NARRATIVA

MERCEDES DE PABLOS, JAVIER GOÑI, PEDRO M. DOMENE, SANTOS SANZ VILLANUEVA, J. M. BERNÁLDEZ, LALE GONZÁLEZ, EVA DÍAZ PÉREZ

EL NIÑO SARAMAGO

(Recuerdos de un niño que un día fue Nobel, recuerdos de un Nobel que un día fue niño).

MERCEDES DE PABLOS

EL QUE AQUÍ HABLA ES EL NIÑO, ZEZITO, QUE ARMADO DE TEMORES Y DE UNA SUERTE DE LEALTAD QUE OTROS LLAMAN AMOR, RELATA SUS PRIMEROS AÑOS

José Saramago se llama Zezito y descubre la vida desde el mapamundi de una aldea portuguesa que se llama Azinhaga. El año en que nace José Saramago, 1922, es el año de la independencia de Egipto, de la segregación de la Irlanda católica, de la publicación del Ulises de Joyce y del nacimiento de Greta Garbo. Para colmo de augurios ese año Alexander Graham Bell inventa un artilugio al que llama teléfono y sin el cual es imposible imaginar la imparable actividad de Pilar del Río, compañera y traductora de José y a quien dedica una vez más este libro. Lo que aquí relata el Nobel portugués es su infancia. La de un niño que emigra a Lisboa con apenas dos años pero que no deja de volver al hogar del pueblo y de la tierra, al hogar áspero y digno que es la humilde casa de sus abuelos maternos. No es el prestigioso escritor, objeto y tributo de todos los homenajes que un hombre de letras haya podido soñar, quien habla, es el niño, Zezito, que armado de temores, de hambres y de una suerte de lealtad que otros llaman amor, relata sus primeros años. El lector siente que el Maestro lo ha escogido de interlocutor de sus confidencias.

Algo próximo y hasta parecido a lo sagrado reconoce el lector en “esa pobre y rústica aldea con su frontera rumorosa de agua y de verdes, con sus casas bajas rodeadas del gris plateado de los olivares, unas veces requemada por los calores del verano, otras veces transida con las heladas asesinas del invierno o ahogada por las crecidas que le entraban puerta a dentro”. No hay retórica ni artificio cuando José/Zezito rememora el color rojo oscuro de la tierra mojada, el sabor de la sal con vinagre y con agua, un lujo de refresco, las habas con coles, los colchones de lana y las camas de varales de hierro, los maridos celosos e iracundos, las mujeres calladas y afanosas, el árbol genealógico de los Sousa y, sobre todo, el tronco generoso del abuelo Jerónimo y la abuela Josefa.

El niño, dice el autor, no ve el paisaje porque él es el paisaje. Sólo al adulto le será necesario nombrar el paisaje, nombrarlo para volver a el. Los niños escriben la vida sin lápiz ni papel, nombran las cosas porque las inventan. Un funcionario del Registro, borracho a juicio del patriarca, añade al apellido Sousa el apodo de Saramago ( jaramago) como era conocida la familia. Menos mal, reconoce el autor, que el alias no pertenecía a la estirpe de los Culoroto, Pichatada y Caralhada que sufrían otros vecinos del lugar. La pifia le servirá para no andar en busca de un nombre más sonoro de escritor, ironiza José Saramago, y además transmutará la lógica al tener que adoptar ese nombre del hijo, el propio padre. Fue años más tarde y en Lisboa, cuando José de Sousa se ganaba la vida de guardia de la PSP y padre, madre e hijo compartían piso con una familia , los Barata . En uno de esos pisos en los que todos duermen en la misma habitación descubrirá el adolescente las ternuras del sexo, o al menos los indicios que para poco daba el roce furtivo de los cuerpos en la siesta.

Volviendo a los orígenes no es el nombre el único equívoco del recién registrado niño Sousa, por cosas de las leyes y costumbres, la fecha también yerra: aparece nacido el 18 de noviembre cuando en realidad amanece a la vida el 16. “ Moriré dos días mas viejo, espero que no se note demasiado”.

Estos recuerdos son el retrato de una época tal como la convoca la memoria, mezclando menudencias y catástrofes, victorias escolares y humillaciones callejeras. La vida desde dentro de la casa y la otra, la Historia, colándose en periódicos que nadie leía o en esa radio de la vecina Carmen, española, por la que un General, Queipo de Llano, escupía amenazas en la Sevilla de 1936. Se da la circunstancia de que la alocución del irritado militar terminaba siempre con la mención al patrocinador: “ Oh, qué lindos colores, Tintas Revi son las mejores”. Nada recuerda Saramago de aquellas memorables arengas pero aquella cantinela no la ha olvidado nunca.

Del miedo a los perros, por una mordedura cuando apenas andaba, se ha curado el escritor amando a tres: Pepe, Greta y Camoens, los auténticos dueños de A Casa de Lanzarote, lugar de residencia de José y Pilar.

Es conocida la afición del escritor a coleccionar figuras de equinos, tan sabido es que siempre hay un amigo que lo recuerda y !sorpresa! aparece con una nueva pieza. En este caso la venganza responde a lo que el escritor llama “ los efectos de la caída de un caballo que nunca monté”. Nunca el tío Francisco le alzó a los lomos del mulo, como hubiera querido y ya de adolescente su primera experiencia de jinete mereció el desprecio, silencioso, del rocinante. Dicen los críticos que hay imágenes de Alzado del Suelo y de Manual de Pintura y Caligrafía en estas pequeñas memorias. Tal vez sea al revés, tal vez la obra entera, vasta y magnífica tenga una deuda con el nieto de aquel abuelo sabio y analfabeto, con la tía María Elvira y sobre todo con aquella abuela que a los noventa años de una vida ruda y descarnada dijo: “ El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir”. Maestros del Maestro, lecciones para el que ha sabido oír, crecer, aprender.

TAL VEZ LA OBRA ENTERA DE SARAMAGO ESTÉ EN DEUDA CON EL ÑINO QUE SE NOS PRESENTA EN ESTAS PEQUEÑAS MEMORIAS
Pequeñas memorias
José Saramago
Alfaguara. 216 páginas. 18 euros

 

LA PRUEBA DEL ALGODÓN

JAVIER GOÑI

Hay que estar muy seguro para escribir ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!, que es precisamente ¡otra maldita novela…!, y justificar por qué se escribe una más. Día atrás estaba yo con este arriesgado libro cuando en un diario un novel cineasta se encolerizaba lo justo: ya está bien de novelas, de películas sobre la guerra civil. ¿Ya está bien? Isaac Rosa es un joven narrador andaluz –sevillano del 74- que se dio a conocer con una primera novela de andadura nacional, El vano ayer (Seix-Barral, 2004), que entusiasmó a muchos, y que irritó a otros, y que tenía que ver con batallitas  antifranquistas (de sus padres). Ahora aparece esta segunda novela –también de andadura: ante tiene, no sé dónde, La malamemoria, que acaso esté relacionada, aventuro- y que se la plantea Rosa como un pulso consigo mismo, un pulso en el que toma partido el lector, y también el lector –en cursiva-. Me explico. Rosa ha escrito una novela sobre la guerra civil para acabar –de una vez por todas- con las novelas sobre…; está tan convencido de que hay que ir contra el olvido, contribuir a la memoria histórica -¿acaso oxímoron?-, que se acerca a la guerra civil con todas las fanfarrias retóricas: el fascista, malo malo; el sufrido campesinado andaluz condenado a escribir con sangre en el encerado victorioso: la tierra para el que la trabaja; esa metáfora evidente del pueblo desaparecido; el escritor progre y desastrado que remueve con lapicero a modo de puntero el solar del escorpión, y se decide –él también con su secreto- a reavivar la memoria colectiva, a realizar la prueba del algodón, a ver qué pasa. Rosa nos da una novela –una más- sobre…, pero le pone, en los bajos una voz en cursiva, una suerte de comisario que ejerce de crítico –no diría de crítico literario- o de lector editorial. Ese informe en cursiva que banderillea –con estoques negros- el texto que hemos leído es la apuesta arriesgada de Rosa. Éste trata de la desmemoria, de las mentiras de la transición, de los horrores de la guerra, del deseo de algunos –los laínes- de reescribir su pasado; y para ello echa mano de los tópicos más trillados, de recursos melodramáticos literarios bien evidentes, como no se cansa de señalar –en cursiva- esa voz crítica que todo lo cuestiona. Resulta ingenioso –y peligroso- el ardid, pero llega un momento en que el propio lector, advertido, es el que subraya inconveniencias, antes que, al final, esa inmisericordiosa cursiva. Pero, en definitiva, aún valorando esa intención irónica me queda una duda, una y varias, como un puñado de fuegos que explotan ruidosamente en lo alto: ¿dónde está el auténtico autor, es el que escribe

tópicamente para cuestionarse , después, en cursiva, o se vuelca más en ese inquisidor de la cursiva que arremete contra

las sandeces de la narrativa a la que pertenece? Si el texto base está lleno de lugares comunes, si son tan perceptibles como para flambear todo lo contado –no en cursiva-, ¿por qué darnos esta historia, por qué hacernos leer ¡Otra maldita novela sobre…! (con cursiva y sin) ¿Acaso porque aún necesitamos historias como ésas para que no se nos deslíe esa necesaria memoria histórica -¿oxímoron o no?-. Queda abierto el final, y la intención.

ROSA ESCRIBE SOBRE LA GUERRA CIVIL CONVENCIDO DE QUE HAY QUE IR CONTRA EL OLVIDO Y SE ACERCA A ELLA CON TODAS LAS FANFARRIAS RETÓRICAS
¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!
Isaac Rosa
Editorial Seix-Barral. 445 páginas. 20,50 euros

 

PARAÍSOS PERDIDOS

PEDRO M. DOMENE

Dicen que el ingenio es algo peligroso, en aquellos escritores que no arriesgan lo suficiente para engrandecer su narrativa con el tiempo, cuando su prosa más característica está salpicada de una finísima veta humorística, como le ocurre a este funambulista de la literatura, autor de interesantes propuestas publicadas a lo largo de los 90: El novio del mundo (1998), El pensamiento de los monstruos (2002), y ahora Mercado de espejismos (2007). La narrativa ensayada por Benítez Reyes se sustenta por esa artificiosa habilidad de mezclar tradición española y anglosajona en textos plagados de sabiduría o de reflexiones humorísticas sobre el mundo. Estas características que evocan una prosa cervantina ,agudeza valleinclanesca, ingenio gregueresco y reminiscencias de esa pléyade de antihéroes de nuestra picaresca. Si en El novio del mundo apuntaba la posibilidad de crear un discurso moral para elaborar una particular teoría del conocimiento, El pensamiento de los monstruos contaba la historia de un descifrador atónito del pensamiento de la gran Filosofía, caricaturizando el presente con definiciones demoledoras. Ahora, Mercado de espejismos, se muestra como una obra de mayor pretensión. El gaditano ofrece un proyecto más ambicioso, a través de Jacob, peregrino psicodélico de la noche en su juventud que, en su madurez, forma parte de esa estirpe secreta de los impostores. Aquellos que se instalan en la irrealidad de una vida, asumen otra identidad o aspiran al delirio de la mitificación de su propia existencia, vagabundos en esa geografía de ciudades como El Cairo, Roma, París o Londres, hasta que el destino los lleva a Colonia para robar en su catedral las reliquias depositadas de los tres Reyes Magos de Oriente. Perfectamente documentado, en el relato se enumera toda una gama de ciencias esotéricas y fantasías históricas, refrendadas por una bibliografía que acompaña al lector en su aventura y pueblan una maravillosa biblioteca sobre el tema. La Biblia satánica, El diccionario infernal o El libro del placer, que pronto obviará el curioso lector.

Una pareja de veteranos timadores o ladrones, la tía Corina y el propio Jacob, con veleidades humanas, los jueves del Casino Novelty, de la anciana y los Billares Heredia, del sobrino, ofrecen con su actitud algo más que la enumeración de esas endiabladas artes entre las que se mueven para hacernos ver que la vida es una auténtico mercado, envuelto en ese espejismo que la realidad oculta. Porque de lo que se trata en la novela es poner de manifiesto que a uno le preocupa su situación en el mundo y todos pretendemos asumir esa interpretación capaz de servir a los demás, descifrando muchos de los convencionalismos que se escapan a la verosimilitud. Quizá por esto el lector, instalado en un texto de múltiples lecturas, se vea tentado a meterse de lleno en una novela de muchos vericuetos y giros, con abundantes personajes (Sam Benítez, Abdel Bari, Cristi Cuaresma, El Penumbra, el primo Walter), que se nos van presentando y dosificando la trama como una estructura de mecano capaz de ser ensamblada solo al final.

La realidad se basa en simetrías fortuitas, en concordancias accidentales y cuando se afirma algo taxativamente cabe la posibilidad de un acierto, y en esa posibilidad radica el margen mágico de la realidad. Es decir, que la lógica argumental lleve a estos personajes a esos lugares decisivos en el desarrollo de la historia a contar, con excelentes sorpresas para el lector. Mercado de espejismos es un reto a la imaginación porque hay que subrayar lo que uno de sus personajes afirma, que nuestra realidad es casi siempre una sucesión de malentendidos cómicos, que entenderemos cuando seamos capaces de vislumbrar cuanto Benítez Reyes ha puesto en nuestro camino, amparándose en un falso prestigio que, malinterpretado, daría lugar a la subliteratura. Es verdad que en las grandes novelas, la realidad no es un punto de partida, sino una meta, aquella que el lector se autoimpone.

Mercado de espejismos
Felipe Benítez Reyes
Premio Nadal 2007
Destino. 398 páginas. 19,50 euros

 

APERITIVO MIRONIANO

SANTOS SANZ VILLANUEVA

Frente a la alta consideración que disfrutó en vida, no ha tenido más tarde mucha suerte el levantino Gabriel Miró (1879-1930). Se le tiene por un gran escritor, claro, pero ha desaparecido como lectura real viva. Un puñado de razones se suman para producir ese efecto adverso. Una es historiográfica, y ya se sabe el peso que tiene el disfrutar de un espacio bien acotado en los manuales para formar el canon. Miró anda como en tierra de nadie. Sus primeros libros son coetáneos de los primeros del 98, pero se le incluye en el siguiente grupo, esa generación puente un tanto fantasmal llamada novecentismo, cuando, por otro lado, nació sólo un poco después de Baroja, Machado o de su gran admirador Azorín. Su escritura, en extremo cuidadosa, exige un lector atento muy distinto al que ha ido imponiendo el consumo literario. La peculiaridad de su narrativa se etiqueta como “novela lírica”, lo cual supone un hándicap, pues vale para esa fórmula mestiza lo que se dice de la música militar.

La obra entera de Gabriel Miró anda hoy avecindada fuera de la gran novelística del pasado siglo, y eso que representa por muchos conceptos el mismo espíritu de exigencia e innovación, distintivos de esa aventura estética y moral que permitió pasar del muy positivista ochocientos a la modernidad. Por tanto, sacar ahora una nueva reunión

de sus Obras completas constituye un empeño bien oportuno: lo trae a la actualidad y brinda la ocasión de reparar ese olvido excesivo. De los tres tomos de que constará la serie aparece el primero, el más necesario aunque no el que ha de contener los más logrados libros mironianos, reservados sobre todo para el tercero. Este volumen I agavilla nueve títulos de complicada trayectoria editorial y que abarcan la escritura de Miró entre los tempraneros La mujer de Ojeda (1901) e Hilván de escenas (1903) y Las cerezas del cementerio (1910). He aquí el interés inicial: ofrecer el recorrido del escritor desde unas formas todavía enfeudadas en el XIX hasta la muestra inequívoca de su sensibilidad singular, la del Las cerezas… Obra a la que entregó las ilusiones de su juventud y donde ya están en plenitud la calidad de la prosa, la morosidad y el estatismo, el fraccionamiento de las anécdotas poco interesantes por sí mismas en cuadros, el sentimiento del paisaje o la proustiana captación del tiempo. También anuncian las narraciones de este tomo el mundo de turbios interiores, de pasiones e hipocresías, de moral farisaica, que sería el propio del autor.

El otro mérito de este volumen está en su prologuista y preparador, el profesor Miguel Ángel Lozano, director de otras obras completas que vienen apareciendo en la Institución Gil-Albert y responsable del gran simposio y de sus correspondientes

actas celebrado hace diez años sobre el fundador de Oleza, esa ciudad imaginaria levantada sobre la real Orihuela con la que fustigó una España levítica y caciquil. El amplio prólogo rompe el criterio de la Biblioteca Castro de dirigirse a un lector culto pero no profesional evitando las notas a pie de página, la información erudita y la bibliografía acumulativa. Al contrario, sigue pautas académicas. La excelente presentación de Lozano, tras repasar la vida del escritor, detalla la historia de cada obra recopilada, algo en este caso muy conveniente, y aborda su interpretación.

No soy yo tan entusiasta de esta etapa inicial de Miró como Lozano, aunque se entiende su fervor, propio de un enamorado del escrupuloso prosista a quien dedica tantos desvelos. Este tomo promete un Miró de verdad completo, pues se abre con las dos madrugadoras novelitas citadas que el autor repudió y sólo tuviero la efímera existencia de su primera salida lugareña. Las acompañan otros textos más accesibles, además de las conocidas Cerezas: las novelas Del vivir, La novela de mi amigo y varias piezas breves aparecidas en las populares colecciones de novela corta de hace un siglo (Nómada, La palma rota, El hijo santo y Niño grande). Esta producción del alicantino durante su primera década es el aperitivo para abrir boca en el mundo mironiano a la espera del plato principal.

LA OBRA DE GABRIEL MIRÓ REPRESENTA EL ESPÍRITU DE EXIGENCIA E INNOVACIÓN QUE PERMITIÓ PASAR DEL OCHOCIENTOS A LA MODERNIDAD
Obras completas, I
Gabriel Miró
Edición de M. Á. Lozano
Biblioteca Castro. 849 páginas. 50 euros

 

AUSTER POR AUSTER

J. M. BERNÁLDEZ

Mr. Blank, el Señor en Blanco, podría estar en un hotel, de noche o de día, no una comisaría porque es raro que en ese sitio vista un pijama, aunque no sea descartable por los zapatos. Sabe que lo están grabando con una cámara de televisión, con varias cámaras de televisión, y que su voz, cuando hable, bien sea solo o con otros, quedará registrada por un micrófono oculto. El señor Blank es amnésico, ha perdido la memoria. Pero se acuerda del primer recuerdo que se le viene a la cabeza, mientras se balancea en una mecedora. Recuerda un caballito blanco que tenía en su habitación cuando era pequeño y le entran unas ganas irrefrenables de iniciar viajes imaginarios en ese caballito de madera, que se convierte en un bello caballo blanco. En este punto, el lector que soy yo, el crítico que está escribiendo este artículo se detiene y piensa: en estas páginas iniciales y con estos datos someros, Paul Auster está haciendo un homenaje, un recordatorio a El gran hermano de Orwell, por favor, a Crónicas marcianas de Bradbury, si no les importa, a Ciudadano Kane de Welles, a Rosebud. El viejo encerrado entre unas paredes y vestido con un pijama azul con rayas amarillas y del que sabíamos tan poco, pero del que ya vamos averiguando algo más, ojea unas fotografías en las que se ven a unas personas que no reconoce. Se aburre y comienza a leer una hoja de un texto escrito que se encuentra encima del escritorio. Nosotros lectores pasamos a leer el texto. Nos encontramos con un argumento que se desarrolla en un país llamado CON-FE-DE-RA-CIÓN y habla de una expedición a unas Tierras Lejanas y Distantes. El lector, que no el viejo, sabe que se está refiriendo a unos Estados Unidos inexistentes y derrotados y seguramente a la guerra de Irak. El señor Blank deja de leer y nosotros con él. Entran una serie de personas, las que están en las fotografías y que dicen conocerlo. Le acusan, le piden

explicaciones, y el viejo protagonista de Auster no se acuerda de ellos, le van refrescando la memoria. Le dan sus nombres y el viejo comienza a recordar. Y a nosotros, los lectores,  también comienzan a sonarnos esos nombres. ¿Dónde los hemos escuchado antes?, ¿dónde los hemos leído?. Se llaman John Trause, anagrama de Auster, al que ya vimos en La noche del oráculo, Marco Stanley Fogg, homenaje a tres viajeros, y al que encontramos en El palacio de la luna. Anna, de el Viaje de Ana Blume.Todos ellos son personajes de novelas anteriores de Paul Auster. Y si los visitantes son personajes literarios que adquieren vida propia, es elemental, querido Watson, suponer que el misterioso y enigmático señor Blank es el alter ego de Paul Auster. Un heterónimo o un complementario. Un juego habitual en la narrativa del Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Considerada globalmente Viajes por el Scriptorium es un cuento infantil y, como tal, de terror. Pero en Auster las apariencias siempre engañan. Y también aquí hay una historia que se enlaza con otra y que tapa una tercera de la que sale una trama que se deriva en una subtrama y unos personajes que se refieren a otros, que nos cuentan sus vidas, etc. A esta técnica narrativa la llaman muñecas rusas. Yo prefiero pensar que una novela como la de Paul Auster es como un cesto de cerezas, que tiras de una y salen varias. Auster es un maestro en contar de manera sencilla asuntos muy complejos. Y vuelve a serlo en esta novela stevensoniana y pirandelliana, en la que el escritor quiere ser personaje y el personaje, escritor. Y heredera y deudora de Borges, pues decía el argentino que toda literatura es parodia de lo anterior.

Gran novelista Auster, gran lector Auster. Auster por Auster.

Viajes por el scriptorium
Paul Auster
Editorial Anagrama. 214 páginas. 16,00 euros

 

ESPÍAS EN MADRID

LALE GONZÁLEZ

En el Madrid de 1936, cuando apenas se bosqueja la calamidad que se avecina, artistas, intelectuales y hombres de

negocios tiran de sus vidas bajo un cielo surcado por aviones de guerra. En el desconcierto general  irrumpe, con la inocencia a cuestas, nuestro protagonista, Antonio Gauna, actor de teatro venido de la provincia con el cerebro alborotado por la ilusión de venideros triunfos sobre los escenarios de la capital. La realidad, claro, no tarda en encajarle desencantos y pronto ingresa en esa cofradía de supervivientes que se reproduce en todas las guerras. Su encuentro con la descarada Dominó y con su hermano, el excéntrico magnate Max Gatty, criatura ostensiblemente fitzgeraldina, prende la mecha que activa la historia.

La novela supera unos titubeos iniciales y avanza con firmeza, arrastrándonos hacia un delirante mundo de espionaje

que mantiene el suspense hasta el desenlace. Es loable la honestidad de un relato sin trampas, en el que cada palabrase subordina a la prioridad de divertir. Sólo la insinuación que queda suspendida en el aire incitaría al ascenso a un segundo nivel de lectura. El autor bebe sin pudor de fuentes clásicas; incluso parecería querer involucrarnos en un juego de acertijos: a los destellos de Fitzgerald a los que se ha aludido, se suman guiños a Greene y Conrad. También atraviesa la novela la corriente del teatro, la otra gran pasión del joven malagueño.

Después de Yoshiwara (finalista Premio Fernando Lara 2003) Reina vuelve a exhibir su virtud más destacable: su destrezacomo narrador, la cual, si bien debería ser inherente a cualquier escritor que así quiera llamarse, no siempre se ajusta a la realidad. Llenas están nuestras bibliotecas de buenas historias mal contadas y viceversa.

LA NOVELA SUPERA UNOS TITUBEOS INICIALES Y AVANZA HACIA UN MUNDO DE ESPIONAJE QUE MANTIENE EL SUSPENSE HASTA EL DESENLACE
Matar a un leopardo
Andrés J. Reina
Fundación José Manuel Lara. 312 páginas. 15,00 euros

 

¿UN PARÍS MÁGICO?

EVA DÍAZ PÉREZ

En el Barrio Latino de París se guarda un inesperado secreto. En la casa de una estudiante de pintura hay un armario en el que se esconde un misterio: una niña muerta, congelada en el tiempo, una santita con un medallón y una historia por descubrir. La escritora colombiana Ángela Becerra desarrolla su última novela, Lo que le falta al tiempo (Planeta), en un París que hace honor a su pasado artístico. La obra cuenta la historia de Mazarine, enamorada de un pintor maduro y sumergida en un misterio en torno a una orden secreta, la de los Arts Amantis, que puede cambiar la historia del arte. Becerra lleva al lector a través de cierto suspense muy de moda: el de los secretos guardados que esperan su momento para revolucionar las historias oficiales.

Al parecer, la literatura de Ángela Becerra cuenta con un valor añadido: la invención del idealismo mágico. Leyendo este libro se comprueban, efectivamente, ciertos toques de simbolismo, de situaciones de deliciosa inverosimilitud, como el mismo hecho de tener escondida a una santa en un armario del moderno París. Sin embargo, sería osado defender que esta pátina de lado mágico o simbólico de las cosas la haya inventado esta autora. A estas alturas son pocos los que pueden jactarse de haber inventado o aportado algo a la literatura. En torno a lo mágico literario ya se ha escrito hasta la saciedad, hasta retorcerle el cuello al asunto, como ha hecho más de una afamada y millonaria escritora de ultramar. Incluso una nueva generación de autores latinoamericanos, de verdad comprometidos con la postmodernidad y la verdadera ambición narrativa, han parodiado estos disfraces literarios como prueba de superación y madurez. Por eso, el idealismo mágico de Becerra parece una debilísima aventura literaria, una tímida apuesta, un discreto atrevimiento nada singular.

Lo que le falta al tiempo
Ángela Becerra
Editorial Planeta. 352 páginas. 21,00 euros