LAS ACADEMIAS, EL ESPAÑOL Y LA CULTURA HISPÁNICA
El autor repasa en este artículo la historia de la Real Academia Española y la creación de la Ortografía, el Diccionario de la Lengua y la Gramática
HUMBERTO LÓPEZ MORALES
Asociación de Academias de la Lengua Española, Madrid
Desde su fundación en 1713 hasta hoy, la Real Academia Española ha sido una pieza fundamental en el ámbito cultural hispánico: ha trabajado y promovido con ahínco la unidad de nuestra lengua, se ha preocupado por la formación de importantes depósitos bibliográficos que guardan celosamente páginas y páginas de nuestro glorioso pasado literario y del actual, ha rescatado, gracias a la imprenta, obras de singular significado, y ha estimulado, a través de sus premios, a los talentos más jóvenes del país, a la par que consolida y consagra a figuras de envergadura de nuestro quehacer creativo, crítico y ensayístico, en muy diferentes y variadas ramas del saber.
Sólo hay que acudir a los primeros años de vida de la Institución para observar la elaboración febril de las obras pilares: entre 1726 y 1739 se publican los seis volúmenes del incomparable Diccionario de la lengua castellana, conocido como Diccionario de autoridades; en 1741, la Ortographía española, y en 1771, la Gramática de la lengua castellana, con lo que quedaba atendido por completo el sistema normativo de nuestra lengua. La historia de cada una de estas obras está llena de trabajo y de ilusión; también de provecho, pues la Academia sentaba así las bases para el cultivo sólido y coherente de la moderna hispanidad.
Pero el mundo hispánico era demasiado amplio y abarcador para poder ser atendido sólo desde Madrid, y los académicos, empeñados desde los orígenes en ampliar los horizontes de acción, sentían las enormes dificultades que entrañaba cumplir con este cometido, sobre todo, en la labor lexicográfica. La solución estaba en conseguir un cuerpo de colaboradores asiduos y solventes, que permitiera relegar a segundo plano los informes esporádicos de viajeros entusiastas y de corresponsales ocasionales. Así nacieron las Academias correspondientes. Ya en el siglo XIX, la Colombiana (1871), la Ecuatoriana (1874), la Mexicana (1875), la Salvadoreña (1876), la Venezolana (1883), la Chilena (1885), la Peruana (1887) y la Guatemalteca (1887). Las demás tendrían que esperar al siglo siguiente. Entre 1923 y 1980 se fundaron la Costarricense, la Filipina, la Panameña, la Cubana, la Paraguaya, la Boliviana, la Dominicana, la Nicaragüense, la Argentina de Letras, la Nacional de Letras del Uruguay, la Hondureña, la Puertorriqueña y la Norteamericana. Con estas fundaciones, una pléyade de hombres ilustres, lo más granado de la literatura, la lingüística, la historia y el pensamiento, tanto humanístico como científico, de cada país, fueron incorporándose a estas Academias nacionales, y también, de manera automática, a la Real Española, como miembros correspondientes de ella. De esta forma, pueden asistir a las sesiones de trabajo de la Academia de Madrid y llevar directa y personalmente su voz y la de sus respectivas Corporaciones a los proyectos colectivos. En 1999, la Academia Española se negó a seguir firmando ninguna de las obras que codifican nuestra lengua sin el concurso de sus Academias hermanas
LOS TRABAJOS FUNDAMENTALES
La historia de la Ortografía, tan decisiva para la unidad de la lengua, había estado marcada por un denominador común: los criterios adoptados y, por lo tanto, la responsabilidad del trabajo recaía en exclusividad en la Corporación de Madrid, aunque es verdad que con algunas consultas, más bien esporádicas, a las Academias correspondientes. Al preparar la edición de 1999, esta situación cambió drásticamente; la Academia Española se negó a seguir firmando en solitario ninguna de las grandes obras que codifican nuestra lengua -la ortografía, el diccionario, la gramática- y solicitó el concurso de sus Academias hermanas para llevar a cabo la tarea, codo a codo, en pie de igualdad, desde el principio mismo de la obra. Esto explica que la nueva Ortografía saliera de la imprenta consensuada, o sea, con la autoría de todas las Academias.
Cualquiera que la consulte encontrará casos, quizás demasiados para los lectores más tradicionales en materia ortográfica, que han sido dictados desde Hispanoamérica y que, por lo tanto, traducen una tradición antigua o unas preferencias recientes, nacidas y criadas al otro lado del Atlántico, como opciones aceptables dentro de la normatividad oficial. De ahí su carácter de ortografía 'consensuada'.
También la vigésima segunda edición del Diccionario de la Lengua Española marca el inicio de una nueva etapa en la ya larga vida de esta obra fundamental. Esto obedece a tres razones de mucho peso: la creciente vocación americana de la Real Academia Española, la creación de una nueva planta para el Diccionario, y los adelantos técnicos en materia informática.
Desde que la docta casa madrileña comenzó su historia -de ya casi 300 años- , América ha estado siempre presente en sus trabajos. La mejor prueba que puede aducirse son los 125 términos procedentes de variedades americanas del español que el llamado Diccionario de Autoridades recoge en sus páginas, aún en fechas tan tempranas. Si entonces, con las dificultades de comunicación existentes entre las dos orillas del Atlántico y contando sólo con interlocutores ocasionales, ya América estaba presente en la primera gran obra de la Corporación, se supondrá que a medida que esos obstáculos iban desapareciendo, ha ido en aumento la aportación de las entonces provincias ultramarinas.
El Diccionario, nuestro Diccionario, ha dejado de ser –si es que alguna vez lo fue– el diccionario del español de España para convertirse en el de todos los hispanohablantes. Ayer fue la Ortografía, ahora es el Diccionario de la Lengua Española, y mañana será la Gramática, impecable y modernísimo texto que se encuentra a punto ya de aprobarse de manera solemne, con la presencia de los Reyes de España y del Presidente Álvaro Uribe de Colombia, en el XIII Congreso Internacional de la Asociación de Academias de la Lengua Española que tendrá lugar en Medellín este mes de marzo.
El Diccionario ha dejado de ser el del español de España para convertirse en el Diccionario de todos los hispano hablantes
Y LA TAREA CONTINÚA SIN DESCANSO
Pero hay más. Una vez atendidas las obras fundamentales, las Academias trabajan afanosamente en otros proyectos de gran novedad. La idea académica de emprender la realización de un diccionario de dudas nació a raíz de la cantidad de consultas recibidas en la página electrónica de la Real Academia Española desde su apertura en noviembre de 1998 y en algunas de las Academias americanas. Una media de 150 consultas diarias, procedentes de todas partes del mundo, desbordó con mucho las primeras expectativas. Lo que decidió el inicio del proyecto, sin embargo, no fue la abrumadora cantidad de preguntas, sino la incidencia de muchas de ellas en los mismos asuntos. Era evidente que unos temas determinados acaparaban una buena parte del interés de los consultantes.
La finalidad de la obra quedó muy especificada: orientar al público para que pueda discernir, entre usos divergentes, cuáles pertenecen al español estándar, cuáles están marcados geográfica o socioculturalmente, y cuáles son inaceptables por incorrectos. Se persigue, hasta donde esto sea posible, favorecer elecciones uniformes, sobre todo, en los casos de neologismos, en que se propondrán soluciones unitarias para todo el mundo hispánico y aún fuera de él. Hoy, este Diccionario Panhispánico de Dudas es una hermosa realidad.
Entre tanto, se había ido quedando en el tintero durante mucho tiempo un proyecto importante: la preparación de un gran diccionario de americanismos. En 1951, durante la celebración del I Congreso de Academias de la Lengua Española, vuelve a escena la idea de fomentar la elaboración de un lexicón amplio y autorizado de estas voces. Ahora estamos a mitad del camino de este importante trabajo: el Diccionario Académico de Americanismos.
Entre otros varios proyectos, dos son los más ambiciosos: el Observatorio del neologismo y el Diccionario Histórico de la Lengua Española. En el primer caso, se trata de la creación de un gran centro de captura, definición y documentación de los neologismos léxicos de todos los países hispánicos. La realidad ha demostrado que los diccionarios de neologismos, aún los más actualizados y exhaustivos, no son capaces de competir con la velocidad y la extensión geográfica con que esos términos aparecen en el panorama lingüístico de nuestro tiempo. Debido a ello, la captación de estos neologismos exige la utilización de recursos electrónicos avanzados y potentes, capaces de 'revisar', día a día, toda la prensa no especializada escrita en español que se difunda vía Internet.
Entre los próximos proyectos, destaca la creación del ‘Observatorio del neologismo’ y el ‘Diccionario Histórico de la Lengua Española’
Las finalidades que tendría el material señalado por este Observatorio y analizado por un equipo académico panhispánico son varias, pero sin duda las más importantes son: detectar el nacimiento de extranjerismos y estudiarlos cuidadosamente pero con prontitud, a fin de poder tomar decisiones fundamentadas y rápidas sobre la conveniencia de aceptarlos o de proponer sustitutos hispánicos, en caso de que nuestra lengua no disponga ya de palabras para tales designata. Esta tarea nos llevaría a un segundo punto: la inclusión de estos términos, bien en el Diccionario Panhispánico de Dudas para observar su trayectoria ulterior, bien en el DRAE, si reunieran las condiciones para que nuestro Diccionario mayor los incorporase.
El proyecto de elaboración de un nuevo Diccionario Histórico de la Lengua Española es también muy reciente, y nació motivado por el deseo y la necesidad de superar las dos experiencias académicas anteriores, lamentablemente fallidas. El español no puede carecer de un instrumento lexicográfico tan característico de toda gran lengua de cultura.



