FELIPE BENÍTEZ REYES

“LA IMPOSTURA ES UN MALABARISMO PSICOLÓGICO MUY RENTABLE”

ENTREVISTA DE GUILLERMO BUSUTIL. FOTOS DE RICARDO MARTÍN

Felipe Benítez Reyes, ganador de la 63 edición del Premio Nadal, es un polifacético escritor con una extensa bibliografía, en poesía y en prosa, definida por el instinto estilístico, la musicalidad del lenguaje y la invención fabuladora. Su última novela indaga en un mercado donde la supervivencia, la impostura y las relaciones humanas son un espejo reflejado en otro espejo.

Mercado de espejismos arranca con el relato que Jacob va haciendo de su vida y del encargo de robar las reliquias de los Reyes Magos. Un comienzo autobiográfico que esboza el perfil del protagonista y de sus posteriores fortunas y adversidades. ¿Puede decirse que su novela participa en gran medida del género picaresco?

–La picaresca está en el germen mismo de la novela desde el momento en que se propone narrar las derivas de un personaje. La Odisea, por ejemplo, es una epopeya picaresca. Cuando Lázaro de Tormes engaña al ciego y cuando Ulises engaña al cíclope para dejarlo ciego, están haciendo lo mismo: subsistir y sortear adversidades para salir adelante.

Una picaresca que se extiende a la variedad de personajes, entre los que hay buscavidas y ladrones de arte. Con esa riqueza de espléndidos secundarios de pensamiento excéntrico y vidas improbables, ¿quiere evidenciar que cualquier vida son muchas vidas?

–Es que me gustan mucho las películas y las novelas con buenos secundarios. La misma denominación de “secundarios” resulta bastante injusta, ya que son fundamentales para la buena marcha de una ficción. Hay protagonistas anodinos y secundarios inolvidables. David Copperfield, por ejemplo, es un pasmarote, y en cambio el señor Micawber es uno de los mejores personajes novelísticos de todos los tiempos. Por cierto, no recuerdo quién decía que en las novelas de Dickens, cuando aparece un cartero el autor no se limita a decirnos que llega un cartero y entrega una carta, sino que nos cuenta la vida del cartero. Eso, que puede ser un defecto narrativo, también puede ser un recurso narrativo respetable: hacer que lo imaginario se parezca a la vida, que está llena de gente vista y no vista.

La galería de antihéroes, las trampas que se suceden, la idea de que la razón y la locura son dos caras de una misma moneda que suele caer de canto, ¿es un intento de demostrar que la realidad, al igual que la vida, son una sucesión de equívocos y situaciones tragicómicas?

–Supongo que sí. Ver la vida como una alucinación no es una opción demasiado recomendable, porque ahí entra ya la ciencia psiquiátrica, pero hay ocasiones en que no queda más remedio que verla a través de ese prisma porque es el que te ponen delante. Sales una mañana a la calle, se te acerca un desconocido y te susurra: “Oiga, le vendo un pulpo. Se lo dejo barato”. Y se supone que eso está dentro de los patrones convencionales de la realidad.

Los protagonistas, Jacob y Corina, sobrino y tía, ¿son un homenaje a las parejas literarias, especialmente a Quijote y Sancho?

–Mi novela pretende ser de estirpe cervantina, y quería que tuviese un protagonismo dual. Hay quienes sospechan que esas dualidades suponen un recurso cómodo para el narrador. Algo con lo que no estoy de acuerdo. De todas formas, esos dos personajes míos no son antagónicos, sino que representan una visión distinta del mundo desde una visión idéntica del mundo.

La trama gira en torno al robo de las reliquias de los Reyes Magos. Unos personajes sobre los que trabajó en 2005 en su obra de teatro Los astrólogos errantes. ¿Qué le atrae de estos míticos personajes?

–Cuando era niño, la noche de Reyes era para mí una especie de noche de Walpurgis en versión oriental. Porque se supone que, mientras dormíamos, iban a entrar en casa unos ancianos barbudos, inmortales y ubicuos, con olor a sudor de camello. Yo no pegaba ojo. Menos mal que dejaban regalos. Pero el trámite del miedo era ineludible, y los juguetes acababan manchados de ese miedo. Luego, cuando te enteras de que los reyes son los padres, sufres la primera gran decepción de la fantasía. Aparte de eso, las leyendas que circulan a partir de la Edad Media en torno a los Reyes Magos son muchas y muy variadas. Llegan a ser figuras estelares de las supersticiones católicas, y elementos iconográficos recurrentes, a pesar de que en la Biblia sólo se les menciona en el evangelio de San Mateo.

Usted ha definido esta novela suya como una parodia de la subliteratura esotérica. De hecho, es una excursión guiada por los vanos mundos del esoterismo. ¿Se apunta de este modo a la reacción de autores como Eco o Martín Gardner contra estos productos de misterios prefabricados?

–Mi ánimo no es de denuncia. Mi parodia parte del estupor. Por raro que parezca, hay gente que se toma en serio todas esas chilindrinas en torno a los templarios, al santo grial, a la herejía cátara… No las leen como ficciones truculentas, sino como revelaciones históricas alternativas. Y eso está creando una especie de paranoia muy curiosa. Hay ya quienes ven símbolos crípticos incluso en las señales de tráfico.

Si nos detenemos en la psicología y vidas de los personajes y de sus sombras particulares, da la sensación de que usted termina creando, como existe en la narrativa esotérica, una especie de Hermandad de Impostores.

–Una especie de síndrome de Estocolmo narrativo, ¿no? Puede ser. Todos los personajes de la novela llevan máscara. Siento fascinación por lo indefinido, por las apariencias equívocas, por los malentendidos que derivan en certezas descabelladas. La impostura es un malabarismo psicológico muy meritorio.

En su novela, también hay referencias a la música, al arte, a la corrupción urbanística, a los planes islamistas para acabar con Occidente. ¿Se debe a su condición de articulista que observa la actualidad cotidiana?

–Bueno, quizá se deba simplemente a mi condición de persona que siente curiosidad por lo que pasa. La realidad es siempre anómala, entre otras cosas porque es un fenómeno múltiple, y esclavo por tanto de las interpretaciones, incluidas las de índole delirante.

Con Mercado de espejismos recupera usted la figura de Walter Arias, el protagonista de su novela El novio del mundo. ¿Por qué este cameo literario?

–No estoy seguro. Quizá para darle una tercera oportunidad. También aparecía en mi novela anterior, aunque bajo pseudónimo, y muy poca gente se dio cuenta de que era él. Es un personaje y una voz a la que los lectores le tienen simpatía. Yo sólo lo saco para degradarlo, aunque no sé con qué derecho. Es el riesgo que corren, en fin, los personajes estelares que no tienen la prudencia de morir en las páginas finales de la novela que protagonizan.

Tratándose de usted, es evidente que en su narrativa existe un predominio de la ficción fantasiosa y delirante. ¿Es la imaginación una estrategia para defendernos de la realidad o es, en sí misma, una realidad paralela?

–No estoy seguro, pero creo que la imaginación es una parte de la realidad, uno de los muchos factores que entran en juego en esa abstracción múltiple que llamamos realidad.

En toda la novela subyace también un humor ácido e inteligente. ¿Es el humor una forma de ficción?

–Para mí, el humor no es un fin, sino un vehículo muy práctico para llegar a otro sitio, incluido el horror, por ejemplo. Le tengo mucho miedo a la solemnidad. Tomarse a uno mismo demasiado en serio suele ser una forma de vanidad metafísica, por así decirlo, y el primer síntoma es la afición al dogma. Digamos que el humor te permite decir cosas terribles de una manera cortés y educada y decir cosas divertidas de una manera muy seria.