FIRMA INVITADA

RADIOTRANSMISORES

Las diferentes lecturas de un mismo texto

BELÉN GOPEGUI

Leo una octavilla quehanrepartido en las calles de Atenas no en mayo del 68 sino en abril del 2007: “...Somos nosotr@s, l@s que llevan manifestándose más de diez meses (...) Somos nosotr@s, que nuestra casa pertenece a un banco y nuestros padres son propiedad de una empresa (...) Somos nosotr@s que jugamos entre cuatro paredes sobre suelos brillantes y la tierra la tocamos por primera vez cuando el viento reventó la maceta. (...) Somos nosotr@s que buscamos una salida para una vida diferente(...) Cuando vuelvas a ver en televisión la misma imagen nublosa y a l@s presentador@s gritando y condenando mientras se sacan su sucio sueldazo, el que les pagan l@s dueñ@s de las futuras universidades privadas, entonces puede ser que pienses que debajo de la nube de los gases lacrimógenos y de los porrazos que dan con mucho empeño quizá está la persona que acabas de conocer hace poco y te pasó este texto”.

Quiero incluir la octavilla en este artículo, relacionándola con algo que leí en un libro de Patricia Higsmith sobre el suspense. Pero no tengo el libro y me dicen que está agotado. Encuentro en la biblioteca pública un ejemplar subrayado con rotulador rojo y con lápiz. Puede haber sido una sola persona aunque el tipo de frases elegidas permite imaginar dos miradas, dos clases de lectura más las otras que no han dejado huella sobre el texto. En la parte de atrás de la cubierta hay un rectángulo de cartulina con nueve fechas de devolución. Dentro de poco esas fechas serán dinero, veinte céntimos de euro por cada una. Este libro habría producido 1,80 euros desde Diciembre de 2003. Poca cosa, pienso. Cuando el libro se destroce, no van a renovarlo. Entonces, sino antes, lo expulsarán. De todas formas, no he venido a la biblioteca para escribir sobre la privatización de la lectura, o quizá también. Mi tema es la octavilla griega.

“Utilizaré”, dice Highsmith,“ la palabra suspense en el sentido en que se emplea en el mundo editorial: un relato donde hay una amenaza de violencia y peligro, amenaza que a veces se hace realidad”. Es lo que buscaba: ese “hay” produce un efecto distinto que cuando se dice los relatos cuentan o tratan. Y lo que me interesa ahora no es tanto de qué tratan lo textos como a qué suenan, en qué frecuencia producen y envían sus ondas portadoras de señales. Me interesa porque un texto convierte, o puede convertir, a quien lo lee en radiotransmisor proclive a emitir en unas frecuencias determinadas amenazas de violencia o peligro, exabruptos líricos, gotas de amabilidad. El espectro es muy amplio. Últimamente he leído, por ejemplo, varios textos que me inclinan al registro de la vida interior. Me refiero a vivir y verse vivir y decantarse un poco más por lo segundo. La octavilla griega no pertenece a ese género pero lo roza. Del mismo modo, los autores de la vida interior emiten a veces en la frecuencia de la octavilla griega, apenas un fogonazo o dos en seguida borrados.

Sé, por cierto, que la octavilla es un texto de coyuntura, sus imágenes no son excelentes ni lo pretenden, aunque algunas no están mal. L@s estudiantes grieg@s usan la arroba, yo prefiero no hacerlo sin embargo, es cierto que ese signo me ha hecho ver en la octavilla tanto hombres como mujeres, de diecinueve, veinte, veintidós años. La frecuencia en que emite sus ondas es, diría, de suspense alterado: en vez de una amenaza de violencia o peligro, hay en ella la inminencia de un bien grande, de piel dura, rápido, bastante parecido a un elefante al que, en momentos, se oye respirar.