La soportable inutilidad del pregón literario

Repaso irónico a la historia del pregóncomo género literario

JUAN JOSÉ TÉLLEZ

Antes de que lo encerraran en el manicomio de Cádiz, el cantaor Macandé pregonaba caramelos por las calles, pero a compás, instaurando un palo que todavía persiste en el laberinto sonoro del flamenco. Quizá esa sea la mayor trascendencia artística que en nuestro país haya adquirido dicho género, el del pregón, que ha pasado de ser un entenado de la oratoria para convertirse en una de sus cumbres, a medida que fue perdiendo empaque el parlamentarismo.

El asturiano JoséManuel Vilabella acierta al calificar al pregón como “un género literario inútil, pero un inútil bien relacionado: pariente de la homilía, primo de la arenga, cuñado del mitin”.

“Los pregones –afirma-- están hechos de palabras de purpurina y nadie ha pasado a la Historia por pronunciar pregones sublimes y ningún editor ha publicado jamás un grueso tomo que indique en el lomo: «Los mejores pregones de la lengua castellana». Son discursos que están hechos con palabras de usar y tirar y el público, con buen criterio, los oye como el que oye llover y si porunoído les entrapor el otro les sale tan guapamente. Hay pregoneros informados y otros no saben por dónde se andan, los hay plúmbeos y ligeros, divertidos y pesadísimos, desvergonzados y discretos, científicos y literarios; hay gente que los hacen de balde y otros, los de fuera, los madrileños, cobran una fortuna por decir esta boca esmía”.

España se pregona como un rancho de pescado, como el alcalde de Bienvenido Mr. Marshall que debía una explicación a  sus vecinos o como la romería vikinga de Catoira en Pontevedra. Desde el pregón literario de Sant Jordi, en Barcelona, al taurino de Sevilla –donde Carlos Fuentes sentenció que“el toreo no es lucha de clases sino de castas”-- en este país lo único que se rompe es la voz de sus pregoneros. Lo menos parecido, hoy por hoy, a un pregón literario son los pregones de la Feria del Libro, que salvo excepciones lo que más llegan es a conferencia erudita o a descarada presentación de best-sellers.

El pregón cobró auge, paradójicamente, bajo el tiempo de silencio de la dictadura, que también puso en valor a los rapsodas y a los mantenedores de vendimias. Muchos de sus maestros fueron andaluces, como los gaditanos Francisco Moreno Galvache o Jesús de las Cuevas, o el malagueño José Carlos de Luna, recreador de la leyenda de El Piyayo. Sin embargo, resulta curioso que un pregón con tanto predicamento como el de la Semana Santa de Sevilla no haya sido  puesto en las manos expertas de algún escritor católico de la talla de Manuel Halcón o Manuel Ferrand, por citar sólo a interfectos.

Hay pregoneros informados y otros no saben por dónde se andan, los hay plúmbeos y ligeros, divertidos y pesadísimos, desvergonzados y discretos, científicos y literarios

Fernando Quiñones lamentó que se reeditaran algunos de los artículos de su mentor José María Pemán, que solía salvar su periodismo del naufragio de su restante obra literaria: “A este paso, los amigos de Pemán sólo podremos decir que era unorador estupendo”, protestaba.

Las palabras se desvanecen en el aire, pero a veces terminan en los atestados policiales. Las del propio Fernando, por ejemplo, cuando tuvo que pronunciar el pregón de las fiestas patronales de Rota y, tras advertir que la devoción mariana no formaba parte de su equipaje religioso, obsequió a la concurrencia con una lectura de su relato El armario, trufada de palabras contundentes quemotivaron repulsas e intentos de agresión por parte de los feligreses. De hecho, tuvo que ser escoltado por la policía local hasta un municipio vecino.

Y es que no cabe duda de que el pregón es un deporte de riesgo, tal y como evoca el profesor universitario Álvaro Ruiz especto a su debut en el género durante las fiestas de Colombres:“Tuvo lugar enmedio de unas condiciones totalmente lamentables, porque el presentadorme advirtió que el tablado del escenario, donde luego actuaría la gran orquesta Melody de Cambados, tenía unos cuantos listones demadera que no estaban bien sujetos y se movían de forma inquietante, existiendo la posibilidad de que acabáramos ambos, presentador y pregonero, mordiendo el césped, ante la hilaridad general del distinguido concurso; así que no podíamos movernos de un reducido círculo de tiza que la comisión había pintarrajeado para evitar males mayores. Entre el calor sofocante de la tórrida tarde, lamúsica de las Supremas deMóstoles, saliendo de los terribles altavoces de la barraca de coches de choque de Autos Gómez, y la inmovilidad de la postura, conunmicrófono cuyomecanismo sehabía desquiciado y no subíamás que a la altura de los hombros, la lectura de aquel pedazo de pregón se convirtió en una pesadilla que solo acabó cuando el alcalde, sinceramente conmovido por el jaez de las circunstancias,me dio unas palmadas de felicitación yme llevó a comer un rodaballo al horno que, todavía hoy cuando lo recuerdo, me produce espasmos y contracciones de placer”.

Lo terrible del caso es que aunque sea soportable no es preciso un pregón para que se celebre una fiesta, ya sea demoros y cristianos o de poetas cuánticos. He ahí su encanto: el mayor elogio que puede tributársele al pregón es argüir que no sirve paranada. Como las mejores artes.

El pregón ha pasado de ser un entenado de la oratoria para convertirse en una de sus cumbres, amedida que fue perdiendo empaque el parlamentarismo