BARCELONA UNA LEYENDA URBANA

Un recorrido por una ciudad empresarial, acogedora y con una sólida literatura de barrio encarnada en Juan Marsé, Vázquez Montalbán, Terenci Moix o Maruja Torres

FRANCISCO GONZÁLEZ LEDESMA

Basta un solo caballero, con jumento, escudero y lanza, como perpetuo símbolo de que Barcelona es una ciudad literaria. Don Quijote, entrando en ella, se admira al topar con un taller de libros, y presume además que con ellos no se har ánunca un acto de fe.

Don Quijote se equivocaba en cuestión demolinos –una cosa que aún hacen los políticos– y en cuestión de amores –cosa que hace todo el mundo- pero en libros no. Ya adivinó que Barcelona sería por siempre la capital editorial de España, que los lectores se reproducirían en una biblioteca o un café tranquilo, y que los autores vagarían por sus calles en busca de una oportunidad.

Las cosas no suceden por que sí. Barcelona es ciudad portuaria y por tanto aventurera, acogedora, mercantil, y si hace falta canalla. Es ciudad generosa, donde los millonarios protegían a los arquitectos y hasta algún poeta, y los muy millonarios, como el banquero Girona, pagaban la nueva fachada de la catedral. Y es ciudad avanzada –y por tanto revolucionaria– donde la autoridad siempre vive en el filo de la navaja. Todo ello ha creado un clima literario que en Europa sólo supera París. Barcelona tiene además la riqueza de dos lenguas, lo que le da por una parte una doble posibilidad de creación, y por otra una doble posibilidad de protestar ante la autoridad que corresponda.

Comencemos por su estructura portuaria, a una de cuyas partes llamó Barrio Chino el periodista Paco Madrid, creyendo de buena fe que eran chinos los filipinos refugiados allí después de 1898. Ese Barrio Chino fascinó a los franceses Jean Genet y Henri de Montherlant, creando la  leyenda de sus esquinas, sus academias de baile (donde cada nena llegaba con una hucha cargada de esperanza) y sus prostíbulos con mujeres que aguardaban no ya al hombre de su vida, sino al menos al hombre de su noche. De esas calles salieron los grandes revolucionarios, y de su puerto dulces poetas como Salvat Papasseit, quien muriéndose de tuberculosis, ya no tuvo fuerzas para acompañar al cementerio el cadáver de su hija.

Pero Barcelona es también sólida, burguesa y amante de las digestiones plácidas. Narcís Ollernoveló su riqueza, su “febre de l’or” y sus empresarios casados con la Bolsa. Más tarde, Ignacio Agustí novelaría a los industriales del textil, cuyas obreras morían ante las máquinas y cuyas esposas exhalaban en el Liceo su último suspiro. Pero allí estaba también la Barcelona tradicional, trabajadora, sufrida y, en el fondo, poética. Esa poesía se transformaba a veces en un diamante tirado en la calle, y Carmen Laforet lo encontraba. Y a veces, como en Sobre las piedras grises, de Sebastián Juan Arbò, se transformaba en una mirada errabunda.Y en las Ramblas, desde su despacho señorial o sus garitos bastardos, Gil de Biedma intentaba atrapar la mirada de las palomas, mientras Mercè Rodoreda, a través de “La Colometa”, las recogía en su casa.

Hoy, con el nuevo urbanismo, el Barrio Chino ha ido respirando, ha visto nacer árboles y llegar pájaros inmigrantes que no pagan impuestos. Los viejos prostíbulos se han ido transformando en supermercados hindúes y tiendas de productos desnatados, y hasta se dice que ha llegado algún dentista. Resulta que el Barrio Chino tenía fecha de caducidad.

No es extraño, pues, que Barcelona, con tanta calle histórica, poetas sin esperanza y banqueros con ella, sea hoy la capital de la novela negra, o social, donde se analizan los negocios en una inmobiliaria o los desamores en un piso. Vázquez Montalbán, Andréu Martín y Alicia Giménez Bartlett son hoy los iconos visibles de una generación literaria por encima de las fronteras. Como lo están Eduardo Mendoza con su caso Savolta y su Ciudad de los milagros, o Terenci Moix con su cine de los sábados, su humo de tabaco y sus pantallas para que los pobres soñaran a horas fijas. Como ciudad de acogida, vieja y sabia, Barcelona tiene ante todo una sólida literatura de los barrios. Juan Marsé, premio Planeta, es un chico de barrio. Y me permito señalar al lector queno es casualidad el hecho de que cuatro premios Planeta hayan vivido en un radio de apenas quinientos metros, dentro de barrios pobres: Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Maruja Torres y, sime lo permiten, yo mismo. Como hijo de barrio pobre era Altadill, modesto escritor del XIX, quien ofreció a su editor un proyecto de novela llamado Los misterios de Barcelona, a imitación de Los misterios de París, de Eugenio Sue. Pidió como adelanto diez mil pesetas de la época, que el editor le negó diciendo: “¡Bah! Se los gastaría en quince días”. A lo que Altadill contestó con ojos iluminados: “Sí, ¡pero qué quince días!”

A lo largo de los años, Barcelona tampoco ha cambiado tanto.