Aventuras en masa
Las novelas que invitan al lector a visitar los círculos de la alta política y la extrema riqueza, las sociedades secretas o la gran historia universal
JUSTO NAVARRO
Son libros que se venden masivamente, felices, alegres aunque sean intensamente dramáticos o terroríficos. Son novelas de evasión, para olvidar un momento la propia vida, buenas compañeras de vacaciones, voluminosas, de portadas un poco chillonas y páginas abundantes. Uno quisiera que durara la relación con estas páginas, porque entretienen, divierten, incluso hacen llorar en algún momento, como un buen amor. Uno quisiera que no acabara nunca el contacto, la lectura, quiero decir, el placer. ¿Qué es un bestseller? Podríamos responder que un libro del que se venden más de 100.000 ejemplares, o esas novelas que imponen o repiten modelos internacionales, la línea James Bond o Le Carré, la fórmula de El nombre de la rosa o de El Código Da Vinci, la estirpe de Hannibal Lecter o de los abogados de John Grisham, la veta de Parque Jurásico o de las familias millonarias en dólares y pasiones, el filón de los magos aventureros. Son fábulas de gran alcance: afectan al cine, la televisión, los videojuegos, los juguetes, la moda y la joyería, el turismo. Como dice Celia Brayfield, la literatura es el germen de la industria de la cultura y el entretenimiento.
Brayfield, autora que alguna vez consiguió un bestseller, quiso convertir su triunfo en fórmula y escribió Bestseller, Secrets of successful writing, donde explica que la mitología es esencial en estas novelas de masas. No habla de mitología en el sentido de una colección de fantasías que pertenecen a alguna sociedad primitiva. La mitología en la que piensa Brayfield son las ideas fundamentales, actuales, que vinculan nuestra vida personal con las vidas en general, y "enseñan al individuo cómo comportarse y a las sociedades cómo sobrevivir". Por eso, diría yo, abundan los bestsellers que no son novelas, sino simples modelos de vida, guías para el adelgazamiento y el enriquecimiento material y espiritual, recetas de cocina o manuales para escribir bestsellers. Cuando el bestseller es una fábula, también usa como combustible las grandes ideas: el poder destructor de la ciencia y de las comodidades que la ciencia nos procura, la lucha entre el mal universal y la bondad personal, o el choque entre el amor y el deber, por ejemplo. El tratamiento narrativo de estas cuestiones exige en un bestseller contundencia dramática: "En una novela literaria los personajes pueden pararse a discutir la moralidad de la ingeniería genética; en una novela popular los secuestradores se comen a un niño", dice Brayfield.
Los mundos en que transcurre la acción de estos novelones de masas nos invitan a visitarlos como turistas. Son realidades ignotas, inaccesibles: los círculos de la alta política y la extrema riqueza, las sociedades secretas, lo más alto y lo más bajo, el pasado, la gran historia universal, la vida de unos cuantos individuos interesantes. El agente y editor Albert Zuckerman ha escrito Cómo escribir un bestseller. Las técnicas del éxito literario (traducción de J. M. Pomares), en cuyo prólogo Ken Follett señala las tres cualidades del narrador triunfante: imaginación, cultura y tenacidad, tres virtudes compartidas probablemente con historiadores y exploradores. El buen bestsellerista, según Zuckerman, entremezcla con la trama posiblemente histórica aunque se sitúe en el presente o el futuro, bien documentada y ambientada, melodramas que podrían estar sucediendo ahora mismo, en nuestra casa: amor y maldad, traiciones y vínculos irrompibles, debilidades y valentías.
MODAS DEL MOMENTO
Un personaje es lo que hace, dice Zuckerman, y el héroe de un bestseller acomete empresas extraordinarias. Ha habido una avería en el orden natural de las cosas, pero después de la intervención de héroes o heroínas la máquina del mundo renacerá mejorada. El lector disfruta la aventura y, de paso, aprende algo nuevo acerca de civilizaciones antiguas, sectas contemporáneas o bufetes de abogados que sirven al terror internacional. Turista o estudiante en viaje de formación, el aficionado al bestseller se somete al encantamiento de realidades y costumbres insólitas, emocionantes: la guerra, las revoluciones, las conjuras mundiales de la dominación político-económica, el ansia inevitable de sobrevivir en medio de los peores peligros. Cuando cierra el libro, cree saber algo nuevo sobre la corte de Francia, la intimidad de algún profeta, el reglamento de una cárcel de alta seguridad, la última tecnología armamentística, el amor, o la albañilería en la alta Edad Media.
Pero, en su enciclopédica nostalgia de otro tiempo y otra galaxia, estas novelas imponen modas del momento, desde la juguetería al cine. Repercuten en la actualidad. Reivindican la fuerza de la literatura, y quizá por esto, adivinando el poder literario, sintió alguna vez vocación de escritor de folletines el futuro dictador Mussolini, autor en 1910 de Claudia Porticella, la amante del cardenal. Como recordó Umberto Eco, el arquetipo de la novela popular ha sido la novela inglesa del siglo XVIII, cuando la moral sentimental de la clase media sustituyó a la fe religiosa de aristócratas y campesinos. Según Eco, los novelones de masas sustituyeron el conocimiento de lo sobrenatural por la imaginación de algo posiblemente real, es decir, la recreación genética de dinosaurios, o la maldición sufrida por los hijos de alguien adorado como un Dios y casado con una mujer llamada María Magdalena.
Hay siempre en estas novelas un tinte periodístico, sensacional, algo así como el descubrimiento de la casa donde vivió en Florencia Mona Lisa, esposa del comerciante Francesco del Giocondo y vecina del notario Piero da Vinci, padre de Leonardo. En este recorte de periódico, auténtico, encuentro el embrión argumental de un posible aspirante a superventas. Con estos asuntos espectaculares y descomunales el buen bestsellerista mezclará cosas mínimas, un abrazo, una palabra que debe ser pronunciada o callada por los amantes en el momento exacto, algo que nos puede pasar a cualquiera esta mañana, pero que, en el novelón, formará parte, por ejemplo, de la historia de un camarero en amores con la aspirante a la presidencia de los Estados Unidos de América, levemente alcohólica por herencia materna, y que al final averigua ser hermana del enamorado que le sirve las copas.
La familia, la religión y el patrimonio suelen importar bastante en las novelas populares. Supongamos que el hijo arisco de un magnate californiano de la informática compite con el hermano de un jeque árabe en la compra de una bomba atómica que, desde la antigua URSS, ha llegado a un almacén de Zagreb. Estas dos criaturas antagónicas resultan descendientes de dos familias toledanas, amigas, perseguidas por la Inquisición en el siglo XVI. La violencia más extrema, esa brutalidad que provoca la risa histérica en los cines, debe ser compatible con la sensiblería más aguda, hasta las lágrimas, cosas sencillas en el fondo, o no tan complejas como un piano. La emoción está en la superficie para que suenen sollozos o carcajadas sin necesidad de pulsar muchas teclas. Es, en última instancia, el placer de la intriga bien trabada, la alegría de jugar a descubrir lo que desconocíamos para volver a encontrar repetidos los clichés sentimentales de toda la vida.



