EL GRAN MAGO
Vladimir Nabokov, nacido un 23 de abril, construyó una memorable obra literaria de excepcionales detalles e invenciones
JUAN BONILLA
Durante sus años americanos, Nabokov afirmó: “Mi gran tragedia es haber perdido mi idioma”
El negocio del biógrafo, según dijo Henry James, es el detalle: su tarea consiste en recopilar el chaparrón de detalles que ha dejado innumerables charcos en el suelo para componer con todos ellos una laguna, transformar el caos de cualquier vida ya deshilachada en hechos –y que sólo en la percepción, en lamemoria del que vivió tenia un sentido uniforme- en un relato coherente, tratando de escaparde lashondas trampas que elpropio proceso de redaccióntiende al biógrafo (por ejemplo, entender todo lo acontecido en el pasado de su personaje a partir de hechos futuros que el biógrafo conoce pero el biografiado no, así han caído tantos biógrafosdedictadores que veían, enla actitudde sus biografiados en la guardería, claros avisos de que andando el tiempo aplastarían a un país entero).Borges le dijo a Bioy –y Bioy consignó en su tocho sobre Borges- que la superioridad de la literatura anglosajona sobre la española radicaba en el hecho de que en la primera los escritores nos parecían reales y verdaderos, mientras que resultaba imposible considerar así a Calderón o Juan de la Cruz. Según eso, la superioridad de la literatura anglosajona sobre la española no había que buscarla enelhecho de que la primera produjera Hamlet o El Rey Lear o Doctor Fausto y la segunda sólo el Lazarillo o El Quijote–pongo ejemplos para que calibren, sin necionalismo, las dos caras de la estupidez borgiana- sino en el hecho de que los anglosajones habían tenido la suerte de tener a Boswell y a una interminable saga de grandes biógrafos, y los españolesno pasaron de Gregorio Mayans.
No parece exagerado estar de acuerdo en el hecho de que la biografía, con ser un género ancilar, parasitario, ha producido en la literatura anglosajona inapelables obras maestras. Todavía las produce. Por ejemplo, la biografía de Vladimir Nabokov –nacidoun 23 de abril, tal vez para cazar con sus primeros chillidos el alma de Shakespeare o Cervantes, quemurieron en esa fecha- realizada por Brian Boyd en dos tomos imponentes. Si el negocio del biógrafo es el detalle, y el eslogan principal queNabokov vendía en sus clases era: “Amad los detalles”, parece evidente que una biografía del gran autor de Ada o el ardor tenía que ser de alguna manera uncatálogo de esos detalles con los que construyó una de las más impresionantes, divertidas ymemorables obras literarias del siglo XX. El propio Nabokov confesó a uno de sus entrevistadores–que terminaban siendo, como personajes suyos, galeotes que tenían que preguntarle lo que él les había escrito en una de aquellas fichas que usaba para escribir: “Más que biografía, lo que yo tengo es una bibliografía”. Exageraba, como hacía a menudo. Basta un mero repaso acelerado a su biografía paradar cuentadeuna existencia llenade episodios excepcionales. Hijo de una familia rica de San Petersburgo –su padre era un liberal cuya casa se convirtió en una especie de centro cultural muy productivo al que acudían músicos, pintores, conspiradores, poetas-, la revolución rusa lo empujó a un exilio en el que muchas veces rozaría la indigencia, y en el que el destino parecíahaber elegido para él una incomoda posición de escritor para exiliados rusos en París y Berlín: es decir, un escritor al que, su público, irremediablemente, habría de imponerle el tono y alcance de sus obras. Pero Nabokov sorteó todas las inclemencias a las que las circunstancias le obligaban, y sin perder nunca el optimismo, la capacidad para maravillarse, la casi milagrosa capacidad para convertir sus anhelos y añoranzas del paraíso perdido en una cabalgata de prodigios, y la realidad en una honda caja de juegos llena demonstruos agraciados, de desgraciados tiernos, de entrañables fantasmas perdidos en la vastedad de la conciencia, consiguió erguir una obra narrativa en la que apenas hay página en la que no quepa un latigazo de poesía auténtica,un detalle admirable, un trallazo de la imaginación, una observación conmovedora.
Siguiendo las lecciones de los grandes maestros del género –que enseñan que lo esencial de la vida de un escritor es suobra, y hay que apañárselas para trenzar el relato de una vida como si fuera consecuencia de esa obra que es la que empuja a que se redacteuna biografía, y no al revés, no causa de esa obra- Brian Boyd siguió los pasos en el tiempo de Vladimir Nabokov como un eficaz detective que nunca pierde de vista que, aunque su tarea consiste en descubrir cómo ha hecho su víctima lo que ha hecho, lo verdaderamente esencial son las pruebas que nos han quedado: sus obras. Por eso son especialmente sustanciales los capítulos dedicados a examinar las “pruebas concluyentes” –que fue el primer título de las memorias de Nabokov que nos dejó el autor ruso. Boyd, que en la inevitablemente más emocionante Los años rusos –donde se narra la pérdida del cetro paradisíaco que fue la infancia de Nabokov, la expulsión del edén sin perder la sonrisa, la pobreza en Berlín donde tuvo que ganarse la vida dando clases de boxeo o tenis o francés, la aparición de Vera, y de nuevo la huida ante el avance glotón del nazismo y la nueva pérdida, la de su idioma- ya colocaba la obra en ruso de Nabokov bajo su lámpara de crítico minucioso e inteligentísimo excepcionalmente dotado para describir los colores inigualables de las alas de lasmariposas que inventaba Nabokov, ahora en Los años americanos –llegada a América, sucesión de pequeños puestos de profesor, titubeantes inicios en otra lengua (“Mi gran tragedia es haber perdido mi idioma”) que de pararán a un gran maestro del inglés, éxito de la polémica Lolita, vuelta a Europa, a la neutral Suiza, sucesión de obras maestras de la narración arriesgada que dando fin al movimiento moderno inauguraba la posmodernidad: Pálido Fuego, Ada o el Ardor vuelve a demostrar que si había alguien capaz de convertir la biografía fabulosa/ la bibliografía incomparable de un auténtico genio, ése era él.
Que alguien que produjo tantas obras maestras como Nabokov, vuelva a producir una obra maestra prestando la que fue su vida–como sustancia de la que se irguió su obra- para un libro tan apasionante como el de Boyd, no deja de ser un acto de justicia. Hay otros grandes del siglo XX que no tienen tanta suerte y todavía están esperando a que en una esquina del futuro un biógrafo paciente los prorrogue: es curioso, los personajes grandes deparan, en el género biográfico, menos obras maestras que los menores. Se diría que la biografía es el género adecuado para personajes cuyas obras se quedaron muy lejos de la propia entidad como personajes de quienes las hicieron, de ahí que al haber sido siempre personajes tuvieran que esperar a que un biógrafo los devolviera a su lugar natural. Hacer eso con alguien cuya obra esté muy por encima de las anécdotas de su vida, sería una insensatez. A pesar de las innumerables calamidades que padeció, Nabokov estuvo especialmente dotado para detectar –y hasta inventarse- la pura felicidad allí donde otros no veían más que rutina y pesadumbre. Su capacidad para la burla y la exquisita crueldad, se compensaban siempre con su capacidad para la ternura emotiva –sin descender a la cursilería nunca- y la auténtica poesía. Era un mago. Y la biografía de Brian Boyd, que no escatima esfuerzos en mostrarnos al hombre, con sus gestos soberbios, sus poses olímpicas, su absoluta fe en sí mismo y en su capacidad para llegar donde los otros no, es especialmente dichosa en el examende todo el arsenal de grandes trucos que el gran mago utilizaba para que sus lectores siguiésemos preguntando maravillados: ¿cómo lo ha hecho?, a sabiendas de que no importa tanto que averigüemos dónde estaba el truco como el hecho milagroso de haber asistido a un acto –muchos actos– de magia verdadera.
Nabokov estuvo especialmente dotado para detectar –y hasta inventarse– la pura felicidad allí donde otros no veían más que rutina y pesadumbre



