UN HOMBRE LLENO DE AMIGOS
Retrato de un Gamoneda irónico, comprometido y cercano
ÁNGELES CASO
Hace un par de años, un grupo de amantes de los valles del Curueño y el Bernesga –una hermosísima zona de la montaña de León, rayana con Asturias- tuvimos que iniciar un movimiento para tratar de impedir que Red Eléctrica Española instalara en esas cumbres una tremenda autopista de alta tensión. Organizamos una asociación y, para empezar, conseguimos centenares de firmas, entre otras la de Antonio Gamoneda. Luego convocamos una rueda de prensa en León para explicar el problema a los medios de comunicación. Yo, aprovechando la ya vieja relación que nos une, le pedí a Antonio que nos acompañara. Todo el mundo dio por supuesto que no lo haría: “Casi nunca va a ningún acto público…”, decían.“ Procura evitar a los periodistas…”“ Y además no se encuentra bien, lleva varios días enla cama…”. Pero,depronto, ante la sorpresa de todos, Gamoneda apareció. Recuperándose aún de su enfermedad, con los bolsillos cargados de antibióticos, pero apareció. Posó obedientemente ante los fotógrafos y tomó la palabra para oponerse, consudiscurso siempre rotundo y profundo, al proyecto desastroso.
Así es Antonio Gamoneda: pachucho de salud, comprometido, generoso, renuente a los actos sociales y al exceso de publicidad. Pertenece a una generacióna la que yo –crecida como muchacha en medio de la alegría libertaria e insomne del primer post-franquismo- admiro profundamente: ¿cómo se las arreglaron todos esos hombres y mujeres inteligentes, rebeldes, sensibles y cultos para sobrevivir como seres íntegros en medio del marrón oscuro ymonocromo de la larga sociedad de la dictadura? ¿A qué columnas se agarraron para no morirse por dentro o incluso por fuera, para no tirarse por la ventana sobre algún desfile militar o una procesión de santos sanguinolentos? ¿Qué aire respiraron para no ahogarse en aquella atmósfera pétrea y aterradora, ellos que creían en la libertad y la crítica y la constante interrogación y la belleza? Me imagino a Antonio, como a tantas personas de su edad, debatiéndose para lograr crear un pequeño ámbito propio en el cual ser él mismo, un espacio hecho de libros prohibidos por el régimen, de largos paseos enmedio de los ásperos campos leoneses en busca de unpoco de luz y serenidad, y, sobre todo, de muchas horas de charla y debate con los amigos. Porque él es un hombre de amigos, uno de esos tipos a los que les gustan las tertulias y las comidas y las cenas, con interminables sobremesas hablando de todo, de política, de literatura, de arte, de la vida… Tan serio e irónico, y tan tierno con los suyos. Cercano y suave, como si el viejo niño de la Guerra Civil, el que amaba las manos grandes de la madre –como dice en uno de sus poemas–, estuviera aún presente en el alma del hombre que ha vivido tanto.
Creo que es esa cercanía de los amigos la que lo salvó de la demencia del franquismo y lo trajo hasta nosotros íntegro, con su poesía imponente y su personalidad hermosamente temblorosa. Porque -élmismo lo afirma- tiene “la pasión de los demás”. Y creo que es también esa pasión la que ha hecho que, como poeta, se haya sentido solo: Gamoneda no ha hecho una“carrera”, no se ha empeñado, como tantos hacen, en llevar su obra y su nombre lomás lejos posible a través de contactos interesados, de amistades fingidas, de forzados encuentros con popes y gurús y toda esa clase de pequeños-dictadores-de-lo-que-es-bueno que abundan en torno al bien llamado mundillo literario. Él ha centrado su energía en los suyos, aquéllos a los que quiere y en los que encuentra respuesta. Y su obra ha llegado lejos por símisma, por su propio valor, por su grandeza de antigua tragedia. En medio de esa fructífera soledad tan llena de amigos.
Gamoneda ha centrado su energía en los suyos, aquéllos a los que quiere y en los que encuentra respuesta



