SEVILLA: EL MITO Y LA MEMORIA

La reconstrucción literaria de una ciudad idealizada desde Bécquer a Antonio Burgos

IGNACIO CAMACHO

Si un investigador, un estudioso o, simplemente, un lector comprometido tratase de rastrear el paisaje de Sevilla según el canon de sus trasuntos literarios, se perdería en la perplejidad laberíntica de una certeza inesperada: Sevilla no existe. Al menos, no existe en la medida en que existe la Venecia de Mann, el Buenos Aires de Borges, el París de Hemingway o la Florencia de Forster; ciudades en cuya piel es posible rastrear los sustratos reales sobre los que se asienta el mito. En Sevilla, por el contrario, la reconstrucción literaria sólo dibuja el bosquejo de un sueño, un territorio imaginado e irreal que los viajeros de la palabra y el tiempo han ido evocando desde el interior de su propia conciencia.

De Bécquer a Cernuda, de Romero Murube a Antonio Burgos, de Juan Sierra a Manuel Halcón, la literatura no ha hecho sino inventar en torno a Sevilla una ensoñación mítica de divagación y de memoria. Primero los viajeros románticos, fascinados por el envoltorio exótico de la leyenda, y luego los poetas del 27, enrocados en la melancolía de la añoranza, crearon el perfil de una ciudad imposible levantada en el mapa difuso de los sueños. Un escenario irreal, brumoso, que se despliega con toda su potencia de encantamiento para levantar la formidable su gestión de una quimera.

Sin duda, el elemento central de ese mito sentimental emparentado con la fantasía del paraíso perdido es Ocnos, esa especie de  ensoñación proustiana con que Cernuda aborda, desde el exilio escocés, el viaje al corazón tenebroso de su dolorida memoria. Ocnos, el libro que sitúa a Sevilla como territorio literario de primera magnitud, contempla en la distancia una ciudad idealizada por un niño, es decir, doblemente sometida al proceso de ensoñación de la conciencia. Ya través de su potente magnetismo fija el mito del edén urbano con la devastadora eficacia de un paradigma universal.

Ese paisaje idealizado como un escenario simbólico, dibujado también en el itinerario sentimental de la Sevilla en los labios de Romero Murube, se superpone a la visión regeneracionista de un Chaves Nogales e incluso al paisaje real y objetivo de la ciudad levítica que sirve demarco al acto fundacional de la Generación del 27, promovido por un personaje que es en sí mismo una síntesis de la realidad y la leyenda: Ignacio Sánchez Mejías. No por casualidad, y sí por un oscuro y nada caprichoso guiño del destino, el propio Cernuda ocupará en esa sesión un lugar secundario, ausente de la foto histórica y confundido entre el público junto a la mayoría de los miembros del grupo Mediodía. Un grupo –Sierra, Llosent, Laffon, Porlán, el propio Murube— significativamente condenado tras la guerra civil a un exilio interior desde el que seguirán reinventando la conciencia de una ciudad soñada, quimérica, espejo de la memoria derrotada de la armonía, la belleza y el deseo.

Esa línea de reinvención estética y moral, que pasa por la dulzura nostálgica de un Rafael Montesinos y llega encierta forma hasta la enérgica brillantez requisitoria de Antonio Burgos –el último, por ahora, notario de la identidad mítica de Sevilla--, ha definido con rasgos de hondura melancólica la rebeldía de la memoria colectiva ante una realidad en progresiva decadencia y prosaico declive social. De algún modo, el destierro emocional, el lamento elegíaco por “los cielos que perdimos” –otra vez el nostálgico Murube, apesadumbrado héroe civil de un siglo de llorosas derrotas-, constituye la expresión sui géneris de una cierta elegante rebeldía ante lo inexorable de la evidencia histórica. La Sevilla mediocre del tópico, el atraso, la languidez agrarista y el narcisismo folklórico, se reinventa a sí misma a través de la sensibilidad herida de sus hijos más conscientes de la bitácora de decadente amargura que rige la secuencia real del curso colectivo. Y de esa recreación, artificiosa y conmovida, surge el esplendor ficticio que los “albanios” del exilio sentimental evocan como paliativo de su conciencia malherida por la destrucción del sueño.

Es la ciudad imposible del mito literario la que aún palpita en los detalles que se esconden entre los pliegues de la realidad como fósiles rescatados por la arqueología de la memoria. La que esboza el vuelo de los vencejos al atardecer alrededor de la Giralda, la que rebota en el silencio del compás de algún convento del casco histórico, la que rebuscan los sevillanos más intimistas al paso de alguna cofradía nocturna por las calles del dédalo misterioso de su conciencia. La ciudad imposible frente a la ciudad inevitable, el eco de los sonidos de la infancia frente al estruendo de una contemporaneidad envilecida, el rastro de la autenticidad primigenia frente a la suplantación de una gran superchería tecnocrática. El halo de los sueños perdidos que envuelve aún, como una efímera neblina del Guadalquivir disuelta por los rayos implacables del sol de la Historia, el secreto de la ciudad perdida entre los recovecos de su maltrecho renombre.

Los poetas del 27, enrocados en la melancolía, crearon el perfil de una ciudad imposible levantada en el mapa difuso de los sueños