CLÁSICO
EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA
El eco de Garcilaso de la Vega
ANTONIO PRIETO
Supongo que rozaría la supuesta originalidad si señalar a el germen de mi producción literaria en un autor como Trifiodoro, cuyos tediosos hexámetros conocí traducidos por el almeriense Jiménez Aquino, que fuera amigo de mi abuelo. Pero mi realidad, acaso más vulgar o tópica, se centra en la audición del Quijote. De mi niñez, conservo la escena de mi madre leyéndole a mi abuelo, casi ciego, las páginas de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Era un tomo grueso, editado por Ramón Sopena en 1931. Recuerdo que cuando mi madre, algo cansada de leer, dejaba el libro en la mesa, yo hojeaba el texto buscando imágenes como las fotografías de la cueva de Montesinos o de Argamasilla de Alba, e intentaba vanamente relacionarlas conla lectura escuchada. Ya en el colegio, tendría yo unos quince años, tuve un encuentro más fértil con Cervantes. También en casa de mi abuelo residía en cinco tomos el Diccionario de Roque Barcia. Lo manejaba yo bastante buscando personas o significaciones cuando una tarde, en su voz correspondiente, hallé Juana (la papisa) que se iniciaba con la interrogante de su existencia. Mi imprudente ignorancia y curiosidadme llevaron a redactar unas cuartillas que expuse enel colegio y mereció las lógicas censuras. Varios días después, para redimirmi actitud, y también con la ayuda del Roque Barcia que sumé a mi lectura de Cervantes, redacté un articulillo para la revista del colegio titulado El Quijote era necesario quemereció la publicación de los frailes y la exculpación con ello de mi heterodoxa cita con la papisa Juana.
Desde entonces creo que mi admiración por Cervantes fue continua permitiendo, por ejemplo, que Rafael Conte titulara una reseña a La lluvia del tiempo (ABC, 12-IX-98) El imposible regreso de Don Quijote ya que los tiempos obligaron a mi don Alonso a morir aislado, sin un Sancho que lo animara a no morir de melancolía. En ocasiones, como en Palmaverde la presencia de la prosa cervantina,más allá de una generalidad, se concreta en calcos literales como la descripciónde la cama que ocupa Palmaverde en la venta de Ocaña.
Ya en la Facultad, entré en contacto con artículos queme ratificaban en lo que intuitivamente realizaba en algunas narraciones. Me refiero, por ejemplo, al de Blecua sobre Garcilaso y Cervantes (Ínsula, 1947) que especificaba cómo el “eco de las lecturas garcilasistas resuena en toda la obra cervantina”. Ergo si yo sentía fervor por Cervantes lo sentiría por Garcilaso, y por Garcilaso con Petrarca e cosí vía. Era la invitación de un texto a ir a otro que explicaba Petrarca en la XVII del libro III de sus Epístolas familiares. Si Cervantes recogía textualmente de Garcilaso el verso “que la Fortuna de mi mal no harta” para su Quijote o casi copiaba completa en el capítulo LXIX de la II parte la famosa octava 2ª de la égloga III de Garcilaso, con su recuerdo de Petrarca y las Georgicas (IV, 525-26) de Virgilio, era natural que la críticame señalara cómo, por ejemplo, yo recogía con natural admiración el decir garcilasiano de unos “ojos, cuya lumbre bien pudiera/ tornar claral a noche tenebrosa” para incorporarlos en novelas como La lluvia del tiempo, Dolabella o Una y todas las guerras. Éste mi largo descansar en Cervantesme ayudó a defenderme en la imitación y recogida de versos o sintagmas ajenos de Propercio, JohnKeats o JuanRamón al tiempo que dentro de la intertextualidad recuperar en novelas como Isla Blanca fragmentos propios que ya estaban en El ciego de Quios.
En el fondo todo me provino de oír a Cervantes, a quien jamás tuve altura para servir, ni categoría para ganar enemigos como Lope de Vega, pero sí amor para admirar una tradición cultural lejos de la pretendida originalidad.
“De mi niñez conservo la escena de mi madre leyéndole a mi abuelo, casi ciego, las páginas de El Quijote”



