La literatura olvidada
En 1934, Gerardo Diego amplía el censo de poetas del 27 incluyendo sólo a Ernestina de Champourcín ya Josefina de la Torre
ROSA ROMOJARO
Concha Méndez mostró, tanto en su vida privada como en sus primeros versos, un claro espíritu vanguardista
Tanto en el prólogo de su Poesía española. Antología 1915-1931, publicada en 1932, como en el de la versión de 1934, Poesía española. Antología (Contemporáneos), Gerardo Diego nos da cuenta de los criterios que le llevan a introducir en su selección a unos poetas y no a otros. En principio constriñe su relación a aquellos que opinan -frente a una "poesía literaria"-, que "la poesía es cosa distinta (...) de la literatura", y manifiestan esta "altura de intención y pureza de ideales", habiéndola ya logrado por la calidad de sus versos, en libros que permiten al lector una "contemplación lenta y atenta" de su obra, marcada por un "firme y personal estilo (...), sin tutelas ni vacilaciones". Resalta, asimismo, la "mutua estimación y amistad" de los antologados, conducidos por este "programa mínimo e idealidad común". En esta primera versión, la nómina se reducía a diecisiete poetas, entre los que figuraban los que luego la historia literaria ha ido consolidando como generación del 27. En la segunda edición, los postulados de la primera se mantienen, ampliándose las fechas de encuadre, ahora, desde principios de siglo, coincidiendo con la renovación de los modos poéticos que supuso la obra de Rubén Darío, y hasta 1934, fecha de esta segunda edición. En 1934, atendiendo al cambio de fechas y al concepto de contemporaneidad, Diego amplía el censo de poetas de su Antología hasta un total de treinta y uno, e incluye entre éstos a dos mujeres, Ernestina de Champourcín y Josefina de la Torre, considerando, probablemente, que sólo las dos se adecuaban a sus parámetros para formar parte de ella. Desde la distancia, desde este siglo XXI en el que estamos, podemos preguntarnos: por qué no incluyó a Concha Méndez, por ejemplo. Otros se han preguntado, a su vez, por Rosa Chacel, por Carmen Conde, e incluso por otras poetas que desarrollaron su actividad literaria en estos años. Así, Emilio Miró, en su Antología de poetisas del 27 (1999), nos ofrece distintos listados de críticos e historiadores, ciñendo su propio cómputo a cinco nombres: Champourcín, De la Torre, Méndez, Chacel y Conde. Pero, por qué Gerardo Diego, que estableció, de alguna manera, el canon, y escribió de los hechos in situ, se olvidó de las tres últimas. Con respecto a Rosa Chacel, seguramente, porque no había publicado libros de poemas en las fechas de las antologías - el primero, A la orilla de un pozo, data de 1936- ; por otra parte, Chacel había irrumpido en el panorama literario como novelista (Estación. Ida y vuelta, 1930), juzgando ella misma que sus versos iniciales estaban aún demasiado apegados a lo académico. En cuanto a Carmen Conde, publicó su primer libro de poemas en prosa, Brocal, en 1929 (parece ser que tambiénella consideraba que sus poemas en verso adolecían de excesiva retórica, encontrando en el poema en prosa un modo de limar lo que entendía como defecto; hasta 1945 no publicó Ansia de gracia, primera colección de versos). Sólo tenía, pues, un libro de poemas publicado en 1934 -el siguiente lo editó estemismo año-. No nos puede extrañar que esta poeta no entrara a formar parte del grupo de seleccionados. Pero, ¿y Concha Méndez, que tenía publicados tres libros de poemas al comenzar 1932 y cuatro en 1934, así como varias obras de teatro? ¿Pudiera ser, justamente, por esto: porque la autora había manifestado en más de una ocasión que su verdadera vocación era el teatro? ¿O Diego pensó que, con haber incluido a Altolaguirre, la familia ya estaba bien representada? ¿Quizás consideró que toda su obra eran sólo tanteos literarios y que no había encontrado todavía su auténtica voz? Me inclino a pensar que fue por este motivo, porque si hubiéramos de señalar a una poeta que, tanto en su vida privada como en sus versos primeros, mostrara un claro espíritu vanguardista, a pesar de las evidentes "tutelas", señalaríamos a Concha Méndez. Sin embargo, es cierto que su primera vocación fue el teatro, y que fue la que más hubo de luchar contra los prejuicios del entorno familiar (ni siquiera le permitían leer libros encasa), y que, quizás, por esta oposición del medio, era la que ofrecía más puntos débiles en su formación literaria. Pero también es cierto que su libro Vida a vida (1932), nosmuestra ya una vozmadura y personal, caracterizada por la tensión entre el sentimiento amoroso y la angustia existencial, que vemos continuada en Niño y sombras (1936),para, luego, vencida la poeta por la vida (muerte del hijo, exilio, abandono de Altolaguirre...), sumergirse en los sueños y en las sombras, al tiempo que volvía, formalmente, al neopopularismo heredado. Algo semejante le sucedió a Josefina de la Torre, niña prodigio (la revista Alfar recoge sus primeros textos en 1923), artista polifacética, apadrinada por Salinas en Versos y estampas (1927), suprimer poemario... Eneste libro lapoeta recoge sus recuerdosde infancia y el espacio insular que la rodea,mediante una imaginería acorde con las vanguardias, llena de sugerencias. Tras el segundo, Poemas de la isla (1930), centrado en el mismo referente insular ymarinero, no volvió a publicar una colección de poemas hasta 1947, Marzo incompleto. Una cuarta entrega culmina su obra poética, Medida del tiempo (1989), donde la autora explaya toda su melancolía, inmersa en el recuento de un pasado de esperanzas, junto a un presente de derrota y soledad. También la vida y la historia, pues,marcaron un rumbo de silencio y frustración en esta poeta, que había dado sus logros más prometedores en los años en los que el grupo se afianzaba. Pero la que quizás reúna, tanto en estos momentos como en toda su trayectoria, el cúmulo de condiciones que Diego apuntaba (afinidad con el grupo, concepto de la poesía como algo distinto a la literatura, voz personal, maestría desde sus versos primeros, temprana solidez en su obra, entrega incondicional a la palabra poética...) sea Champourcin. Después de adiestrarse en el oficio del verso a través de los poetas modernistas y tras sobrepasar con éxito el bautismo de fuego de sus primeros poemarios (En silencio y Ahora, 1926 y 1928), publica La voz en el viento (1931), probablemente el libro que influye en la decisión de Diego. Aquí, sin olvidar el magisterio de Juan Ramón Jiménez, se adentrará en el misticismo, tras una trascendencia que, al fin, la conducirá a Dios. Sobre él girará y se desbordará la pasión que siempre acompañó a su poesía. Incluso en los poemas más enardecidos de amor humano, los de Cántico inútil (1936), el último libro que publicó antes del exilio, Dios estará presente. Después, años de silencio creador, hasta que en Presencia a oscuras (1952), vuelva a retomar su voz con la misma fuerza e intensidad de siempre. Despojándose, esencializándose. Cuando regrese a Madrid (1972), sola (su marido, Juan José Domenchina, habrá ya muerto en 1959), el "júbilo" de su verso se remansará en un presente no reconocible que la lleva al pasado: Primer exilio, Las paredes, las tapias, Los encuentros frustrados... son títulos significativos del regreso. Sólo la cercanía del fin, la esperanza en la luz, "los dones del vacío", sostendrán su vida y su obra. Ni el exilio exterior ni el interior, provocado por ausencias y abandonos, la hicieron claudicar.
Rosa Chacel y Carmen Conde no fueron antologadas hasta 1999, por su principal dedicación a la novela



