FIRMA INVITADA

INCOMUNICADOS

ENRIQUE MURILLO

En los felices tiempos del "boom", era corriente que los lectores de los diversos países de habla hispana frecuentaran la obra de escritores de otros países y que lo hicieran con asiduidad. Recuerdo la emoción con la que en los años sesenta del siglo pasado los españoles  comenzamos a leer a Mario Vargas Llosa y, enseguida, a Julio Cortázar y a Gabriel García Márquez. Poco después descubrimos que ellos eran la punta de un iceberg amplísimo que hundía su gigantesca masa literaria en una tradición magnífica, y durante años pudimos ir añadiendo a nuestras bibliotecas los libros de Alejo Carpentier y Jorge Luis Borges, de Alfredo Bryce Echenique y Jorge Edwards, de Jorge Ibargüengoitia y José Donoso y tantísimos otros. Años más tarde, la admiración española por los latinoamericanos encontró su punto de reequilibrio con el  descubrimiento que los latinoamericanos hicieron de Juan Benet y Juan Marsé, de Javier Marías y Enrique Vila-Matas, y en los años más recientes de Ray Loriga.

Si la novela moderna nace con el Quijote, todos sabemos que encuentra su mejor y primera continuación en la picaresca escrita por los anglosajones que leyeron a Cervantes a comienzos del XVIII. Los cuales, a su vez, fueron leídos por los románticos alemanes y los realistas franceses. Así se crean las tradiciones literarias, a base de mucha comunicación y de mucho cruzar fronteras de libros y reseñas. Ni Mario Vargas ni Gabriel García Máquez serían lo que han llegado a ser si no hubiesen leído a William Faulkner. También Ramiro Pinilla, Premio Nacional de Novela 2007, ha dicho que se hizo escritor porque de joven leyó a Faulkner y Steinbeck y Hemingway. Pero Salman Rushdie tampoco sería lo que ha llegado a ser ni no hubiese leído a García Márquez, mientras que Javier Marías acaba de reconocer, en la magnífica entrevista que publica The Paris Review en su número de invierno de 2007, que si no hubiese leído a Henry James y leído y traducido a Lawrence Sterne no escribiría como escribe.

Las culturas que ignoran lo que se hace en otros países acaban deteriorándose, como esas familias que practican durante generaciones la consanguinidad. Pues bien, aunque algunas editoriales estén haciendo el esfuerzo de publicar fuera de sus países de origen a escritores en lengua española de uno y otro lado del Atlántico, a la hora de la verdad ni los lectores españoles leen casi a los nuevos autores latinoamericanos, ni los lectores latinoamericanos leen apenas a los nuevos escritores españoles. Faltan prescriptores, críticos influyentes, autores reconocidos que hablen de lo que se hace en otras naciones, otros continentes.

En mi lista de favoritos ocupan un lugar preeminente algunos autores latinoamericanos jóvenes. Por ejemplo Rodrigo Fresán, autor argentino que, tras la publicación de Jardines de Kensington ha tenido mayor reconocimiento literario en los Estados Unidos que en España o el resto de América Latina. O Guillermo Martínez, otro argentino con muchos lectores en su país que, sin embargo, apenas es conocido en México o Colombia, aunque sí en España. Y, finalmente, mencionaré a otro narrador de primera fila, el colombiano Jorge Franco Ramos, autor de obras tan perfectas como Paraíso Travel, y cuya novela más reciente, Melodrama apenas si ha conseguido alguna reseña en España. Son narradores de primera fila que merecen una consideración enorme. Sus nombres deberían saberlos de memoria todos los aficionados a la lectura.