Nuevo escorzo para el Góngora del 27
La imagen unitaria y cohesiva del grupo, entorno a la común devoción gongorina, es un tópico que estalla
JOSÉ LARA GARRIDO
Hace tiempo que dejó de ser sostenible la estampa edulcorada de los fastos con que la llamada generación del 27 homenajeó a Góngora con un programa de excepcionales repercusiones (“Nunca centenario alguno de artista español -marcaba pronto, distanciándose, Cernuda- fue tantraído y llevado”). Ni siquiera resulta posible entonar en cualquiera de sus variantes la brillanteparadojaque formuló alguna vez Max Aub: “No fue Góngora quien influyó en la nueva generación […] me atrevo a decir que fue esta generación la que influyó en el gran poeta”. Los del 27 fundaron una apuesta de legitimación que vino a consagrarlos como grupo hegemónico, reteorizando con voluntad de permanencia un complaciente y narcisista relato cuyo sentido supo desvelar, antes que nadie, Juan Ramón Jiménez (si “se apresuran a hacer rápidamente la historia literaria de esta época” es para disfrutar “de la fama que ellos mismos se crean”). Por fortuna para la exigida revisión a fondo de las motivaciones, la exacta secuencia de los hechos y las dimensiones y sentido de los mismos, a la interesada memoria escrita por los “tres mayores gongorinos” Gerardo Diego, Dámaso Alonso y Rafael Alberti) se sobrepone ahora la transparente locuacidad de los epistolarios, dados a conocer completa o parcialmente, entre Diego, Cossío, Salinas, Guillén, Alonso, Artigas y Reyes.
La tan traída y llevada fotografía del grupo en el Ateneo de Sevilla sólo inmortaliza al 27 en lamedida exacta de constituir un cierre ceremonial en el que ya estaba ausente Góngora. Su celebración oferente se había clausurado unos meses antes, cuando Diego proclamó el final de “nuestro compromiso” con un “Adiós don Luis, hasta el siglo que viene”. En el diciembre hispalense el “¡Viva don Luis!” lanzado por los oficiantes al pasar por Córdoba sólo nutriría ya la coronación de Dámaso Alonso como intérprete de las esencias gongorinas. Desde este punto de fuga hay que retrazar los pasos errantes de la “capilla gongorina”. Para que el viraje hacia Góngora, inicialmente no previsto (a la altura de 1925 Diego afirmaba respecto al rescate del autor de las Soledades que “es demasiado pronto, demasiado nunca para que el milagro se haga”), se pudiese producir fue necesario el éxito previo de un calculado ensayo de aleación entre vanguardismo y rescate. Como laboratorio a pequeña escala del centenario hay que analizar el proceso de promoción de un clásico desconocido, arbitrariamente reinventado y pronto impuesto con la seguridad de haber dado “un golpe firme”. Ante el audaz promotor del“golpe sobre seguro” que había supuesto en 1924 la enseña de Pedro de Medina Medinilla se abrió entonces el abanico de posibilidades en que refrendar su propia creación, y en el que antecedían por afinidad electiva el “Bocángel raro” y el dilecto Lope. La iniciada empresa de rescate de la poesía del Fénix fue estratégicamente cambiada porque su centenario (en 1935) quedaba demasiado lejos para el ansia compulsiva de “remover el estanque”. Con Góngora como “grito de guerra”, bajo “la improvisada y amistosa tertulia”, luego “asamblea gongorina”, resalta la eficaz silueta de Gerardo Diego, conductor de toda la operación con aquellos “plenos poderes dictatoriales” que Dámaso le solicitara desde el principio. Aunque el proyecto de ediciones y festejos se articuló muy tarde (contra el aviso de Salinas de que “hay que prepararse contiempo”), el autor de Versos humanos estuvo dispuesto desde el primer momento a conducir su apuesta contra viento y marea. “Yo en último caso celebro el centenario solo” (apostillando en otra ocasión: “y luego lo contaré para inmortalizarlo, naturalmente”). No se equivocaba del todo Juan Ramón Jiménez en el fragor de la revuelta: “Góngora pide director más apretado y severo, sin claudicaciones ni gratuitas ideas fijas”.
Max Aub sostuvo que no fue Góngora quien influyó en la nueva generación, sino que fue esta generación la que influyó en el gran poeta
LAS TENSIONES DEL HOMENAJE
La imagen unitaria y cohesiva del grupo en torno a la común devoción gongorina es otro tópico que estalla. La fuerte tensión sostenida agrietó el proyecto y agrió, aunque en menor medida, las relaciones. Con las cartas asistimos a los silencios de Artigas, a la rocambolesca historia del extravío de la edición ultimada de las Letrillas por Alfonso Reyes, al oscurecimiento del Alberti, cuyo acopio de versos de homenaje, que a Diego no le pareció“gran cosa”, se desvió al espléndido retablo cubista de Litoral, a la reprimenda de Altolaguirre a Dámaso Alonso (“ni siquiera has sido para darnos tu colaboración”). Más aún, al repliegue, ante el omnívoro monopolio damasiano en la interpretación de Góngora, de Salinas y sobre todo de Guillén, que militando “en el gongorismo activo” desde 1924 no tuvo interés en ultimar el volumen de Octavas, cuyo camino teníamedio andado con la edición anotada del Polifemo. Fuera de los homenajes, el rescate editorial de Góngora constituyó un fiasco. Desde su nacimiento no fue otra cosa, como muestran los Romances de Cossío, que un retrogongorismo divulgativo que parasitaba la edición completa que R. Foulché Delbosc había dado a luz en 1921. ¿Y la edición de las Soledades preparada por Dámaso Alonso en que se ha hecho descansar los inicios del moderno gongorismo? A la vista de sus efectos puede asegurarse que supuso una abusiva quiebra en la lectura de Góngora. Una falsación experimental de la poesía en prosa que no iba a ejercer de lectura-guía sino de lectura autoritaria, interponiéndose como constante filtro en el disfrute de Góngora, que incorporaba de forma inconfesada y discrecional a los comentaristas clásicos, despojándolos de su precisa instrumentalidad para el conocimiento del clásico.
Hoy, cuando la correspondencia entre Góngora y el 27 hay que sustituirla por la tangencialidad de dos órbitas desiguales (una en creciente sostenido, otra en reajuste permanente), es el momento también de realzar otras formas de lectura ensayadas por poetas del grupo. Frente a la dominante en el centenario, la de “radiante unidad” con “reverberaciones de esmalte” (Diego), la de la metafísica formalista de imágenes ymetáforas en fuga irreal de la materia (la “hiperluminosidad” de Alonso), las intuiciones profundas –aunque parciales- de Lorca y Cernuda.
Acicate y reclamo para la genealogía de una lectura abierta, una hermenéutica casi infinita que empieza a decir adiós a Dámaso Alonso. En ella encaja la “mecánica imaginativa” con que el poeta granadino vio a Góngora moldeando amodo de un gran creador demitos tanto las “sensaciones astronómicas” como los "detalles nimios de lo infinitamente pequeño”. Y encuentra sólido acomodo la imagen cernudiana del artista entregado a su obra, volcado en la honda tarea donde todas las tendencias se armonizan porque son “aspectos de una misma verdad”.



