MARIO VARGAS LLOSA
“LA LITERATURA ME HA HECHO MÁS CRÍTICO CON EL MUNDO QUE ME RODEA Y MÁS INDÓCIL A LA MANIPULACIÓN”
Entrevista de Guillermo Busutil
Mario Vargas Llosa, nacido en el pueblo peruano de Arequipa en 1936, es uno de los escritores más importantes, polifacéticos y comprometidos de la literatura contemporánea. Su obra, que transita por los géneros de la novela, el ensayo, el teatro, la crítica y el periodismo, ha sido galardonada con numerosos premios como El Príncipe de Asturias, el Planeta o el Premio Cervantes por su brillantez y las innovadoras técnicas incorporadas a la novela. Pero sobre todo, Mario Vargas Llosa, considerado un clásico y un best seller de la literatura en lengua española, es un lúcido y ameno conversador que siempre deja claro que sus dos grandes pasiones son la literatura y la libertad.
A lo largo de su trayectoria literaria, se ha distinguido por la construcción de la llamada novela totalizadora, rica en procedimientos técnicos y con resonancias sociológicas. ¿Cuál es el origen de esa impronta en su obra?
La idea me la dio la lectura del Tirant lo Blanc que presentaba un mundo complejo y diverso que abarcaba lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, además de ser una arquitectura del espacio y del tiempo que también se encuentra en El Quijote, en Guerra y Paz o en Fortunata y Jacinta que son grandes novelas a la vez que novelas grandes, en las que se da una réplica al mundo real en todas sus influencias. Esa idea siempre me ha interesado, aunque también es verdad que todo novelista siente una especie de vértigo ante la construcción de una novela totalizadora que, por otro lado, no terminaría nunca al tratar de abarcar esa gran diversidad del mundo y de la vida.
“Balzac decía que la novela es la historia privada de una nación. Es cierto, el escritor tiene una responsabilidad cívica”
En casi toda su obra hay una parte de su propia vida. ¿Hasta qué punto tiene la literatura una condición autobiográfica o una construcción de la identidad imaginaria?
Es verdad que en mi caso el punto de partida de muchas historias que he escrito, novelas, teatro, relatos, ha sido la experiencia vivida. Hechos, vivencias, que se quedan en el inconsciente y que de manera misteriosa terminan desencadenando la imaginación y provocando el arranque de las historias. Pero otras novelas carecen de esa raíz autobiográfica y responden más al hecho de haber sido testigo de una realidad, a una visión de aquellos temas que siempre me han interesado y preocupado y también al hecho literario de fantasear desde la ficción.
Usted también es un gran lector y crítico literario. ¿Estas cualidades o disciplinas son necesarias para llegar a ser un buen escritor?
No en todos los casos, porque existen grandes escritores que no han leído y que parten de una imaginación muy espontánea y rica. Lo que si se supone es que si un escritor no posee una experiencia de buenas lecturas, eso limita sus posibilidades de contar una historia. En mi caso, sí que aprendí a escribir leyendo a los grandes maestros como Faulkner. Su lectura me enseñó la importancia de la forma, la estrategia narrativa, la organización de lo que vas a contar y de lo que vas a callar. Así que leer es decisivo a la hora de aprender la técnica y de saber contar una historia.
[ Alfedo Taján, director del Instituto Municipal del Libro de Málaga y que nos acompaña en la entrevista, interviene en este momento con dos preguntas]
Es cierto que en su narrativa existe un equilibrio entre lo autobiográfico y la disolución del yo, pero también es importante el compromiso ético y estético al hablar sobre la Historia o la realidad hispanoamericana.
Balzac decía que la novela es la historia privada de una nación. Una frase del prólogo de la primera edición de La Comedia humana. Nunca me he olvidado de esa frase que me inspiró mi novela Conversación en la catedral. Es cierto que para mi generación fue muy importante la influencia de la literatura comprometida de Sartre, de Camus y de todos los existencialistas, porque la literatura no es sólo entretenimiento, ya que de alguna manera y cuanto más creativa y original sea, mejor, la literatura debe describir los problemas de la gente, inquietar los espíritus o las conciencias, combatir aquellas injusticias y situaciones que nos entristecen. Un escritor ejerce, a través de la literatura, su condición de ciudadano y tiene por supuesto una responsabilidad cívica porque lo que escribe tiene un efecto sobre la vida y la sociedad. De hecho, después del hechizo de la lectura uno regresa a las imperfecciones del mundo real con una mirada más crítica.
Un ejemplo de esa explicación estética y ética sería el caso de Stendhal con Napoleón.
Claro. Los historiadores necesitan documentar y probar objetivamente los hechos vividos, pero la Historia también es una realidad impalpable, en la que igualmente cuenta lo soñado y los fantasmas que tiene cada época. Y eso sólo puede reflejarlo la literatura.
En su caso, responde también a la situación que vivió en el Perú de los años 50.
Por supuesto. En esa época vivíamos rodeados por el horror, por la corrupción, con la Universidad llena de soplones y con una información que nos llegaba manipulada. Para un joven de esa época estaba claro que no tenía por qué renunciar a su vocación literaria, pero al mismo tiempo debía intentar abrirle los ojos a la gente. Hoy día esas ideas son obsoletas. Los jóvenes no creen que la literatura pueda contribuir a cambiar la sociedad. Se han resignado a que la literatura sea una forma más de entretenimiento, pero a mí sí que me marcó muchísimo. Yo creo que la literatura me ha hecho más crítico con el mundo que me rodea y más indócil a la manipulación.
En ese sentido, usted ha saltado a la arena política y sin perder esa creatividad, sí que ha hecho hablar a una parte del pensamiento latinoamericano.
A mi nunca me gustó la idea del escritor encerrado en un estudio. El escritor necesita tener un pie en la calle. Es la razón por la que he hecho periodismo toda mi vida. Creo que un escritor debe comprometerse con aquello en lo que cree y que también debe actuar frente a las dictaduras o los males de un período determinado, porque la literatura es una forma de pensamiento que juega un papel determinante en la sociedad.
Precisamente la política, como argumento de muchas de sus novelas, es una manera de mostrar las virtudes y los defectos de la condición humana.
Sí, es cierto. El poder saca la cara generosa e idealista del ser humano, pero también saca a la superficie lo peor de las personas cuando ambicionan el poder, se aferran a él al precio que sea o lo utilizan para sus intereses. Sin duda la política es una experiencia extraordinaria para conocer al ser humano pero también es una manera idónea de conocer un país y sus diferentes realidades, como me ocurrió a mí en los tres años que anduve metido en política para impulsar la democratización y que me permitieron descubrir un Perú que desconocía.
Usted es novelista, crítico, ensayista, dramaturgo… Disciplinas que representan, en su caso, el conocimiento como un mapa global frente a la moda actual de la especialización del conocimiento.
Es verdad. La especialización es una necesidad de nuestro tiempo pero en la cultura puede ser mortal. En el campo de la creación y del conocimiento no hay que conformarse con esa especialización ni con cualquier otro tipo de limitación. La literatura no se escribe para especialistas, sino que debe llegar al lector más común y formar parte de una comunidad, ocupándose de los quehaceres humanos. Por otra parte, la amplitud de miras y de conocimiento es fundamental para el enriquecimiento intelectual de las personas y sobre todo del propio escritor.
En esa vocación renacentista y en esa diversidad de registros narrativos, el arte también ocupa un papel importante en su obra.
Después de la literatura me ha interesado mucho la pintura. Siempre me fascinó como espectador y eso se ha reflejado en buena parte de lo que he escrito. Unas veces escribiendo acerca de pintores y otras tratando de incorporar la pintura a mi obra, como un ingrediente de mi literatura. Yo comencé a tratar a la pintura como personaje en El elogio de la madrastra, que yo quería que ilustrase un pintor peruano muy buen amigo, a partir de las imágenes de ciertos cuadros que yo tenía en la memoria. Después seguí haciéndolo en Los cuadernos de don Rigoberto, en El paraíso en la otra esquina con el personaje de Gauguin y donde la historia está narrada a partir de uno de sus cuadros. Mi próxima novela también se centra en la pintura y completa la trilogía iniciada con Elogio de la madrastra. Es una tentativa de fundir dos disciplinas creativas, dos mundos, y de pensar el lenguaje en imágenes, en texturas, en colores, incluso en veladuras.
En cambio, en otras novelas como La Fiesta del Chivo el lenguaje es más transparente.
Para mí lo fundamental es la historia. Lo que pasa es que la historia nunca se completa del todo hasta que no encuentra su forma. Rubén Darío tiene un verso que dice “una historia que no encuentra su forma”. Un concepto muy importante, porque cuando se encuentra la forma aparece la historia en toda su cabalidad.
¿Entonces, podemos seguir afirmando, especialmente en esta época de nacionalismos, que el lenguaje es la verdadera patria del escritor?
Efectivamente. El lenguaje, como la literatura, demuestran que todas las fronteras son artificiales y que no puede ser confinado en corsés estéticos o políticos y que, además de poseer una enorme capacidad persuasiva y de seducción, el lenguaje es un puente de comunicación y de unión. El nacionalismo está reñido con la cultura. El nacionalismo es la cultura de los incultos.
¿Puede decirse que el español, en su uso común y en la lo literario, es la lengua más viva?
El inglés es la lengua más universal. Pero después, para mí y sin ninguna duda, la lengua más moderna, más viva y en constante expansión, es el español. El español está penetrando en todas las sociedades y va alcanzando, digamos, un derecho de ciudad. Algo que debe alegrarnos mucho a los hispanohablantes porque nos hace más universales y más ciudadanos de nuestro tiempo.
“El lenguaje demuestra que todas las fronteras son artificiales y que no puede ser confinado en corsés estéticos o políticos”
El teatro es otro de sus géneros predilectos. Incluso, en el pasado festival de Mérida, se atrevió a ser actor de su obra Penélope y Odiseo.
Sí, fue una experiencia maravillosa y rejuvenecedora para mí. Mi primer amor fue el teatro. Desde que vi representada La Muerte de un viajante de Miller, en un montaje de Francisco Pretore, descubrí un mundo fascinante de seres vivos, que más que un texto representaba la vida, repleto de muchas posibilidades y con esa naturaleza esférica que luego traté de llevar a mis novelas. Si en el Perú de los años 50 hubiese habido un movimiento teatral, probablemente hubiese sido autor de teatro. De hecho, lo primero que escribí en serio fue una obra de teatro llamada La Huida del Inca.
De todos modos, en su obra narrativa está muy presente esa fascinación y conocimiento del teatro que se trasluce en los diálogos, en los elementos escenográficos…
Así es. Yo tuve una experiencia muy interesante que fue La Señorita Tacna, basada en mi tía abuela, la Mamaé, que en su vejez se refugió en su infancia. Yo veía dentro de mi cabeza esa historia fascinante, esa atmósfera y la riqueza del personaje que tenía que estar en un escenario y tuve el impulso, la idea, de que los géneros no existían. A mí las historias se me imponen claramente con el género ya puesto.
¿Cómo ve la realidad actual y la evolución política de Hispanoamérica?
Ahora hay menos dictaduras que en el pasado. Quedan algunas prehistóricas como la de Fidel y también algunos aspirantes a espadón como Hugo Chaves que lidera un populismo demagógico, financiado con petrodólares. En cambio, esa tendencia se ha frenado afortunadamente en México y en Perú, incluso hay un gobierno de izquierda democrática en Brasil, con Lula, y una socialdemocracia en el Uruguay de Tabaré Vazquez. Esto se deriva del ejemplo de la izquierda chilena que tiene un elemento ético y una línea económica liberal muy interesantes. Aún así, hay que estar vigilantes.



