Velintonia 3

Una casa que acogió siempre a poetas de diferentes generaciones

FERNANDO DELGADO

Era un gozo oír hablar a Vicente Aleixandre de su generación del 27, especialmente emocionado en el caso de Lorca

Un buen día de finales de los sesenta unos cuantos amigos conseguimos que Pablo Neruda, camino de Chile, bajase al Puerto de Tenerife para departir con él durante unas cuantas horas. Nos confesó entonces que deseaba volver a Madrid por los mariscos de Cuatro Caminos, bromeó, pero sobre todo por regresar a Velintonia. Con el nombre de la breve calle madrileña en cuyo número 3 estaba, nombraba Neruda como muchos otros la casa de Vicente Aleixandre. Neruda aspiraba a volver, yo a descubrirla; Velintonia era algo más que una casa y una calle.

Poco tiempo después de que arribara a mi isla José Luis Cano, granamigo y frecuentador de Aleixandre, y por sumediación, llegué a Velintonia. Pronto disfruté de la cercanía del poeta que tanto admiraba y, viviendo en Madrid, ya en los 70, comprobé el secreto de la que conrazónfue llamada casa de la poesía. No era otro que la pasión de su anfitrión por la poesía, en primer lugar, pero fundamentalmente la enorme dimensión humana de Aleixandre, proyectada en la amistad desde el espacio de su exilio interior, en su obligado reposo de enfermo, siempre inmerso en el entusiasmo que se desprendía de su curiosidad por todo. Su relación con los amigos, y tuve la fortuna de encontrarme entre ellos, no solía desarrollarse en grupo, aunque sucediera a veces, sino en el tú a tú de las visitas de cada cual que le permitía interesarse generosamente por nosotros en intimidad, sin que hubiera cosa pequeña para él en cuanto nos sucedía. Nos divertía luego a los amigos comunes comprobar hasta qué punto estaba al tanto de nuestras juveniles correrías nocturnas, antes de que nosotros mismos se las contáramos, casi participando de ellas, o cómo contrastaba las versiones de lo que le contaban unos y otros, sin apenas salir de casa, comono fueraundía a la semana al cine y otro a la Academia. Por Aleixandre sabíamos también los unos de los otros, y él de todos a la vez, ya fuera de Hierro, Brines, Nieva o Claudio Rodríguez, pormencionar tan sólo a algunos amigos próximos. Pero susmás puntuales informadores eran el propio Cano y Carlos Bousoño, que lo veía cadamediodía. Y entre los jóvenes de entonces, Luis Antonio de Villena y Vicente Molina Foix, más mundanos y picarones. Si la literatura entusiasmaba a Vicente, no menos la vida y sus peripecias, pero cauteloso y prudente, ceremonioso y formal, llegaba a desmelenarse con contención entre los íntimos y gustaba del desmelene de los otros. Y como de la vida tenía tan buenamemoria como de la literatura, y poseía para recordarla a quienes le visitábamos una enorme capacidad descriptiva, era ungozo oírlehablar de su generación del 27, especialmente emocionado en el caso de Federico García Lorca y la invasión de su alegría. Recordaba con comprensión al difícil Cernuda, con admiración a Alberti y con cariño de hermano a Dámaso Alonso. A través de sus palabras revivía uno las aventuras de Lorca en la Residencia de Estudiantes o el vitalismo de Miguel Hernández, subiéndose a los árboles del jardín de Velintonia o derramando sobre la cama de un Aleixandre enfermo las naranjas que traía de Orihuela. Sin ellos, y sin todas las historias y emociones de los años de Velintonia, con sus secretos, complicidades y afectos, estoy seguro de que Aleixandre no se hubiera reconocido a sí mismo: solo, era todo lo contrario a un hombre solo. Temeroso, pero fuerte, que siempre, desde su soledad impuesta, solidario y comprometido con el país que sufría una dictadura.

Si resultaban fascinantes los viajes al pasado con él, a través de vidas y obras, y a pesar de que en las visitas se ocupaba siempre más de la obra de los otros quede lapropia, sinque la cortesía y la generosidad le impidieran el justo criterio, también nos ofrecía a veces el disfrute de los adelantos de su poesía en propia voz. Lo vuelvo a oír ahora paseando en su diván por las páginas, nuevas entonces, de Poemas de la consumación, o en otro de nuestros encuentros inolvidables, dubitativo, confesándome que estaba escribiendo un libro que no sabía si se trataba de un libro de poemas. Hablaba de Diálogos del conocimiento, una obra tan hermosa como singular que por su rareza justificaba su duda.

Ahora, Velintonia no es el nombre de la calle que dabanombre a la casa,ni el de la casa que tomó el nombre de la calle. En la calle figura, contra su gusto, el nombre de Vicente Aleixandre. Pero en el número 3 de Vicente Aleixandre hubo una casa que se quedó sin vida el día en que enterraron su espíritu con su dueño. Si, como Neruda ayer, quisiéramos volver hoy a Velintonia, tendríamos que localizarla en los mapas del sueño o la memoria.