CLÁSICO

CALÍMACO DE CIRENE

LUIS ALBERTO DE CUENCA

Lo he dudado mucho, pero al final su nombre se ha ido abriendo paso en cabeza del pelotón por los pasillos demi educación sentimental, prevaleciendo sobre los de Homero, Eurípides, Virgilio y Horacio, que son, por muy diversas razones, los otros responsables máximos de mi paideia dentro delmundo clásico stricto sensu. Intentaré explicar el porqué de mi elección.

Entre 1969 y 1973 estudié Filología Clásica en la Universidad Autónoma de Madrid. El adalid de la especialidad era ni más ni menos que mi maestro Manuel Fernández-Galiano, príncipe de helenistas. Fue él quien tiró de mí cuando dejó la Complutense para pasarse con armas y bagajes a la Autónoma. Me había dado clase de griego en primero de Comunes y la admiración que me inspiraba, unidas a la mala noticia de que mi novia y yo no íbamos a compartir aula en segundo de Comunes por la simple razónde que mi apellido empezaba por C y el de ella por M, me hicieron trasladar mi expediente a la Universidad Autónoma conla celeridad de un cohete.

Galiano era un gran conocedor de casi todo en la antigüedad helénica, peromuy especialmente de la poesía epigramática compilada en la celebérrima Antología Palatina. Al comprobar que le había salido un discípulo proclive al alejandrinismo— publiqué por aquel entonces mis primeros libros de poesía, inspirados por laliteratura griega de época helenística—, me propuso realizar mi Memoria de Licenciatura sobre los epigramasde Calímaco de Cirene, y yo acepté ipsofacto.

Calímaco nació en Cirene (Libia) poco antes del año 300 antes de Cristo. Pasó cuando era joven a Alejandría, donde se ganaba la vida como profesor de gramática hasta que Ptolemeo II Filadelfo se fijó enél y le encargó la tarea de llevar a cabo un catálogo exhaustivo de los fondos bibliográficos que atesoraba la Biblioteca de Alejandría. Ese catálogo, hoy perdido, constituiría los ciento veinte libros de los Pinaces, en los que se ordenaban, alfabéticamente ypor géneros, los riquísimos fondos de la Biblioteca, de la que nunca llegó a ser director el bueno de Calímaco, recayendo ese cargo en Apolonio de Rodas, el autorde los Argonautica, sumáximo rival en cuestiones estéticas.

Se conservan tan sólo 63 epigramas completos de Calímaco de Cirene. Debo decir que en ese puñado de versos— no llegan a 300—aprendí a vivir y a escribir poesía (que enmí fue un único aprendizaje a dos bandas). Fue Calímaco quien me enseñó a valorar la concreción, la intensidad, el efecto sorpresa, el tono coloquial, la concisión expresiva. Veamos, por ejemplo, el epigrama II de mi colección (Madrid, Gredos, 1980),dedicado a suamigo Heráclito, un poeta: “Alguien me dijo, Heráclito, tu muerte, y me brotaron lágrimas. Recordé cuántas veces vimos juntos la caída del sol en charla interminable. Y he aquí que ahora tú, en alguna parte, no eres más que ceniza. Pero ellos sí, tus ruiseñores viven. Hades, que todo lo arrebata, jamás pondrá su mano sobre ellos.” En esa mínima elegía, Calímaco salvaba del desastre los poemas de su recién fallecido amigo. La  “estotra vida tercera” de Manrique ya asomaba la cara enel epigrama calimaqueo.

“Doce años, un niño. Lo ha enterrado Filipo, el padre, aquí, junto con toda su esperanza. Su Nicóteles” (XIX). ¿Cabe mayor emoción lírica por la muerte de un hijo que la que se respira en esta inscripción funeraria? ¿Y qué decir de Cleómbroto, el adolescente que se suicidó para adelantar su encuentro con la inmortalidad, tras haber devorado el Fedón platónico (XXIII)? Quiero transcribir, por último, el epigrama XLIII, que es deuna penetración psicológica admirable y noshabla del hecho del amor con una profundidad no exenta de catártica ligereza: “Tenía oculta el huésped una herida. Subían dolorosos suspiros a su pecho mientras bebía su tercera copa y las rosas caían, pétalo a pétalo, todas al suelo desde su guirnalda. ”Conversos como éstos me inicié en el misterio de la poesía. Sin Calímaco de Cirene, yo sería otra persona.

Fue Calímaco quien me enseñó a valorar la concreción, la intensidad, el efecto sorpresa, el tono coloquial, la concisión expresiva