LIMA: EL ARTE DEL MAL GUSTO
La capital peruana a través del barrio que Vargas Llosa, Ribeyro y Bryce Echenique convirtieron en territorio literario
FERNANDO IWASAKI
Lima siempre ha sido una ciudad incongruente con sus modelos literarios, pues la primorosa estampa virreinal de las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma no ha existido jamás. Contra ese «souvenir» colonial publicó Sebastián Salazar Bondy un libro genial –Lima la horrible (1964)- y al propio Salazar Bondy le dedicó Mario Vargas Llosa la edición definitiva de Los jefes y Los cachorros, dos obras que hablan del territorio de su adolescencia limeña: Miraflores. Para el conocedor de los relatos de Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce Echenique, Miraflores es un paisaje familiar muy sencillo de reconocer, a través de sus casonas y ranchitos, parques y acantilados, árboles soñarreros y playas embravecidas. Como Ribeyro, Mario Vargas Llosa creció en aquel barrio que también es escenario de novelas como La ciudad y los perros,Conversación en la Catedral, La tía Julia y el escribidor o Travesuras de la niña mala. Sin embargo, el Miraflores de Los cachorros ha dejado de existir y donde antes había un barrio de clase media existe ahora un distrito de erizadas arquitecturas e incuestionable identidad comercial, turística y financiera.
Yo también viví mi infancia en Miraflores y hasta fui alumno del Champagnat, el mismo colegio de curas donde «Judas» castró de un mordisco al apócrifo «Pichula» Cuéllar. Vargas Llosa lo ignora, pero los alumnos del Champagnat estábamos persuadidos de que «Judas» estaba disecado en el museo del colegio. Yo llegué a conocer las últimas estampas del Miraflores de las novelas de Vargas Llosa, de los cuentos de Ribeyro y de las memorias de Bryce Echenique, antes de que el cemento y el metacrilato arrasaran con su melancolía de balneario decadente. Sin embargo, aunque una excursión al Miraflores literario ya es imposible, Los jefes y Los Cachorros ofrecen todavía una divertida posibilidad: viajar a los días poderosos de la adolescencia y descubrir el castellano de Lima en su versión más original.
No hay otro libro de Vargas Llosa más jugoso en peruanismos y en aquella expresión tan curiosa del habla limeña que las tías viejas llamaban replana. La replana no es «la jerga de los delincuentes» –como insiste contumaz el Diccionario de la RAE-, pues mi tía Nati hablaba en replana y su único vicio era el bingo. Como sé que algunos dudan de que la replana limeña pueda sonar como el capítulo 68 de Rayuela, he construido el siguiente fragmento con el vocabulario de Los cachorros: “Cuando Pichula se templó de Teresita dejó de correr como un palomilla rocanrrolero, y se puso pintón y bien polenta. Todos creyeron que había vuelto a ser el petiso chancón del colegio, porque durante las fiestas afanaba a las costillas y hasta sacaba a bailar a las que planchaban. Pero Cuéllar se chupó y nunca se mandó con Teresa, a pesar del corralito y el bajo que le hicieron los de la collera. Así, cuando Cachito le cayó a Teresa, Pichula se quedó muca y empezó a juntarse de nuevo con cafichos, rosquetes y pichicateros que lo terminaron de fregar. Antes de pasarse de vueltas en Pasamayo, los canillitas lo veían por las mañanas jurando que se había paleteado rico a una polilla potoncita. Pero Pichula estaba locumbeta y buitreaba en todas las esquinas”.
A lo largo de los últimos veintidós años, cada vez que he regresado a Lima he echado en falta un paisaje, una calle o algún rincón de mi infancia miraflorina, aunque nada podría compararse a la desolación que sentí cuando visité Larcomar - «shopping-center» que ahora ocupa el lugar del antiguo Parque Salazarun bello jardín que coronaba los acantilados de las playas de Miraflores. Le cedo la palabra a Mario Vargas Llosa: «Nunca entenderé, por qué, para construir todo aquello, fue preciso exterminar aquellos árboles, y secar aquellos jardincillos llenos de geranios, y reemplazar el césped por el cemento, y convertir aquel vergel en una explanada sin vida y sin carácter, maculada, además, por dos espantosas chimeneas que celebran la fealdad, el mal gusto y la prepotencia arquitectónica». Si Lima ya era horrible, ahora además es hortera. Huachafa, más bien, como decimos en Lima. En San Sebastián, Biarritz o Pornic he podido advertir las reverberaciones del viejo Parque Salazar. Sin embargo, el viajero que llegue a Lima y se acerque a Miraflores no encontrará nada más sorprendente que un centro comercial que parece como si el Titanic fuese un supositorio que se recorta sobre una puesta de sol.



