BOGOTÁ ENTRAÑABLE
BOGOTÁ ES LA CIUDAD QUE MEJOR REFLEJA LO QUE SUCEDE EN COLOMBIA, EN CADA RAMA DE LAS ARTES
Jorge Franco
El escritor Jorge Franco recorre la capital colombiana, donde uno puede maravillarse o estremecerse a diario y descubrir cómo de una calle a otra se cambia de época y de paisaje urbano
No nací en Bogotá. Soy de los cientos de miles que llegamos aquí desde distintas partes de Colombia y por diferentes razones. Casi siempre son razones definitivas las que nos traen a Bogotá y nos dejan aquí como cualquier bogotano más. Las mismas habrán tenido quienes llegaron hace más de 470 años dispuestos a establecerse en una sabana alta de la cordillera de los Andes. En las mañanas frías, que son todas las del año, les pregunto a los conquistadores muertos por qué decidieron fundar una ciudad a 2.600 metros sobre el nivel del mar si muy cerca tenían climas más templados, lugares más próximos a los ríos por donde tenían que llegar sus expediciones con equipajes, muebles, armas y espejos para doblegar y engañar a los nativos. Qué buscaban al acercarse al cielo, por qué alargar el camino desde y hasta España, por qué no acataron las advertencias de la naturaleza que en ese trayecto se tragó a 430 hombres de los 500 que partieron seducidos, apuesto, por la leyenda ambiciosa de El dorado. Imagino a los sobrevivientes alcanzando la cima, vislumbrando una altiplanicie amplia y fresca, premiados con un cielo limpio y azul, confiados de enfrentarse con unos indígenas despistados y torpes que les facilitaron la tarea de asentarse en una tierra libre de bichos selváticos y, sobre todo, más cerca de El dorado mítico.
No le quedó nada a Bogotá de la conquista infame y de la inoficiosa colonización. Apenas un nombre. Nada de las raíces, nada de la cultura aborigen, sólo un nombre: Bacatá, Bogotá, que fue agregado al de Sante Fe. Pero había tantas Santa Fe regadas por América que terminó imponiéndose el lugar donde la santa fe se había instalado. Terminó llamándose como tenía que llamarse: Bogotá, a secas.
Hay que celebrar que Bogotá, después de muchos intentos, encontró su propia horma. Y que ya casi nadie recuerda sus referencias pasadas. Todas las ciudades, como Bogotá, nacen y se desarrollan muy a pesar de quienes las planifican, las idealizan, las gobiernan, casi siempre bajo impulsos políticos y egoístas. En su afán por redefinirse, Bogotá se quitó de encima el estigma de ciudad fría y gris, más ligado a su personalidad y a su ánimo que a los factores climáticos que todavía la afectan. Yo crecí con la triste idea de que lo único que pasaba en Bogotá era la llovizna. Los libros en donde la leía también me la mostraban así. Un escritor casi olvidado, Álvaro Salóm Becerra, la contaba como una ciudad donde caía un aguacero, con precisión matemática, siempre que los bogotanos salían de las oficinas y los colegios. Otros la contaron con mujeres muy abrigadas, hombres de sombrero, corbata, bastón y paraguas casi obligatorios, salones grandes y comedores elegantes que no despertaban envidia sino aburrimiento.
Hoy sigue lloviendo pero hay color bajo la lluvia. Incluso un calor emana del nuevo espíritu de la ciudad. Algunos dirán que viene, más bien, del exceso de cemento y de la polución que oprime pulmones y enrojece los ojos. Puede ser cierto, pero la parrilla humana también aporta a que la fría Bogotá lo sea un poco menos. Y basta con visitar las entrañas para comprobar el nuevo clima. Bogotá es una ciudad donde pasa de todo, sea bueno, brutal, escandaloso, digno, tierno o violento, es una ciudad donde uno puede maravillarse o estremecerse a diario. En Bogotá confluye Colombia con todos sus errores y aciertos. Las diferentes identidades culturales que han inmigrado han sufrido procesos de metamorfosis que generan identidades novedosas, impregnadas de lo local y lo foráneo. El resultado: la pluralidad cultural. Costeños bogotanizados, y paisas y llaneros y cuanto gentilicio exista en Colombia, todos compartiendo un escenario muy cerca de las nubes. Así se reinventa su cultura, día a día, en todas sus manifestaciones. Bogotá se ha convertido en el espacio que mejor refleja lo que sucede en Colombia, en cada rama de las artes.
De una calle a otra se cambia de época y de paisaje urbano. Junto a una mansión de estilo inglés puede haber una de estilo republicano o dos o tres con ascendencia colonial. No hay un modelo que predomine en la historia urbanística de Bogotá. Es como si esta historia se construyera cada día. Ahora predomina el ladrillo, casto, sin maquillaje, con su propio color, que en los atardeceres soleados realza el rojo del sol. Este sol también se esconde por días sumiéndonos en la depresión. Sin embargo, nada altera el constante bullir de las calles de Bogotá. Calles que conducen a mundos que nadie imagina, pero que dejan asomar, como puntas de iceberg, a sus protagonistas. El más rico y el más pobre, la más puta y la más santa, el asesino y la víctima, el que ríe y el que llora, los que se aman en público y los que tienen que hacerlo a escondidas, el que lleva una pena y el que contagia su felicidad, el que roba y el que corre detrás del ladrón. Ellos y más, protagonistas de un inventario sin fin, son quienes caminan las calles de Bogotá, convirtiéndola en un lugar fascinante. Y entrañable, porque muchos de ellos son los mismos que caminan dentro de mí.



