisado a la policía, ha sido la delatora que abre el camino para que los francotiradores abatan en plena calle a la bestia suelta. Pero ni siquiera tras la muerte del asesino hay paz, porque en este mundo nuestro las amenazas son múltiples, sobrecogedoras. Ronda por las mentes de los italianos la amenaza de Al Masri, el furibundo islamista radical, el rayo de la muerte que puede caer en cualquiera de los cientos de templos católicos de la católica Roma. Por si fuera poco, un banquero que anda liado con la cajera de un super (y que le cuenta con todo detalle sus aventurillas físicas a su esposa, la professoressa que le aguarda, o no, en la lejana Bolonia, y que en tiempos fue también compañera de cama, “dos veces”, de nuestro protagonista) nos pone al día en la cosa contemporánea. A saber que el arma homicida ya no es la navaja ni la pistola sino la información, el espionaje total de la totalidad de los móviles con los que no paramos de contarnos unos a otros el desastre que son nuestras vidas.

Hace mucho calor y hay mucha humedad en la novela. Y hay sobre todo una cosa más húmeda, calurosa y agobiante que los trópicos, el mal de amores que padecen todos los personajes. El narrador, un treintañero que anda toda la vida de acá para allá, fastidiado ahora porque su padre resuelve su viudez con unas segundas nupcias contraídas con una mujer más joven que el propio narrador, que quiere regresar a su Andalucía natal, al piso que es en parte de su propiedad tras la muerte de su madre, el narrador salta de amante en amante como en el juego de la oca, sin parar ni tan solo para mirar atrás a las mujeres con las que ha compartido cama y helado o cama y pitillos, o lo que sea. Pero no puede dejar de seguir enzarzado, incluso años después, con los hombres de esas mujeres, sus novios contemporáneos de la relación con él, los ex maridos con los que ellas hablan constantemente por el móvil.

El asunto no puede ser más banal, o, como dice el narrador: “banal, amoroso, familiar, sórdido… la cama, y luego más cama, y luego menos cama”. Sólo que este material, en manos de Justo Navarro, se eleva por encima de la banalidad y se transmuta alquímicamente en literatura.

JUSTO NAVARRO, DE ESPALDAS A LOS FOCOS Y LOS ESCENARIOS, SIGUE CONSTRUYENDO UNA DE LAS OBRAS MÁS IMPORTANTES DE LA LITERATURA ESPAÑOLA
Finalmusik
Justo Navarro
Anagrama. 17 euros. 256 páginas

 

EL CORAZÓN FRÍO

PABLO D´ORS

CUATRO RELATOS, INDEPENDIENTES Y COMPLEMENTARIOS A LA VEZ, EN TORNO A LA INICIACIÓN SENTIMENTAL DE UNA JOVEN REBELDE

Muchos son los méritos de Elvira Navarro Ponferrada (Huelva, 1978), licenciada en filosofía y becada como narradora en la madrileña Residencia de Estudiantes. Este libro suyo no sólo resiste una segunda lectura, sino que en cierto sentido la exige: liberados del interés por la trama –foco de atención del lector más visceral–, esa segunda lectura revela la habilidad con que esta joven autora ha sabido urdir sus historias e infundirlas ese hálito de vida que consentirá que pervivan. La ciudad en invierno, título de uno de los relatos que conforman la narración, desglosa, en cuatro fragmentos de iniciación, la infancia y adolescencia de Clara, la protagonista. La posibilidad de leer estas historias independientemente o, por el contrario, de vincular unas con otras, sea por el personaje que las aúna como por el tema de fondo que aborda, funciona a la perfección. Expiación, el primero de los cuentos, afronta la relación conflictiva de Clara con sus mayores, su rebeldía y sentimiento de incomprensión. Por su tono literario (la prosa es aquí muy elaborada, casi manida) más parece un ejercicio de estilo que otra cosa. En todo caso, el personaje queda introducido, y Navarro se muestra capaz de insinuar y abrir al mundo de lo no dicho. Cabeza de huevo, la segunda historia, es sin duda alguna la mejor: la más intensa y fresca, donde la narradora se despacha a gusto y se libera del corsé de la estructura (algo que pesa en algunas partes de esta ¿novela?). El drama se plantea descaradamente: dos adolescentes hacen  insinuaciones eróticas por teléfono a un desconocido. La supuesta ingenuidad y manifiesta perversidad de estas niñas, situadas más allá de toda valoración moral, me han recordado algunas de las páginas de Milan  undera en su magnífico El libro de la risa y el olvido. La ciudad en invierno es, indudablemente, el relato más ambicioso. En él se da cuenta de unos abusos sexuales que dejan a la víctima trastornada y sin memoria. Con suma destreza, la escritora conduce a su lector para que vaya comprendiendo lo que ha sucedido al mismo tiempo que la propia protagonista. Una única objeción: no es la ciudad la que está en invierno, sino el corazón. Amor, por fin, trata de un enamoramiento primerizo de Clara con un muchacho por quien no se acaba de decidir. Si en Expiación el conflicto era con la familia, aquí es con los compañeros de colegio –que actúan como acicate e instrumento de presión social–. Es posible que estas páginas sean menos brillantes que las anteriores, menos intensas, pero me agrada la cotidianidad del tema y la forma con que se presenta la confusión e indecisión de la chica. Relatos todos ellos sinceros y bien escritos, en los que, sin embargo, se echa en falta mayor vuelo épico. Salvando alguna ingenuidad, con esta singular educación sentimental Elvira Navarro muestra ser capaz de poner en pie una ficción y, lo que todavía es más difícil, crear una situación que se adhiere incómoda a nuestro imaginario. De esta escritora cabe esperar logros mayores –eso es claro–; pero el talento, y yo diría incluso que el oficio, está ya servido en estas páginas.

La ciudad en invierno
Elvira Navarro
Caballo de Troya. 11,90 euros. 106 páginas

 

EL NUEVO LIBRO DE JOB

EDUARDO JORDÁ

Joseph Roth (1894-1939) escribió algunas de las mejores novelas del siglo XX. Nació siendo un judío centroeuropeo y murió en un hospital para pobres de París, atado con correas a la cama porque sufría un ataque de delirium tremens. El certificado de defunción lo definía como un individuo sin profesión. En cierta forma era cierto, porque su única profesión fue su fantasía incontrolable: sin inventar algo, sin fantasear, Roth no sabía vivir. Job se publicó en 1930. En esta novela, Roth se propuso reescribir el libro de Job, quizá la historia más trágica de cuantas se han escrito. El nuevo Job es el maestro Mendel Singer, un hombre sencillo que lleva una vida modesta en un lugar perdido de Rusia. Poco a poco, las desgracias empiezan a abatirse sobre él. Le nace un hijo deficiente, otro hijo es llamado a filas, su otro hijo huye a América y su bella hija empieza a coquetear con todos los cosacos de la guarnición. Cuando la familia emigra a América, se produce un intervalo de bienestar en su vida, pero todo se desmorona cuando se declara la Primera Guerra Mundial. Las calamidades vuelven a ensañarse con el justo y piadoso Mendel Singer, que pierde la fe y concibe el delirante proyecto de quemar a Dios. Al final llega la fiesta de la Pascua, Mendel Singer participa en la ceremonia sin ninguna esperanza, con su vieja levita y su sucio bonete de seda. Y entonces se produce un milagro. Pero todo este libro –que tiene algo de cuento hasídico, o de cuento de hadas judío- es un milagro. O si preferimos decirlo de otro modo, un prodigio literario. Si aún les queda algo de fe en la literatura, léanlo.

Job
Joseph Roth
Acantilado. 17 euros. 220 páginas

 

UN ASUNTO DE ESTADO

ANDRÉS PÉREZ DOMÍNGUEZ

UN EX PROFESOR QUE DESERTÓ DE LA GUERRA DE MARRUECOS BUSCA EN MADRID UNAS COMPROMETEDORAS PELÍCULAS

Que el género negro está de moda resulta innegable, pero lo mejor es que parece que por fin hasta a los intelectuales más estirados no les va a quedarotra que reconocer que algunas obras encuadradas dentro de los asuntos negrocriminales cuentan con un valor estimable, y que de lo que se trata, al cabo, es de hacer Literatura, y al sentarse a escribir lo que de verdad importa es hacerlo lo mejor posible. Tal vez algún día las novelas puedan catalogarse simplemente como buenas o malas, en lugar del empeño de encasillarlas en géneros donde no siempre se acierta del todo.

A Juan Ramón Biedma hay que reconocerle el esfuerzo por crear un universo propio dentro del mundo real. El imán y la brújula comienza en la Sevilla de 1926, ahogada en una persistente niebla amarilla, desde donde Éctor Mena, ex profesor caído en desgracia por haber desertado de la guerra de Marruecos, habrá de trasladarse a Madrid para localizar dos películas que junto a una tercera, forman una trilogía con los títulos de Donatien, Alphonse y François. Pero no será Éctor Mena el único interesado en encontrar las películas, puesto que un grupo de militares africanistas y la propia Casa Real también participarán de la búsqueda y la localización de las cintas se revelará pronto como un asunto de estado.

Género negro o no, esta última novela de Juan Ramón Biedma pertenece sin lugar a dudas a la categoría de los libros bien escritos. El autor se esfuerza en sorprenderno siempre con algo diferente, con la solvencia de quien salta al difícil ruedo literario por tercera vez en tres años, después de la buena acogida de El manuscrito de Dios y El espejo del monstruo. Un libro que, como mínimo, no dejará indiferente al lector.

El imán y la brújula
Juan Ramón Biedma
Ediciones B. 18 euros. 363 páginas

 

EL MICRORRELATO MEXICANO: CLÁSICOS Y MODERNOS

FERNANDO VALLS

GUILLERMO SAMPERIO, MARGO GLANTZ Y SALVADOR ELIZONDO SON ALGUNOS DE LOS NOMBRES QUE DEMUESTRAN EL AUGE DEL MICRORRELATO

México, Argentina y España han sido los países de habla hispana en los que el microrrelato ha tenido un mayor desarrollo, calidad y difusión. Si a estos países les añadimos Estados Unidos, podríamos hablar de prácticamente toda la literatura universal o, al menos, de toda aquella que nos resulta familiar. Entre los grandes escritores mexicanos que ahora nos ocupan se encuentran nada menos que Julio Torri, Edmundo Valadés, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, René Avilés Fabila, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco y Guillermo Samperio, autores todos ellos imprescindibles en cualquier recopilación que pudiera hacerse del microrrelato en castellano. En este volumen se recoge tanto su obra, como la de otros narradores no menos sugestivos. Así, por ejemplo, José de la Colina (nacido en España), Margo Glantz y el más joven Juan Villoro.

Pero, por fortuna, este libro no se limita a ser una antología más al uso, ya que junto a los textos de 56 autores (¡lástima que sólo se nos dé un microrrelato por cabeza!), aparece un prólogo, un epílogo y la correspondiente bibliografía (lamento tener que decir que tan incompleta como arbitraria), así como varios decálogos (algunos de los más célebres dedicados al género y otros encargados expresamente por el autor) sin olvidar un par de antidecálogos, aunque varios de ellos tengan más que ver con el cuento que con el microrrelato.

Citados ya los autores imprescindibles, de sobra conocidos, y sin necesidad de insistir más en ellos –voy a hacer no obstante una excepción con Relato de Eustolia, de J. E. Pacheco–, me gustaría destacar, por su indiscutible calidad, unas cuantas piezas que es muy probable que el lector español desconozca. Son Taxis y hoteles (Mónica Lavín), que reutiliza un motivo de El amante, de Pinter; Cada mujer: un museo (Luis Humberto Crosthwaite); Carnicería (Luis Ignacio Helguera); El príncipe azul (Luis Bernardo Pérez) y el texto de Ana Clavel (Inocencias hitlerianas). También es preciso llamar la atención sobre un par de narraciones que juegan o bien con el título, como la denominada Un cuento policíaco, originalmente escrito en alemán, cuyo título es más largo que el cuento mismo (Javier García- Galiano), o bien con el desenlace, según ocurre en Fin (Ricardo Chávez Castañeda). Aunque sólo hubiera sido por su valor literario, ya hubiera merecido la pena haber editado esta antología, que además proporciona una idea bastante creíble sobre cuanto significa hoy el microrrelato mexicano clásico y actual. Así pues, hay que felicitar al autor por haber cumplido con su principal objetivo.

No se nos aclaran, en cambio, los criterios utilizados para componer la presente antología, como tampoco acabo de comprender qué orden guardan los textos. Sorprende, por otra parte, la cantidad de piezas, hasta un total de ocho, en las que se produce la reescritura de algún episodio de la historia o de la literatura. Y no escasean tampoco las que exaltan las virtudes del relato oral; o las que se ocupan del doble (Conocí a un hombre, de Jaime Moreno Villarreal); utilizan la hipálage (Por ventura, de Marcial Fernández) y la parodia (el de Otto-Raúl González trata de los agradecimientos que aparecen en los libros), procedimientos todos ellos habituales en el género. Aunque, para mi gusto, el microrrelato más curioso y sorprendente sea Susana y la piedra, de Antonio Betancourt.

Tampoco puedo dejar de decir que la edición es tan atractiva y cuidada como todas las de Ficticia, lo que debe ponerse en el haber de su editor, Marcial Fernández, también afortunado cultivador de este género en auge.

El cuento jíbaro
Antología del microrrelato mexicano
Javier Perucho (ed.)
Ficticia. 20 euros. 164 páginas

 

SOMBRAS DE LA SELVA NEGRA

JOSÉ CARLOS LLOP

La derrota de Alemania en el Tratado de Versalles alimentó a su vez  dos derrotas más: una moral y otra física. La derrota moral fue la posterior seducción de la amoralidad del nazismo. La derrota física tuvo lugar en 1945, con la ocupación aliada de la nación a la que sucedería, años más tarde su partición en dos. De esta segunda derrota –de su magnitud, quiero decir- empezamos a tomar conciencia en España más tarde que en otros países que, al revés que nosotros, sí habían participado en la II Guerra Mundial. Y lo hicimos, por ejemplo, con la selección de Radiaciones –los Diarios de Jünger- que publicó Plaza y Janés en 1972 con el título de Diarios de Guerra y Ocupación, o con el cine: se me ocurren ahora dos muy distintas: Berlín Occidente, de Wilder o El tercer hombre, de Reed, aunque ésta transcurra en Viena y no en Berlín. Jünger, tras la guerra, relataba cómo a la barbarie le sucede siempre otra barbarie –a la del nazismo, la del castigo sobre Alemania-. Y tanto en Berlín Occidente (tragicomedia) como en El tercer hombre (drama), respiramos la terrible atmósfera de esa derrota: sus causas y consecuencias, contadas desde la historia personal. Hablo, claro está, de hace ya bastantes años: nosotros éramos adolescentes y la Guerra Fría, tan contemporánea entonces, otro asunto de película.

Pero desde hace algunos años la conciencia alemana –tanto literaria como de pensamiento– se ha enfrentado a ese pasado callado de esa primera derrota que el Tratado de Versalles favoreció: la seducción de la amoralidad del nazismo. Los tanteos metafóricos de Heinrich Boll o los más ajustados a la realidad de Gunther Grass fueron sus pioneros literarios. Ahora la narrativa alemana aborda esa época dejando en el botiquín del tiempo pinzas, vendas y desinfectantes. Aparecen Diarios personales de la época –con su sarta de vejaciones sin fin-, ensayos esclarecedores y novelas cuya columna vertebral es lo que verdaderamente pasó y los padres callaron a los hijos. Es el caso de Tras la sombra de mi hermano (Destino), de Uwe Timm, nacido en Hamburgo un año después de que Hitler invadiera Polonia. Como lo era El muerto en el búnker. Informe sobre mi padre (El tercer nombre), de Martín Pollack, un libro con el que posee cierto aire de familia, en la imbricación entre biografía, asunto y novela.

Tras la sombra de mi hermano tiene dos lecturas: la revisión del pasado familiar –el pecado original del III Reich oculto como las manzanas en el armario (sólo que aquí las manzanas están podridas)- y la forma novelada, que acaba  construyendo una novela en sí misma. Como texto biográfico es impecable, delicado y doloroso. Como novela es excelente. Karl-Heinz Timm ha escrito un libro en el que el lado más oscuro de la Historia y la luz más cálida de la vida de familia,ofrecen un testimonio de tanta belleza como implacabilidad en el ajuste de cuentas entre dos ficciones: la memoria y la realidad. El hermano mayor vestido con uniforme de las SS. El único recuerdo de su pelo rubio. Unas cartas. La notificación de su muerte. Un Diario. Unas fotografías. Y una trama que flota como el niño en brazos de aquel hermano uniformado a punto de regresar al frente de Ucrania. Para organizar esa trama en torno al eje de la visión fraternal surge la poesía de las cosas calladas... y al fondo, el hallazgo terrible, las manzanas cuyo dulzón aroma putrefacto ha infectado esa casa para siempre. Y los ojos de un niño, que todo lo ven sin saber. Una gran novela.

Tras la sombra de mi hermano
Uwe Timm
Destino. 16,50 euros. 176 páginas

 

LA VIDA QUE SE ESCAPA

TOMÁS VAL

UNA NOVELA, CON CLAVES DEL REALISMO MÁGICO, EN LA QUE EL DICTADOR TRUJILLO, PLANEA COMO UNA PRESENCIA FANTASMAL, IMPULSANDO LA TRAGEDIA

"Persio había dicho, mucho antes de suicidarse, que trataría de hacer unos capítulos, una novela, con este amasijo de pulpa cotidiana”. Esta frase no inaugural, sino recogida de una página ya cercana al desenlace, bien podría ahorrar y dejar sin apenas justificación las palabras que a continuación siguen. Porque Ritos de Cabaret consigue, en escasísimas páginas, contar abundantes e intensas historias de vidas y pasiones creciendo a la sombra del feroz dictador dominicano Trujillo, una presencia que estiliza hasta lo monstruoso la cotidianidad de un barrio popular de la capital. Allí, en Villa Francisca, un amasijo de callejas, clubes nocturnos, pobrerío y prostitución, reside Papo Torres, un vividor maduro, amante del bolero, que decide recuperar y volver a disfrutar de todos los amores que dejaron huella en su juventud. Su hijo, Papo Junior, parece tener el papel de un narrador convencional que irá reseñando las aventuras  el padre, repletas de pasión caribeña, como un canto de cisne de quien otrora fue el rey del ritmo. Sin embargo, el relato va adquiriendo una complejidad narrativa tal, que, a ritmo de bolero, chachachá, son y guaracha, pasa de un narrador a otro sin transición y sin que el lector conozca este cambio de pareja hasta mucho después de haberse producido: Papo Junior deja paso a Persio, el escribiente que ha ido recogiendo parte de las memorias de Papo Torres, que es silenciado por voces anónimas, protagonistas secundarios, por el propio autor, en retorno constante a los anteriores como en un bailongo frenético que permite conservar un dramatismo sublime en todo momento de la historia.

Marcio Veloz (Santo Domingo, 1936) participa sin duda del realismo mágico del Boom hispanoamericano y, en Ritos de Cabaret, nos encontramos ciertas claves muy frecuentes en la narrativa de este movimiento: la figura del dictador, Rafael Leónidas Trujillo, planea como una presencia fantasmal, extravagante, impulsando la tragedia, enloqueciendo los sentidos y creando una bruma onírica que tolera la existencia de seres con dos sexos, como Caminati Iriarte que “tenía un enorme sexo femenino naciéndole de la cadera izquierda, en la derecha colgaba el pene, pequeño, los dos testículos, grandes y rodeados de pelambre”, de hermosas hembras que rejuvenecen a medida que olvidan el horror, de fenómenos meteorológicos premonitorios: “bajaron hojas andróginas de árboles hermafroditas hacia cunetas  repletas de sangre”. Toda esta profusión de fantasía se traba a la perfección con el acontecer histórico más esgarrador que provoca el trágico desenlace de estas vidas de cabaret: la delación y la tortura en vida del generalísimo, la invasión americana y la rebelión interna sofocada sangrientamente tras su muerte, la corrupción, el clientelismo y las voces discordantes configuran el otro plano narrativo prodigiosamente fundido con el primero. Ritos de cabaret se estructura en veintiún capítulos que trazan círculos concéntricos sobre el progreso de las líneas argumentales que a veces se cruzan y otras, se distancian, como una pieza perfecta de baile ejecutada con maestría en la que las letras de los boleros se incardinan en una prosa de ritmo trepidante que logra un efecto de intensidad incuestionable. La vida que se escapa, la búsqueda de una juventud perdida y recuperada sólo un instante, ese deseo imposible de volver atrás para cambiarlo todo o simplemente para evitar un porvenir aciago, necesitan del tempo vertiginoso que Marcio Veloz logra imprimir a esta brillantísima obra.

Ritos de cabaret
Marcio Veloz
Siruela. 16 euros. 149 páginas

 

NUESTRO GEN IRRACIONAL

LALE GONZÁLEZ

LA FRANCIA DEL SIGLO XIII, EL BERLÍN NAZI Y EL CONFLICTO ACTUAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE COMPONEN LA TRAMA DE ESTA NOVELA

Ya hemos visto cómo en la novelística actual se producen hitos que instauran tendencias. El vendaval que hace unos años desató El código da Vinci todavía arrastra a un corifeo de imitadores (stricto sensu, sin ofender) que, en su avidez por subirse al altar de los bestsellers y ver multiplicados los ceros de su cuenta corriente, practican esta especie de esoterismo new age por el que campan templarios, códices, criptogramas y griales. En España, La Hermandad de la Sábana Santa de Julia Navarro fue uno de los éxitos que se llevó el gato al agua. Insistió ella en trazar una línea divisoria entre su novela y los libros en boga, pero el mero título parecía un cascabel para captar la atención del público adicto al género y evidenciaba la inclinación de la escritora y periodista por arrimarse al sol que más calienta. Con La sangre de los inocentes el empeño demarcador es más apreciable, por más que reaparezcan los consabidos iconos de moda. Se manipulan estos, sin embargo, con voluntad de desmitificar supersticiones y de denunciar los estragos que esta “seudoliteratura” (pág. 122) origina en épocas de incertidumbre espiritual. La novela se estructura en tres bloques cronológicos. En cada uno encontramos un personaje cuyo legado sobrevuela los siglos cediendo el testigo que conecta una historia con otra. La primera nos remonta a la Francia del siglo XIII, a los días turbulentos de la depresión de los cátaros por parte de la Inquisición. La crónica de esta cruzada, recogida por Fray Julián, es el eslabón que engancha con el argumento de la segunda historia: el medievalista Ferdinand de Arnaud recibe el encargo de autentificar los manuscritos de aquel fraile encontrados siglos después en un castillo de Carcasona. Acontece el hallazgo en vísperas de la segunda guerra mundial, entremezclándose el episodio con la búsqueda que emprende el profesor Arnaud para encontrar a Miriam, su esposa judía, en el hervidero del Berlín nazi. La tercera parte cambia el registro de relato histórico a thriller político. Asistimos a la maquinación de un atentando internacional que enfrentará a Oriente y Occidente y cuyo promotor es un grupo terrorista trasunto del tristemente célebre Al-Qaeda. La travesía por el tiempo quizá sea lo más interesante, por lo que tiene de perspectiva que permite verificar que la irracionalidad se instaló en nuestros genes en los días de las cavernas y que, pese a las lecciones que nos sirve la historia, parecemos bocados a tropezar con la misma piedra tantas veces como nos la pongan por delante. Los males de la novela radican en sus planteamientos pueriles y en que la tesis final está tan superada que se apaga por su obviedad: los fanatismos son fatales y tan viejos como el mundo, aboguemos por la tolerancia, viene a ser el estribillo. Por desgracia lo que le hace falta al mundo no son profetas, sino más bien algún superhombre con polainas  azules y una ese en el pecho que acuda desde Krypton a enderezar la sinrazón de los mortales.  Por último, los personajes son romos, es decir,  radicalmente probos o villanos, no la hibridación que nos humaniza y constituye nuestra esencia. El registro narrativo y los diálogos son tan planos que rayan la tosquedad. Está bien rehuir la pirotecnia verbal con la que muchos pretenden  embaucarnos pero la mayoría, cuando leemos, aunque sea el horóscopo, aspiramos como mínimo a trascender el prosaísmo que se nos echa encima nada poner el pie fuera de la cama. ¿No?.

La sangre de los inocentes
Julia Navarro
Plaza y Janés. 21,90 euros. 780 páginas

 

NOVELA SONÁMBULA

JESÚS AGUADO

UNA HISTORIA DE PAISAJES Y PERSONAJES MEXICANOS SOBRE EL SUEÑO DE JUSTICIA QUE PROMETEN E INCUMPLEN LAS REVOLUCIONES

Anita Desai es, de entre todos los escritores angloindios contemporáneos, la que lleva con más naturalidad las diferencias entre los dos mundos, Oriente y Occidente, que nutren su vida y sus novelas. Lo que en otros es tensión y drama cultural y social, en ella se resuelve como indagación del alma humana. Anita Desai está más preocupada por presentarnos personas que por analizar civilizaciones, pero porque de lo primero siempre puede deducirse lo segundo y no al revés. En sus obras (de las que destacaría Viaje a Itaca, En custodia y Fuego en la montaña), además, y al contrario de lo que ocurre en la India real, la densidad de personajes es pequeña, y éstos no se aglomeran, se ceden el paso y respetan las señales del tráfico emocional. También los escenarios, abiertos y despejados, parecen europeos, más próximos a una campiña inglesa que a una selva o a un río milenarios.

Lo curioso de Camino en zigzag, la última novela de Anita Desai, es que transcurre en México. O quizás no tan curioso si repasamos la historia de las coincidencias entre este país y la India, desde el chile y el uso de drogas naturales (el peyote por un lado y el bhang por otro) como manera de comulgar con la divinidad hasta Octavio Paz. Anita Desai se suma a esta lista de  convergencias con una novela que resume bien su principal obsesión creativa: que toda búsqueda personal (del alma, de la identidad, del sentido de la vida propia, del amor) es una indagación inseparable de sus aspectos espirituales y políticos. Es lo que le ocurre a Eric, el protagonista de la novela, que, en el transcurso de un viaje por este país centroamericano, que emprende con la intención de aclarar sus dudas sobre su existencia sin norte, se ve enfrentado a un pasado en el que, como habitantes de un pueblo fantasma, aparecen y desaparecen Pancho Villa y otros héroes de la revolución (la mejor parte de la novela, en mi opinión, está ambientada en este episodio de la historia de México), los mineros europeos que acudieron a explotar los yacimientos mexicanos (como los abuelos del propio Eric), los huicholes, los antropólogos especializados en éstos (memorable la prepotente doña Vera, una famosa especialista que ni siquiera sabe la lengua de ellos), escritores como André Breton o Elizabeth Bishop y muchos otros personajes que viven tanto en las crónicas, y por eso son reales, como en el alma de Eric, lo cual les convierte en seres simbólicos. Que todas estas líneas de fuga se junten durante el Día de los Muertos no sorprenderá a los que conozcan la importancia que esta celebración tiene para los mexicanos, ni a la centralidad que adquieren los rituales mortuorios en las tradiciones de la India: sólo el trato cara a cara con la muerte le capacita a uno para renacer y desenmarañarse de los nudos de una existencia equivocada, que es la razón que ha llevado a Eric de su universidad anglosajona a este país caluroso y extraño. Una novela de paisajes pedregosos y solitarios, como los sentimientos de Eric, y de sueños imposibles, como el de justicia y amor universales que cualquier revolución promete y ninguna cumple.

Una novela iniciática y sonámbula por la que el lector avanza sin esfuerzo mientras hace suyas de manera natural las dudas  de Eric, sus huellas en la tierra seca, sus esfuerzos de encontrarle un sentido a sus actos. Y una novela (permítanme esta nueva curiosidad para terminar) dedicada a la hija de la autora, Kiran, ganadora este año de un premio Booker del que su madre ha quedado tres veces finalistas sin conseguirlo.

Camino en zigzag
Anita Desai
Anaya. 17,10 euros. 240 páginas

 

LAS PISADAS DEL CAZADOR

IÑAKI ESTEBAN

UN GRAN FRESCO HISTÓRICO, QUE ABARCA DESDE LA GUERRA CIVIL HASTA EL GOLPE DE TEJERO, PROTAGONIZADO POR UN SACERDOTE SIN ESCRÚPULOS

En algún momento de La caza salvaje acusan a Martín Abadía de no tener carácter. No es un héroe, desde luego, y dan ganas de llamarle impostor. Aunque vista de sacerdote no le importa vender al prójimo. Ha luchado en un batallón de nacionalistas vascos en la Guerra Civil, colaboró con la ocupación en el país vecino, formó parte de un escuadrón de falangistas en Berlín y a su vuelta a España trató de ganarse la amistad de los primeros cabecillas de ETA. Un personaje al que Jon Juaristi presenta como un cazador salvaje o maldito, según los mitos europeos, condenado a perseguir su presa durante toda la eternidad. Pero también hay algo mítico o metafísico en su carácter que le obliga a ir de una a otra parte. Sólo sus vanaglorias de vasco permanecen en toda la novela. Pero, en fin, tampoco se sabe muy bien qué entiende Abadía por vasco, más allá de un confuso sentimentalismo.

Esta obra de Juaristi alterna la acción y la conversación. Cuando el protagonista sirve en los requetés del cura Ciordia, el autor se aproxima mucho a Baroja, tanto que el episodio acaba precisamente en Itzea, la casa del escritor en Vera de Bidasoa, y con su sobrino Julio Caro de testigo. En cuanto a las charlas que se traen los personajes, Baroja también las usaba y si al lector le gusta escuchar conversaciones inteligentes, seguro que le encantará leer la novela. Aparte de Caro Baroja, hay más personajes reales en La caza salvaje, muchos de ellos todavía vivos, y algunos con los nombres algo cambiados pero fácilmente reconocibles. No es arbitrario que esto sea así. A medida que avanza la novela, se va configurando un gran fresco histórico que abarca desde la Guerra Civil hasta el golpe de Tejero. El final tiene sorpresa. No se lo pierdan.

La caza salvaje
Jon Juaristi
Planeta. Premio Azorín 2007. 21 euros. 432 páginas

 

EL REGRESO DE CANSINOS ASSENS

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ

CANSINOS ASSENS FUE UN ESCRITOR, TRADUCTOR Y CRÍTICO, QUE VIVIÓ FASCINADO POR ORIENTE Y POR LA ESPAÑA DE LAS TRES CULTURAS

Rafael Cansinos Assens es aún hoy un enigma, pese a estar considerado una de las figuras más significativas del movimiento ultraísta español y sobre todo un poeta y traductor, novelista y crítico, que vivió fascinado por Oriente y por la España de las Tres Culturas, con una obra que hunde sus raíces en textos bíblicos. Esa obra bíblica, la que recoge la insólita personalidad del escritor sevillano, aún permanece inédita en su mayor parte y a revelarla se va a dedicar la Fundación -Archivo Rafael Cansinos Assens-. Aunque para estrenar su editorial, Arca Ediciones, publica de entrada dos volúmenes fundamentales bajo un mismo título, Mahoma y el Korán. El primer tomo responde a la Biografía crítica del profeta y estudio y versión de su mensaje, mientras que el segundo es la traducción “directa, literal e integra” de la versión del Korán aceptada y usada como referente islamista, parcialmente publicado en 1951. Cansinos Assens había aprendido en su adolescencia árabe y hebreo –de hecho, a veces firmaba en yiddish por su “origen” familiar sefardí– y, ya como escritor en los círculos de los Machado y Baroja en Madrid, desarrolló una extensa producción orientalista (Bellezas del Talmud, España y los judíos españoles) y literaria, como El candelabro de los siete brazos, obra de prosa poética donde sus aforismos emergen como salmos. No habría hoy ni un solo autor de Occidente capaz de sostener lo que Cansinos, que se definía como judío, promulga: “Claro que los espíritus superficiales explicanel triunfo de Mahoma por la Espada; pero olvidan que el arma de que primero se valió Mahoma fue la espada  el Verbo, el Korán, y que en él debían de percibir las masas que lo siguieron música de sirenas angélicas,  de encanto irresistible”.

Mahoma y el Korán
Rafael Cansinos Assens
Arca Ediciones. 22,50 euros. 448 páginas

 

LA POESÍA DEL PAISAJE

ISABEL PÉREZ MONTALBÁN

ESTE LIBRO NOS DESCUBRE UNA PROVINCIA QUE SE RECONOCE COMO PARTE DE MADRID, SU REVERSO Y LAS ENTRAÑAS QUE CONSERVAN LAS HUELLAS DE SU PASADO

Desde hace años, el escritor y periodista Manuel Rico ha entregado a la imprenta diversos libros de poesía, ensayo y novela. Demuestra así una capacidad literaria que no desdeña ningún género. Ahora nos ha sorprendido con su último libro de viajes, género poco frecuentado en España, que se trata en realidad de un cuaderno de ruta atípico, dado que en él consigue aunar la lírica, la crítica, la reflexión y la narración.

Por la sierra del agua se adentra por algunos caminos de la sierra norte de Madrid en diferentes recorridos por el valle alto del Lozoya, y nos descubre una provincia casi siempre desconocida para la mayoría, un territorio ajeno a la capitalidad y al centralismo, y sin embargo tan real que, tras su lectura, se reconoce ya como parte inseparable de Madrid, su reverso y las entrañas que conservan el calor y las huellas de su pasado histórico, también la perspectiva de un futuro no tan lejano que puede ser refugio de mañana. En definitiva, este relato se convierte en una travesía por recuperar la memoria del ayer que se olvida, del presente que se ignora y del porvenir en ciernes; travesía que ahonda también en la configuración de un lugar para concluir encontrando la esencia del propio autor.

Mientras se detiene en líricas y minuciosas descripciones de un paisaje silvestre y conmovedor, Manuel Rico no olvida el elemento humano que alienta secuencias de calidez, verdad y cercanía; y así van apareciendo personajes de carne y hueso, hombres y mujeres de hoy, no anclados en un tiempo y un entorno antiguos, sino inmersos en la vida de ahora mismo aunque no residan en la vorágine de la capital: unos, expulsados de la selva urbana, y otros, heroicos resistentes en su hábitat natural, salvados de aquella inmigración masiva del campo a la ciudad. En particular, hay que destacar el tratamiento que el escritor da a estos habitantes, que los singulariza en el conjunto del texto, definiéndose en el retrato que hace de ellos y en los comentarios que vierten, tan poéticos en ocasiones como prosaicos en otras, de manera que vienen a enriquecer y aligerar la densidad del viaje narrativo y otorgan al relato una identidad y un espíritu muy contemporáneos. Como dice el propio autor, “dos realidades contrapuestas e ignoradas entre sí” que confluyen aquí de su mano para mostrar el auténtico rostro de una sola realidad que alterna sus dos caras, no tan remota ni abolida.

Se agradecen las reflexiones del viajero, muy alejado del turista común o accidental: “Uno de los empeños que me planteé al iniciar esta sucesión de viajes al reverso de Madrid fue eludir la información turística... para satisfacer mi curiosidad con el triple utensilio de la mirada atenta, la conversación con las gentes que salieran al paso y un sencillo mapa de la zona”, asegura. Lo que no es óbice para que en el relato aparezcan referencias arquitectónicas, artísticas y literarias que no pecan nunca de erudición hueca, al tiempo que se dibujan escenas de estaciones abandonadas y nieblas crepusculares, aldeas muertas, pueblos con nieve y lluvia más limpias que en el asfalto; naturaleza casi intacta y estampas inquietantes, tan verdaderas que mientras se lee es posible casi oler los brezos y el aire del valle, viajar sin transporte, saber sin haber conocido.

Por todo esto, más que un libro de viajes o una mera descripción acertada de un paisaje concreto, Por la sierra del agua traspasa hacia dentro como un recorrido personal y humano hacia el norte –de la vida propia-, hacia el pasado colectivo –materia primera de nuestro presente- y sobre todo hacia el interior –la percepción y la importancia que damos a las pequeñas cosas, lo que pasa inadvertido y no debiera-.

Por la sierra del agua
Manuel Rico
Gadir. 18 euros. 306 páginas

 

EVA MARÍA SE FUE

ALFREDO VALENZUELA

EN ESTAS PÁGINAS SE ENTREMEZCLA EL REPORTAJE, EL RELATO Y EL TONO ENSAYÍSTICO PARA BUCEAR EN LA TRANSFORMACIÓN DE LA COSTA DEL SOL

Peter Viertel, el guionista de La Reina de África, el amigo de Hemingway, el colega de Huston, el primero que trajo a Europa una tabla de surf, uno de los hombres más admirados por Katherine Hepburn (entrevistado en la página 30 de este número), lleva más de treinta años en la Costa del Sol y trata de resignarse pensando que todas las cosas cambian, que también París y Nueva York cambian... Pero si se salva el lamento manriquiano del tiempo pasado, se ve que algunas cosas, como España misma en conjunto, incluidas pluralidad y talante, cambian para mejor mientras que otras, como purgando sus pecados, van a peor.

La cuestión de la Costa del Sol, y sobre todo de su epicentro, Marbella, protagonista de este libro, no es, con todo, la de si ha cambiado para peor, sino, mucho más grave, como insinúa Juan Bonilla en este libro, si sobrepasó la delgada línea roja, el punto de no retorno a partir del cual se dejó atrás cualquier asidero, la postrera luz de alarma, la frontera de cualquier remedio.

¿Cuándo se jodió el Perú? se pregunta Bonilla citando al clásico –clásico que por cierto aún es asiduo de las clínicas milagreras marbellíes— y deja en blanco una respuesta que puede buscarse en algún impreciso momento de los últimos treinta años del siglo pasado. Ese momento, en cualquier caso, no debió de ser el de Gil, sino el que propició a Gil.

Peter Viertel no sale en este libro, como no salen muchos otros de los que, con tan solo su presencia, tallaron los perfiles históricos y sociales de aquella arcadia que debió ser Marbella entre los años cuarenta y sesenta. No se trata de un Gotha, ni de unas páginas que sirvan para alimentar la crónica social. Hasta carece de índice onomástico. Incluso es un libro que ofrece más interrogantes que respuestas, con esos juegos de palabras tan propios del ingenio de su autor que animan a uno de los personajes a escribir sus memorias para aclarar el tránsito “de la costa chic a la costa shock”. O sea, ¿cuándo se jodió? Juan Bonilla, poeta, narrador y periodista se adentra con esta nueva obra en la crónica histórica, en el reportaje de largo aliento, para bucear en los orígenes del fenómeno marbellí y de la Costa del Sol como playa europea. Además de recoger testimonios y visitar fuentes vivas, Bonilla se sumerge en la literatura que ha generado la costa, siquiera sea para constatar que nada hubiera perdido la literatura de no haber existido la Costa del Sol, en el cine y en la música.

Así va construyendo una crónica, un reportaje, que si a veces cobra la fuerza de un relato, como sucede en la primera parte, al abordar la llegada de nazis que disfrutarán de la prosperidad y la tranquilidad de la Costa del Sol en recompensa por haber incendiado Europa, otras veces asimila el tono ensayístico como cuando, en el capítulo final, pormenoriza las características de la llamada arquitectura del ocio.

Bonilla no elude la cuestión moral que, sin embargo, afronta con humor: “Estar era un verbo mucho más importante –y desde luego más pop– que ser” o “esa ley no escrita que dice que ninguna fiesta excesiva termina bien”, por más que aquel guateque fuese el bálsamo pop sobre la piel de una España que se pretendía reserva espiritual.

Bonilla no ahorra citas y abunda en entrecomillados, con lo que su relato tiene también la virtud de ahorrarle al lector el repaso de todas esas fuentes, por haberlas espigado en una cosecha cultural que, ya parecen despejadas las dudas, dio más paja que grano.

La Costa del Sol en la era pop
Juan Bonilla
Fundación José Manuel Lara. 21,90 euros. 252 páginas