CLÁSICO
EL “CANTAR DEL CID”: POESÍA E HISTORIA
Se cumplen ocho siglos del Mío Cid. Un poema concebido para ser representado
FRANCISCO RICO
Diz que en el año que corre el Cantar de Mio Cid cumple ocho siglos. Es verdad y no es verdad, igual que ocurre con tantos otros centenarios como nos abruman. El Cantar está más cerca de tener novecientos que ochocientos años, pero el 1207 sin duda marca en su historia un momento significativo: a esa fecha, probablemente (porque seguro no lo es), se remonta la más antigua copia del poema de que nos ha llegado noticia. Sea como fuere, cualquier motivo es bueno para leer un texto que se cuenta sin duda entre las obras maestras de cualquier época de la tradición española.
El primer Cantar de Mio Cid nunca fue escrito, ni menos se concibió para ser leído. Nacido cuando mediaba el sigloXII, en tierras del alto Duero, un juglar lo compuso no ya para presentarlo, sino para representarlo ante un público, en medio de él, convirtiendo la narración en acción suya, del propio intérprete, y moldeándola de acuerdo con las perspectivas y los intereses del auditorio.
Como toda poesía épica, era la celebración vigorosa de un héroe, pero, excepcionalmente, de un héroe cercano. La mayoría de las epopeyas se sitúa en un remoto pasado legendario; el recuerdo de Rodrigo Díaz de Vivar, muerto sólo unos decenios antes, se mantenía fresco en muchos aspectos, y sobre todo como espejo ideal de los caballeros que poblaban la Castilla fronteriza, perpetuamente en pie de guerra para conquistar, no las tierras, sino las riquezas de los moros.
El juglar no sabe gran cosa sobre el Campeador, no ha leído (es fácil que no supiera leer) ninguna biografía, ningún documento. Tiene noticia de algunos sucesos que alcanzaron enorme resonancia (el destierro decretado por Alfonso VI, la conquista de Valencia), le suenan los nombres de muchos amigos y enemigos de Rodrigo, ha pisado el terreno en que quedan ecos o anidan leyendas de las proezas del héroe... Con esas piezas sueltas intenta revivir la parábola del Cid, de modesto infanzón a pariente de «los reyes de España», y plasmarlo en una pintura de cuerpo entero. A cada paso se equivoca, inevitablemente, y confunde tiempos y lugares, personajes y acontecimientos.
Pero equivocarse no es mentir ni querer engañar. El juglar dispone los datos que posee o cree poseer en la secuencia que le parece capaz de explicarlos como conjunto, dibuja la armazón o cañamazo que les da sentido global a la luz de las actitudes del momento en que canta y cuenta. Ese esfuerzo de comprensión no puede sino pasar por la imaginación poética y asumir forma narrativa. El Rodrigo del Mio Cid se nos pinta, por ende, con espléndidos trazos realistas, fieles a la experiencia de la vida, pero a la vez con la aureola de los mitos; con una verdad de hombre y una grandeza de héroe igualmente admirables como historia y como poesía (o, quizá, incluso como novela). En la Castilla fronteriza, para el común de los mortales no había entonces otra posibilidad de historia.
Una de las metas esenciales del Cantar era que el Cid les pareciera a los oyentes tan vecino como elmismo juglar. Si el ensayo de reconstrucción general de la carrera de Rodrigo procuraba hilvanar verosímilmente los retazos de información disponibles, la elaboración de los por menores estaba presidida por un deseo de autenticidad sin parangón en la epopeya de la Romania medieval. No hay que pasar del comienzo para advertir que los rasgos más notorios del Campeador, apenas sale a escena, no son el ímpetu y la extremosidad distintivamente épicos, sino talantes y sentimientos que pertenecen al ancho campo de las experiencias posibles en cualquier hombre: «De los sos ojos tan fuertemientre llorando...».
Así en toda ocasión. Las cualidades heroicas van siempre en el protagonista conjugadas con una infalible humanidad, y con frecuencia el poema se demora en mostrárnoslo en la vida diaria, en las horas bajas, en la adversidad, exactamente al revés de como el público esperaba que se lomostrara una canción de gesta. Ese Cid en tonomenor, incluso –diríamos-“en zapatillas”, trasluce singularmente la mentalidad histórica del juglar, para quien el realismo de los detalles es un apoyo a la verosimilitud de los grandes ingredientes del relato, pero, dando un vuelco extraordinario a la tradición épica, supone a la vez una originalísima voluntad y un deslumbrante logro de poesía.
La versión más antigua que conocemos, copiada unos decenios después, no traiciona sustancialmente el originario carácter oral ymímico, ni renuncia a la orientación dominante desde elmismo punto de partida: acercar el mundo de los protagonistas, y en particular la figura de Rodrigo Díaz, al ámbito de vivencias y referencias de los espectadores. A esa orientación se plieganlos principales factores del argumento, la estructura y la ideología, desde los recursos menudos de la manera de contar hasta los grandes trazos en la selección y disposición de la materia, pasando por los perfiles y matices de los retratos o por la imagen de la sociedad que les sirve de fondo: una sociedad en armas, permanentemente dispuesta para el ataque y el saqueo que conducían a la riqueza y al señorío, y en cuyo horizonte el Cid se recortaba como arquetipo ideal y sin embargo accesible.
El primer Cantar nunca fue escrito. Un juglar lo compuso cuando mediaba el siglo XII para representarlo ante un público
UN LIBRO PARA TODOS
¿De verdad crees–me han preguntado alguna vez– que cualquiera puede leer el Cantar del Cid?” “Pues sí –he respondido–, cualquiera que pase un buen rato con el Lazarillo, La de Bringas o Tiempo de silencio, difícilmente dejará de disfrutar con el Cid”.
La trama del Cantar es a la vez sencilla y apasionante: el héroe que sale al destierro y vuelve los ojos, empañados de lágrimas silenciosas, al hogar que acaba de perder; la necesidad de ganarse el pan -así mismo se dice- con las armas; la torpe afrenta que lo hiere en lomás vivo, en sus hijas, y el sereno esfuerzo para que se haga justicia... El lector menos pretencioso puede enfrentarse con el Cantar como si se tratara de un relato de aventuras, buscando emociones y lances, y no sólo los encontrará, sino que acabará prendido por la calidad poética y la elocuente simplicidad de la historia. Pero es fácil que al lector más curtido le ocurra exactamente al revés: de rastrear especialmente los matices propios de la mejor poesía, pasará a fascinarse con el tirón de la intriga y el atractivo humano de los personajes, como en elmás decimonónico de los novelones. ¿Quién, en uno o en otro nivel, no apreciará el Cantar del Cid? Un buen libro permite muchas lecturas. Es cierto que la lengua del poema puede velar algunos pormenores a quiencarezca de la adecuada preparaciónfilológica, pero el castellano medieval no es el anglosajón del Beowulfo, ni siquiera el francés de la Canción de Roldán, indescifrables para los hablantes de hoy: cualquiera que tenga el español como propio puede seguir sin mayor problema las líneas principales del Cantar. Quien no pretenda más que pasar un rato entretenido tampoco tiene por qué hacerle ascos a una buena traducción moderna, enprosa o enverso. ¿O es que todos hemos leído en el original Moll Flanders, Madame Bovary o Ana Karénina? Creer que la lengua es un impedimento para gustar el Cid supondría renunciar a conocer tantísimos otros grandes libros compuestos en un idioma que no nos es familiar.
Pero quien quiera en un momento disfrutar la obra sin problemas y en otro momento tener a mano una información exhaustiva sobre el Cantar debe recurrir necesariamente a la espléndida edición del poema que ha preparado Alberto Montaner Frutos en la Biblioteca Clásica publicada por el Círculo de Lectores, Galaxia Gutenberg y el Centro paral a Edición de los Clásicos Españoles (Barcelona,2007). Ahí encontrará un texto limpio, sin signos estrafalarios ni rompecabezas de especialista, pero a la vez establecido con la máxima erudición, y acompañado a pie de página de unas notas claras y precisas, que resuelven todas las dudas y curiosidades que puedan presentarse. Pero, por otro lado, en el prólogo y los complementos, hallará un tesoro de datos, materiales e ilustraciones que le permitirán profundizar hasta en los mínimos aspectos del Cantar.
De hecho, para cada lector existe una versión o edición a la altura de su formación e intereses. Pero el trabajo de Alberto Montaner contiene todas las versiones y todas las ediciones.



