UN VISITANTE NOCTURNO
“Hombres jóvenes que saben que la vida les tiene reservado un futuro promisorio y en paz”
MARIO MENDOZA
El escritor colombiano hace un recorrido por los lugares de juventud de Gabriel García Márquez
Llego a Barranquilla en pos de las huellas de García Márquez en esta ciudad. La visita a La Cueva, el antiguo bar donde se encontraba él con sus amigotes, es obligatoria. Me entrevisto con Heriberto Fiorillo, el periodista y cineasta que ha revivido el lugar, y recorro las distintas estancias dejándome invadir por la atmósfera acogedora y cordial que se respira a todo lo largo de esa casona esquinera del barrio Boston. Cuadros míticos de Alejandro Obregón agujereados por balazos, un antiguo baúl donde el visitante puede palpar un bloque de hielo que le recordará el primer párrafo de Cien años de soledad, un cortometraje en blanco y negro que se proyecta permanentemente, las pisadas de un elefante a la entrada: todo parece evocar con una precisión milimétrica las andanzas de ese grupo de artistas e intelectuales que García Márquez inmortalizó en sus libros. Pero lo que más me sorprende son las fotos, la infinidad de fotos que Fiorillo tiene expuestas en las paredes de esos salones donde la gente se sienta ahora a comer o a beber una copa. Son fotos donde los antiguos amigos se abrazan o miran a la cámara con cierto desparpajo. Pero para quien las observe en detalle, hay algo estremecedor en ellas: son la constancia de un desgarramiento.
La mayoría de los fotografiados están cómodos consigo mismos, sonrientes, a gusto, y se nota en sus ojos bien abiertos y en su forma segura de pararse frente a la cámara que son hombres jóvenes que saben que la vida los trata con amabilidad, y que seguramente les tiene reservado un futuro promisorio y en paz. Algunos de ellos visten con una sobriedad elegante que demuestra su buen porte y su talante acomodado. García Márquez no. Sus zapatos baratos, sus pantalones con el dobladillo hacia fuera, su camisa comprada en alguna sección de rebajas y su aspecto escuálido y sombrío lo delatan. Se trata de un joven escritor que está parado en una línea fronteriza, en el borde de sus posibilidades, y que por lo tanto su único punto de apoyo es él mismo, su talento, su disciplina, su terquedad, su capacidad de aguante. En varias de esas fotos García Márquez mira a la cámara sin sonreír, agazapado entre el grupo, intentando pasar desapercibido, casi avergonzado. Tiene una mirada de lobo hambriento que ya está empezando a medir su resistencia. Él mismo ha decidido arrojarse al abismo y para sobrevivir a esa aventura cruel y despiadada sólo cuenta con su máquina de escribir y con su propia fortaleza, nada más. Esa impresión que lo va a uno recorriendo en La Cueva mientras mira esas viejas fotos en blanco y negro es conmovedora, quizás un poco triste, pero muy aleccionadora, porque nos evidencia que de todos ellos el único que era una bestia literaria avasallada por visiones e imágenes misteriosas, el único que era habitado por presencias inquietantes, el único que estaba al borde de la desesperación, la pobreza y la inestabilidad emocional, era él. Y su única salida era disciplinarse y escribir. El resto era pura retórica.
Al día siguiente salgo de Barranquilla hacia Aracataca, el legendario pueblo de García Márquez que da origen a Macondo. La infinidad de retenes militares intentan mantener la zona bajo control estatal. Al llegar, el calor es agobiante y varias bicicletas reformadas recorren las callecitas a manera de taxis locales. Hay tiendas anunciando maletines y toallas, billares donde el ruido de las bolas se mezcla con los vallenatos a todo volumen, personas caminando con sus paraguas bien abiertos para protegerse del sol canicular, y un par de comerciantes, anunciando una rifa prometedora, recorren la plaza y sus alrededores con un equipo de sonido, una nevera y un televisor sobre una carretilla. Me dirijo enseguida a la casa donde nació y vivió sus primeros años el escritor costeño. Es una edificación ruinosa que no tiene nada de particular y que no se diferencia de las otras casas del resto de la cuadra. Excepto por una cosa: el encargado de cuidarla es el estudioso Rafael Jiménez, quien a punta de pasión y buena voluntad ha recogido varios de los diarios donde alguna vez apareció García Márquez, ha recortado los artículos y los ha pegado sobre láminas de corcho o de balso, y ha logrado elaborar unas carteleras donde el visitante puede revisar algunas de las declaraciones del escritor en el pasado. Luego, en las dependencias interiores y en el patio, Rafael ha copiado párrafos de los libros del colombiano y los ha pegado con chinchetas a las barandillas y a los árboles. Conmueven la escasez de recursos y la valentía de este joven investigador que intenta establecer relaciones entre las descripciones de los libros y el espacio de esa antigua casa pueblerina. Y otra vez, como una punzada de dolor, me llegan a la cabeza las fotos del joven periodista y escritor con sus camisas y sus pantalones comprados en la sección de gangas, y reconozco que esa atmósfera de estrechez y de dificultad económica era una de las tantas barreras que tendría que vencer a punta de terquedad creativa, rigor y constancia implacables.
Cuando le pregunto a Rafael si García Márquez suele visitar su antiguo pueblo, me dice que no, que nunca se le ve por allí. Sin embargo, más adelante, almorzando en el restaurante “El Refugio”, escucho un rumor según el cual varias personas han sido testigos de cómo un carro con los vidrios oscuros llega a altas horas de la noche y se detiene frente a las fachadas de los conocidos de la familia García Márquez. Luego, en esas casas, se oye música vallenata hasta la madrugada y al final el mismo carro desaparece por la carretera hacia Barranquilla. La persona que cuenta la historia, afirma:
–Es García Márquez, seguro. Viene de incógnito, bebe ron con sus amigos, se entera de los chismes del pueblo y vuelve y se va de incógnito, creyendo que nadie se da cuenta. Pero todo el mundo lo sabe.
Entonces, por enésima vez, me llegan a la memoria esas imágenes captadas en su gran mayoría por la cámara de Nereo López, y me digo que sí, que ahora que la obra está escrita y galardonada, seguramente el escritor añore esas épocas en las que todo estaba por hacer y las condiciones para lograrlo no eran las mejores. Y qué mejor idea que contratar un carro con los vidrios oscuros y pegarse un viaje nocturno hacia el pasado, hacia la antigua calle de los turcos, y recordar que por aquel entonces la literatura no era sólo un arte, sino también un arma, la única que estaba a su alcance para vencer la realidad.
En la casa de Aracataca el visitante puede ver en las paredes numerosos artículos del escritor



